El llanto de Abigail fue mucho más que una pesadilla

Pablo Secchi
Pablo Secchi PARA LA NACION
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23 de noviembre de 2020  • 15:31

El llanto de Abigail fue mucho más que una pesadilla en una ruta de Santiago del Estero. Generó impotencia a partir de una situación que nunca debiera haber sucedido, pero al mismo tiempo retumbó fuerte en la realidad política de una provincia que hace muchos años está en deuda con los estándares más básicos de la democracia. Al gobierno de Santiago del Estero le sucedió lo que menos quiere que le suceda: quedar en el centro de la escena de la opinión pública.

La pandemia ha mostrado en forma cruda y sin anestesia una serie de debilidades existentes en nuestro país que crujieron ante un fenómeno repentino y absoluto. Así, observamos la necesidad de salir a fortalecer un sistema de salud débil, presenciamos la desigualdad de la ciudadanía a la hora de poder enfrentar esta crisis, y también la naturaleza de cada uno de los gobiernos que tuvo que manejar la emergencia haciendo un balance entre las libertades individuales, las necesidades económicas y, por supuesto, la salud. La pandemia no creó debilidades, las evidenció. Entre estas debilidades se encuentran las decisiones de algunas provincias que absurdamente le dieron la espalda a su propia ciudadanía prohibiéndole circular o, peor aún, restringiéndole la posibilidad de regresar a sus hogares. Principios básicos que pueden ser administrados durante una crisis como la actual, pero que ante todo deben ser respetados y manejados con sentido común y democráticamente.

Guillermo O'Donnell decía que en ciertos territorios la dimensión autoritaria se entremezcla de forma compleja y poderosa con la dimensión democrática. Esto significa que la democracia no se ajusta solamente a la regla electoral. No hay democracia porque hay elecciones, sino que éstas son un elemento más de un entramado mucho más complejo y necesario.

El llanto de Abigail es el llanto de una provincia que repite el patrón de otras tantas. Gobiernos que concentran el poder y que tienen como principal objetivo mantenerlo. La división de poderes es inexistente, no hay línea que separe al Poder Ejecutivo del Legislativo y el Judicial. No hay organismos de control independientes. No existe una fuerte sociedad civil organizada. Y los medios de comunicación son domesticados por la pauta publicitaria o directamente sus dueños tienen poca vocación periodística por la cercanía con el gobierno. El poco periodismo independiente queda en manos de valientes esfuerzos individuales.

Santiago del Estero juega en un límite muy fino entre la democracia y el autoritarismo. Carlos Gervasoni indica que la existencia de un Estado económicamente poderoso, donde medios, empresas y ciudadanía dependen de ese Estado, hace que sea muy complejo cambiar las estructuras de poder. La intervención federal del año 2004 terminó en un cambio de mando en la Provincia pero no logró terminar con las prácticas poco democráticas que la caracterizaba; es más, éstas parecen haberse profundizado.

¿Por qué las élites de provincias estancadas económicamente, con indicadores de desarrollo humano pésimos y Estados poco eficientes en la generación de bienes públicos logran mantenerse en el poder?

La suma del poder público, la ausencia de voces críticas, una ciudadanía que depende del empleo público, el clientelismo y el patronazgo son las explicaciones que mejor pueden resumir la situación. Sin embargo falta algo más.

¿Cómo se entiende la cómoda relación entre el gobierno nacional y las élites cuasi feudales en ciertas provincias?

El silencio es complicidad y el acuerdo político/electoral es necesario. La provincia de Santiago del Estero dispone de un voto cuasi cautivo. El 75% de su electorado apoyó la candidatura de Alberto Fernández en 2019. Se podrá decir que el porcentaje de votos que aporta la Provincia es menor, pero se tiene que sumar a otros distritos con similares condiciones que, en conjunto, entregan una cantidad de votos determinantes. "Es la política, estúpido".

Pero más allá de esto, llama la atención esta alianza entre un supuesto progresismo democrático, impulsor de la lucha por los derechos humanos, la equidad y la justicia social, con el conservadurismo antidemocrático de estas provincias. O hay una fuerte liviandad ideológica o se impone un poco ético pragmatismo político/electoral. O ambas cosas. Los arreglos políticos de mutua conveniencia pueden ayudar a generar excepciones en las más profundas convicciones sobre los derechos humanos, las libertades individuales y la equidad, en resumen, en la democracia.

En medio de todo esto, la indignación por el llanto de una niña que tuvo la suerte de ser llevada en brazos por su progenitor ante el abandono del Estado. La indignación no es suficiente.

*El autor es director ejecutivo de Poder Ciudadano

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