El lord inglés era un hampón alemán
Vida fácil: en Punta del Este, donde vivía con una falsa identidad, el gángster se hacía pasar por un acaudalado noble británico.
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PUNTADELESTE.- Todos los que llegaron a conocerlo veían en él a un señor inglés rico, exitoso y llamado Anthony. Pero no era un lord inglés, sino un hampón alemán al que repentinamente se le cortó el éxito y al que su plata, si es que le queda algo, de poco le servirá en la cárcel.
Ni el nombre era cierto. Porque Anthony Lawlor, tal como se había rebautizado, se llama Thomas Drach y está acusado, entre otros delitos, de una de las peores cosas que le puede hacer un hombre a otro:privarlo de la libertad.
El secuestro de aquel empresario húngaro le valió a Drach hacerse de 14 millones de dólares, para, luego sí, salir a recorrer el mundo.
FInalmente llegó a este maravilloso balneario que muchos exiliados, y no por razones políticas, suelen elegir para continuar su vida con opulencia, desconocidos y, por sobre todo, muy tranquilos.
Así, entre sus noches bravas y sus días mansos, entre La Brava y La Mansa, comenzó la historia de Anthony, porque aquí se sigue llamando de ese modo.
Dicen que nadie de los que compartieron sus noches de alcohol, su música pesada y hasta su propia cama supieron del criminal.
Más bien, para ellos, era lord Tony, un hombre que llegó en octubre y cuyo único enigma era su trabajo. Se hacía el que no entendía cuando le preguntaban sobre su ocupación, tan generadora de divisas.
Era octubre y Anthony alquiló una casa en la zona del Portezuelo, la misma que en la temporada anterior habían rentado Zulema Yoma y Zulemita Menem.
El contrato se hizo por un año, a seis mil dólares por mes, para que Tony pudiese pasar sus mañanas durmiendo en la suite principal y sus tardes en la pileta del fondo, dentro del parque que finaliza en las arenas de La Mansa.
Los que visitaron la casa color de rosa, llamada La Aljaba, supieron de su prolijidad diurna y de su distante trato hacia sus caseros.
Pero de noche Anthony cambiaba. El vodka con cola pasaba del hígado a la sangre y se enfervorizaba, no paraba de moverse al ritmo de la música, ya fuera en la disco Space, en La Morocha o en el pub Moby Dick. Tomaba Absolut, un aguardiente suizo de 35 dólares la botella que se sextuplicaba en los mostradores.
Siempre pagaba en efectivo. Jamás mostró tarjeta de crédito en Maldonado, donde compró electrodomésticos, ni en Montevideo, desde donde se trajo una mesa de pool, una moto de agua y un cuatriciclo.
Uno de los acomodadores de automóviles de la zona del puerto lo recuerda muy bien: "Es que tú sabés que cuando veía venir el Mercedes (Benz 500) negro me brillaban los ojitos". El auto tenía patente argentina.
Gente que recuerda
Son muchos los que lo recuerdan y bien. Ahora están perplejos, como Mónica, que trabó una relación amistosa en la barra de La Morocha : "El me avanzó, pero sin pasarse. Era educado. Conmigo jamás pasó nada. Me invitaba a cenar porque odiaba estar solo".
Mónica es uruguaya, hace siete años que vive aquí y no da su apellido porque tiene dos chicos. Mónica recuerda que Anthony se movía todo el tiempo, no comprende cómo resistía tanto alcohol.
-¿Inhalaba cocaína?
-No sé, puede ser..., pero nunca estuve con él en el baño de ningún boliche.
Anthony dejó de verla. Fue cuando comenzó a mostrarse con una chica de Montevideo, morena, y sobre todo más sensual que mona.
"Era una morenita linda", cuenta ahora Claro Dávila, un argentino que trabaja en el pub Moby Dick. Allí Anthony iba con la mujer, que tomaba daikiris.
"Venían a horas tempranas o muy tarde. Tras la salida de otros boliches. Ella estaba muy fuerte y él no paraba de sacar plata", recuerda hoy "El Pelado", un taxista de las principales paradas de Punta del Este.
Dávila todavía está asombrado: "Nos enteramos de lo del tal An-thony por los diarios. Le puedo decir que era amable, y que cuando dijo de comprar el boliche lo dijo en serio".
Dicen que el tal "Lord Anthony" habla el español bastante bien y que disimulaba su raro inglés alemanado contando que su padre era nacido en Londres y su madre, en Hungría.
