
El hombre que sueña imposibles
Para el técnico del seleccionado nacional "lo posible ya está hecho"
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Llegó como un desconocido para muchos. Incluso, varios dudaron de los valores que podía acreditar para el puesto. Hasta Marcelo Bielsa alguna vez confesó que no era el indicado para dirigir al seleccionado. "Mi designación tiene muchísimo de casual, quiero decir que ostento un cargo para el que no he hecho demasiado. La imagen que produce el cargo es diferente de los merecimientos que yo tengo para poder acceder a él",explicó con su economía gestual, que es un sello distintivo.
A Bielsa es imposible llevarlo al terreno de lo hipotético o de las comparaciones. Protege con celo su imagen. Será porque él mismo se considera una persona con gran capacidad para emocionarse que es poco amigo de sacar a relucir cuestiones que rocen su privacidad. Nacido hace 46 años el 21 de julio de 1955, en Rosario, está casado con la arquitecta Laura Bracalenti y es padre de dos nenas: Inés, de 11 años, y Mercedes, de 8. Bielsa crea un mundo hermético. Pero ese aspecto robótico no es su imagen real. Sólo la usa desde la timidez para preservar su intimidad.
No acostumbra a tutear a su interlocutor. La demagogia y las excusas no encajan en su estilo de conducción. Opta por mantener distancia con los jugadores. Durante las concentraciones se encierra en la habitación y casi no se lo ve porque así intenta no transmitir su ansiedad. Nada carismático, reconoce la duda como su motor intelectual y no se avergüenza si debe aceptar errores.
De joven quebró el mandato familiar de tener un diploma universitario. Empezó la carrera de Agronomía y la abandonó. Sí se recibió de profesor de educación física, se enroló como entrenador de las inferiores de Newell´s y debutó al frente de la primera leprosa en julio de 1990. Con el club de sus amores consiguió el campeonato 1990/91 y el Clausura 1992.
Entre 1993 y 1996 corrió suerte dispar por México, en Atlas y América. Volvió a la Argentina para consagrarse con Vélez, en el Clausura 1998. Y cuando sólo sumaba dos meses en Espanyol, de Barcelona, apareció el seleccionado en su vida.
Como jugador, él mismo se definió como "muy malo". Llegó a la primera de Newell´s en 1976 -compartió la formación con Américo Gallego y Mario Zanabria-, pero no jugó más de cuatro partidos. Sólo fue un discreto defensor que continuó su breve carrera por Instituto y Argentino de Rosario, hasta que a los 25 años una lesión en la rodilla precipitó el retiro.
El hombre que acaba de conducir a la Argentina hacia una holgada clasificación para el Mundial 2002 fue un fumador compulsivo. Despreocupado por su look, prefiere los joggins. Bielsa es naturalmente desconfiado y descree de los elogios.
Le dicen Loco, pero no tiene nada de desequilibrado. Al contrario, cuenta con un nivel cultural inusual para el medio: adicto al diccionario para ampliar su vocabulario, es un frecuente lector de filosofía moderna y psicología social.
Temeroso de los aviones, no perdona la impuntualidad. Su pasión por el fútbol es insobornable.
La obsesión por los videos y la información le permitieron atesorar un cúmulo de conocimientos y desarrollar una agudeza para apreciar ciertas sutilezas del juego. Asume que el fútbol no es una ciencia exacta, pero se impone estudiarlo como si lo fuera.
En los Estados Unidos lo llamarían un workaholic, un adicto al trabajo. "Lo posible ya está hecho. Lo imposible lo estamos haciendo. Para los milagros necesitamos tiempo", es una de sus frases preferidas, que sirven para ejemplificar su estricto sentido de perfeccionismo y exigencia. Es que Bielsa no acepta las claudicaciones. Tampoco cree en las concesiones. Dicen que su fuerza de autosuperación la heredó de la madre, Lidia Silvia Rosa Caldera, y el tono educado y moderado se lo legó su padre, Rafael Pedro. En definitiva, es un hombre que casi siempre se sale con la suya, pero a partir del convencimiento y nunca desde la arrogancia.





