
El pasaje que encontró la paz en el arte
Hace más de cien años era una cortada donde los guapos batían a duelo sus rencores y donde el aire de la noche llevaba los silbidos con los que los compadritos se comunicaban de esquina a esquina, según un código aprendido en la penitenciaría de Las Heras. Aquel malevo callejón, al que Borges honró en su Evaristo Carriego , se transformó con el tiempo en un pasaje de Barrio Norte con una identidad tan propia como cambiante.
Seguramente, la etapa más polémica del pasaje Bollini fue hacia fines de la década del 80 y comienzos de los 90 del siglo pasado, cuando fue centro de una agitada vida nocturna que giró en torno de sus bares, discos y cafés-concert. Algunos excesos y escándalos minaron su reputación hasta que el ruido se fue apagando. Sin embargo, la bohemia sobrevivió y, hoy, dejadas atrás las controversias, el pasaje comienza a redescubrirse como un pequeño distrito de arte y diseño, un perfil renovado que promete devolverle su esplendor.
Declarada su protección histórica por la Legislatura el año pasado, conserva en su trazado de dos cuadras, entre French y Pacheco de Melo, propiedades de un alto valor arquitectónico. Con una gran variedad de casas bajas construidas hacia fines del siglo XIX y principios del XX y su adoquinado original, restaurado años atrás, es una suerte de oasis de paz dentro del movimiento de Recoleta.
El primer paso firme en el camino paralelo entre el arte y el pasaje que ahora se consolida comenzó a darse hace 25 años. Lo dio la empresaria Cecilia Leoni, al crear La Dama de Bollini, emblemático bar y galería donde expusieron artistas como Roux, Soldi, Pérez Celis, Lola Frexas y Raquel Forner. Durante algún tiempo, las obras incluso se expusieron en plena calle y, por un breve período, durante la intendencia de Facundo Suárez Lastra, el pasaje fue peatonal. Pero ambas iniciativas fueron abandonadas al poco tiempo.
Ahora, notas de jazz y poesías leídas en voz alta inundan el pasaje. Emergen desde donde también funciona la Fundación Bollini, creada en 1988 por la misma Leoni para promover las artes y la protección del área. El objetivo parece logrado. El pasaje es un imán para renombrados artistas que no sólo lo eligen para exponer, sino como refugio personal: Nicolás García Uriburu, Aldo Sessa y Daniel Abate viven y crean allí. Además, donde hace dos décadas se levantaban bares y discos con más ruido que brillo, ahora surgen locales comerciales en los que el arte es el denominador común, como el Angel de Bollini, donde además se imparten cursos plásticos, o Ketha, con una exclusiva colección de objetos de diseño.
El pasaje Bollini parece ser el espacio porteño donde más manifiestamente se expresa el auge del arte en la ciudad, un fenómeno que mejora a Buenos Aires y que permite que algunos de sus rincones más bellos vuelvan a mostrar su mejor cara.