"Pensar que yo tomaba copas con él y el tipo tenía 14 millones de dólares en el bolsillo", dice ahora asombrado Mario Bramonte, un empleado de una casa de cambio.
La sorpresa fue para todos. Inclusive para este gángster alemán que vivía mostrándose como un gran señor inglés, que convocaba gente por su billetera y que, a los 37 años, impresionaba como uno de los más exitosos de la tierra. La gente del verano, los argentinos de enero, tomaron copas a su lado. Habrán pensado en un rico europeo. No, se trataba de alguien que un día dejó de ser An-thony y pasó a llamarse Drach para ocupar una celda en la cárcel de Caseros, Buenos Aires, Argentina.
El hampón prefiere
Lógico: en su país lo buscan por un secuestro de
El delincuente alemán Thomas Drach, prófugo de la Justicia de su país y apresado el sábado último en Buenos Aires, deberá presentarse pasado mañana ante el juez federal Gabriel Cavallo para comparecer por el delito de uso de documento falso que se le imputa aquí.
Sin embargo, su abogado defensor, Pedro Bianchi, adelantó a La Nación que el peligroso hampón, de 37 años, se negará a declarar, amparado por el derecho constitucional.
Drach permaneció detenido junto a presos comunes en el pabellón 12 de la cárcel de Villa Devoto, pero anteayer fue trasladado a una celda individual del penal de Caseros.
Sin salida
El alemán fue atrapado en la madrugada del sábado último, cuando el Departamento Interpol de la Policía Federal Argentina allanó por orden del juez federal Jorge Ballestero la habitación que ocupaba en el hotel Caesar Park, en el barrio de Recoleta.
Había llegado a Buenos Aires desde Uruguay, acompañado por una joven ciudadana del vecino país, para asistir a un recital de The Rolling Stones. Aunque se había montado un operativo para capturarlo en el estadio de River, lograron apresarlo antes, pues rastrearon una llamada telefónica que realizó a Holanda.
Drach era buscado por la Justicia germana desde 1996, acusado por el secuestro extorsivo del empresario hamburgués Jan Philipp Reemstma, por cuyo rescate cobró 16,6 millones de dólares. Luego de la liberación del ejecutivo, inició su derrotero como fugitivo.
Finalmente, cayó en nuestro país, en el que había ingresado con un pasaporte a nombre del ciudadano inglés Anthony Lawlor.
Quedó detenido de manera preventiva a disposición de Ballestero por el pedido internacional de captura que pesa sobre él, a la espera del pedido de extradición, que se encuentra en el Ministerio de Justicia alemán y todavía no ha sido remitido al Estado argentino.
De manera paralela, se abrió en el juzgado de Cavallo una causa contra Drach por el uso de documento falso. En una visita anterior del delincuente a nuestro país, había comprado un Mercedes-Benz y circulaba con una cédula verde adulterada.
Por este expediente, fue citado a declarar en los tribunales federales de Comodoro Py. "Su defensa le aconsejará no hablar por el momento", confió a La Nación Bianchi, que asumió la defensa del hampón.
El abogado confía en que la Justicia rechace el requerimiento de repatriación de Drach, pues en su país lo acusan por cargos de mayor gravedad.
"El pedido puede fracasar. Ni siquiera se han cumplido aún las formalidades del pedido de extradición", señaló el letrado.
Si la entrega al Estado alemán efectivamente no se efectuara, el delincuente podría recobrar su libertad: la imputación del delito de uso de documento falso es excarcelable.
De todos modos, tal como lo informó La Nación en su edición de anteayer, si la solicitud prospera y la entrega de Drach es concedida, la última palabra al respecto la tendrá el presidente Carlos Menem.
El juez Cavallo ya remitió a la Presidencia de la Nación un oficio pues, según nuestra legislación, sólo el Poder Ejecutivo tiene la facultad para autorizar la salida del país de un imputado sometido a proceso.
Drach está detenido en una celda individual de la prisión de Caseros gracias a las gestiones conjuntas realizadas por su defensor, por el cónsul alemán en la Argentina, Gordon Kricke, y por el juez Ballestero.
En una entrevista mantenida con Kricke, el hampón se había quejado por haber tenido que "dormir en el piso" de un pabellón de la cárcel de Villa Devoto, contracara de la vida lujosa que siempre llevó.
Sin embargo, Drach reconoció el buen trato que había recibido por parte de la policía y de la justicia argentinas.



