
El otro robo del siglo en la Catedral de Santiago: la pista de la Cruz de Alfonso III se pierde en Argentina
El historiador Francisco Prado-Vilar retoma la busca del tesoro desaparecido en 1906 y rescata papeles de una instrucción judicial fracasada
8 minutos de lectura'

SANTIAGO DE COMPOSTELA.- “Nunca podemos perder la esperanza”, sentenciaba en 1977 el profesor Xosé Filgueira Valverde, uno de los mayores eruditos de la cultura en Galicia, después de décadas siguiendo, sin suerte, las pistas del robo del siglo en la Catedral de Santiago. No, aquella vez no se trataba del Códice Calixtino, robado por venganza del electricista de la basílica —contra el deán— el 5 de julio de 2011 y recuperado un año después tras una investigación judicial y policial que removió las entrañas del templo. Un siglo antes, justo en el año en que nació Filgueira Valverde, 1906, se esfumaba en la madrugada del 7 de mayo un tesoro venerado desde hacía un milenio por gobernantes, fieles, peregrinos y artistas: la gran Cruz de Alfonso III.
Cubierta de oro, piedras preciosas y esmaltes, y muy parecida a la Cruz de los Ángeles de Oviedo (año 808), fue donada por ese monarca y la reina Jimena en el 874 al templo jacobeo, varios siglos (y muchos reyes Alfonso) antes de escribirse el Codex y de consagrarse, en 1211, la catedral románica soñada por el Maestro Mateo. El historiador del arte y perseguidor de los misterios que aún esconde la Catedral de Santiago, Francisco Prado-Vilar, retomó las pesquisas y recuperó fotos inéditas y documentación judicial que apuntaba hacia la Argentina en los meses posteriores al robo de la cruz.

“El que se enamorara de ella pudo haber muerto y los herederos, sacarla en venta”, calculaba Filgueira Valverde 71 años después de sustraerse el botín. “No tenemos indicios de que fuera destrozada o fundida”, añadía, “recorro aún las páginas de los boletines de arte, las hojas de adquisiciones de los museos, los catálogos de ventas... en su búsqueda”. Y como la esperanza, tal y como aconsejaba el sabio, nunca se puede perder, Culturagalega.gal acaba de publicar el último artículo de Prado-Vilar, en el que da cuenta de sus hallazgos, entre otros periódicos, en la Gaceta de Madrid, entonces “diario oficial del Estado y antecedente del actual BOE”.
Allí, el estudioso localizó “citaciones, comunicaciones y requisitorias que permiten seguir el curso de la investigación”. “De su examen”, sigue describiendo en la plataforma de divulgación del Consello da Cultura Galega, “emerge una pista hasta ahora desconocida: la de un sospechoso reclamado por la justicia cuyo rastro conduce de Santiago a Buenos Aires y, desde allí, a la historia de una familia de emigrantes gallegos que alcanzaría una notable posición” en Argentina. Esta familia, con el tiempo, dejó en el país americano, y más en concreto en la ciudad de Rosario, “un legado perdurable”, “su extraordinaria colección de arte”.
“Es uno de los grandes misterios del patrimonio gallego”, afirma con su habitual entusiasmo Prado-Vilar, que aprovecha sus estancias fuera de la Universidade de Santiago y en el extranjero para exprimir las fuentes documentales de museos y archivos y recurre a las nuevas tecnologías para revivir formas, ambientes y colores perdidos. En el siglo XIX, “los compostelanos aún acudían a besar” la cruz en Viernes Santo. “Desde el Maestro Mateo hasta Jan van Eyck”, describe, decenas de generaciones “la contemplaron, la portaron, la tocaron, la veneraron”. Pero desde aquella madrugada de hace 120 años nada más se supo de la joya sagrada.
Por fortuna, aquel mismo año la cruz (que había sufrido modificaciones a lo largo de los siglos) había sido retratada por José Limia, sacerdote y fotógrafo aficionado, cuya colección de negativos en placas de vidrio se conserva en el archivo de la basílica. Esta imagen, a través de la fototipia difundida por Hauser y Menet, se convirtió entonces en el único testimonio gráfico que se conocía, y se utilizó para encargar dos réplicas a plateros. Una enseguida, tras la “conmoción” del robo, en 1917. La otra, con motivo del Xacobeo 2004. En su reconstrucción al detalle de la historia, Prado-Vilar rescató, y coloreó, fotogramas del NO-DO en los que aparecen Franco y Carmen Polo besando de rodillas la primera de las copias.

Pero la sorpresa del historiador, que recuperó otras imágenes de las que no se tenía constancia, llegó tirando del hilo de la prensa de 1906. El último rastro de la persecución judicial se diluye en el Atlántico, después de embarcar un investigado cuyo nombre acabó tomando fuerza en el sumario. El principal sospechoso se llamaba Francisco Estévez Yáñez y trabajaba como farmacéutico en Compostela. Pertenecía a una familia con buena posición económica y su padre ya era aficionado al arte. El investigado poseía concesiones mineras de pirita de hierro y, cuando desapareció la Cruz de Alfonso III, ya era objeto de otras diligencias judiciales por un negocio prohibido: los juegos de azar. Los documentos rescatados apuntan a que Estévez se escabulló, perdiéndose entre la emigración.
El juez designado para instruir la especial causa del “robo de alhajas” en la catedral era Antonio Nicolás y Fernández, magistrado de la Audiencia de Pontevedra y gran estudioso del patrimonio. El 30 de mayo de 1906 ordenaba a la policía judicial practicar “las más activas diligencias” para localizar las joyas (aquel 7 de mayo, además de la cruz, habían faltado otras) y hacía una descripción detallada de los objetos desaparecidos. El Cabildo ofrecía una recompensa de 5000 pesetas para quien descubriese a los ladrones. Al mes siguiente, el juzgado firmaba una cédula de citación para localizar a siete vecinos de Santiago, en paradero desconocido, para prestar declaración. Y en cuestión de dos días se citaba a otro par de individuos, uno de ellos cantero de la catedral, trabajador de la basílica, como acabó siendo el ladrón del códice. “A mediados de julio”, sin embargo, “la instrucción dio un giro fundamental al concentrarse en un principal sospechoso: Francisco Estévez Yáñez”, afirma Prado-Vilar.
Ya no se trataba de una cédula como las anteriores, sino de una requisitoria de busca y captura. Se le identificaba como natural de Freás de Eiras (partido judicial de Celanova, Ourense), vecino de Santiago, casado, de 37 años, “estatura regular, color pálido, ojos azules, barba poblada y negra, bigote y pelo ídem”. El juez ordenaba su detención y advertía de que tenía otra causa pendiente en la Audiencia de A Coruña por dedicarse “a los prohibidos”. El historiador explica que esta expresión se refería a “los juegos de suerte, envite o azar perseguidos por la legislación de la época”. El 11 de agosto, una publicación, El Miño, informaba de las gestiones del Gobierno civil para localizarlo como “uno de los presuntos autores del robo de alhajas”.

Pero entonces Estévez Yáñez ya había puesto un enorme charco de por medio. En octubre, la pista de su destino la da otra requisitoria publicada en la Gaceta de Madrid. No era por el caso de la cruz y el resto de joyas ausentes del tesoro catedralicio, sino por el del juego prohibido. Aquí incluso se detalla toda la ropa que vestía la última vez que se le vio y se moviliza a todas las autoridades civiles, la policía judicial y los militares para su arresto. Un último dato anuncia lo difícil que va a ser encontrarlo: “Se ausentó de esta ciudad en el mes de mayo último con dirección a Buenos Aires”. El mismo mes en que desapareció la Cruz de Alfonso III para siempre.
Prado-Vilar ahonda en lo llamativo de esta emigración repentina... o huida a Argentina, donde tenía varios hermanos. Llevaba al menos viviendo, y casado, en Santiago desde 1887; en el momento del robo trabajaba de boticario y desde 1902 disfrutaba de derechos mineros junto a la ciudad. Estas concesiones de pirita seguían a su nombre en 1911.

Una fortuna en yerba mate
“Entre esos cuatro hermanos” en Argentina “estaba Odilo”, destaca el profesor del departamento de Historia del Arte de la Universidade de Santiago. El emprendedor había emigrado con 14 años y “acabó siendo el miembro de la familia con mayor presencia pública”. “Precisamente en 1906, el mismo año en que Francisco abandonaba Santiago con dirección a Buenos Aires”, recuerda Prado-Vilar, Odilo, dedicado al comercio de yerba mate, constituyó Estévez & Cía en Rosario. Los otros dos hermanos participaban del negocio, pero “Francisco no aparece vinculado a la empresa”. Odilo y su esposa, Firma Mayor, acumularon una fortuna y reunieron durante décadas una importante colección de pinturas, esculturas, mobiliario, “porcelanas, marfiles, jades y platería”, con compras efectuadas en Argentina y Europa. Su casa, legada a la ciudad, “dio origen al actual Museo Municipal de Arte Decorativo Firma y Odilo Estévez”.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, S.L.U.



