
El pueblo más nuevo del país
Casa de Piedra, un proyecto colonizador en el corazón de La Pampa
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CASA DE PIEDRA, La Pampa.– Un cardo ruso, de esos que abundan en el desierto –y en los westerns–, cruza la calle rodando y abriéndose paso hacia ninguna parte. En su derrotero termina enganchado en el retoño de un fino rosal que pugna por sobrevivir en la aridez pampeana. Una escena simple, totalmente atípica en este paisaje yermo que, metafóricamente, dice mucho acerca del ambicioso proyecto de Casa de Piedra... Casa de Piedra, ¿qué es eso? Se trata, nada menos, del pueblo más nuevo de la Argentina.
Está ubicado en el inhóspito sudoeste de La Pampa, sobre la ruta nacional 152, a casi 1000 kilómetros de Buenos Aires. Todavía no cumplió un año desde la inauguración de sus primeras construcciones públicas, no aparece en los mapas del país -la cartografía señala un embalse o dique en el lugar-, sus tierras cotizan por licitación a un peso el metro cuadrado como base y nadie oculta, además, que es una fantasía o anhelo del gobernador pampeano Carlos Verna. El pueblo nació al calor de la iniciativa y la financiación provincial mucho antes de que alguien siquiera pensara instalarse por estas tierras fiscales.
Después de recorrer un largo camino, por una ruta de monotonía implacable, LA NACION llegó a la "villa turística" Casa de Piedra, tal como se promociona con carteles. A simple vista, la iniciativa pendula entre el delirio megalómano de la política o, por el contrario, el proyecto promisorio, visionario y fundacional. Como sea, con sus techitos verdes y un ritmo febril, el pueblo avanza y toma forma a la vera de un lago -quizá la clave turística- de 36.000 hectáreas, creado a partir del embalse del río Colorado, inaugurado en 1996.
Aquí viven 56 personas de manera estable. Entre ellos, dos policías de La Pampa, tres agentes de prefectura y una médica. Cada uno con su historia. Un pasado, un presente y un futuro que muchos creen ligado a Casa de Piedra, un sitio difícil y aislado rodeado de jaramilla, alpataco y piquillín (la vegetación achaparrada típica de La Pampa).
Día 1. "Cuando arrancamos y éramos pocos nos decían que estábamos locos... nadie quería venir. Se trabajó mucho y no había nada. Me lo imagino hermoso en unos años y, si todo marcha bien, pienso quedarme. Hoy estoy muy contento de estar acá", comentó Pablo Oscar Ottone, de 24 años. A su lado, el pequeño Pablo Geremías, de apenas tres meses (el primer "casapedrense", cabe añadir) todavía no sabe que él representa la reserva vital de este nuevo pueblo fundado el 30 de noviembre del año pasado. "Es el primer chico asentado acá", agrega Anabela, de 19 años, madre de Pablo Geremías y también de Lucía, de tres años.
La sensación de que con el transcurso de los años todo pueda terminar como una cáscara vacía recorre las callecitas que circundan los terrenos aún sin construir. "Se hace difícil, porque no hay nada para comprar y todo queda muy lejos", desliza Anabela, aunque añade que la idea valió la pena: "Me gusta y me quedaría".
Curiosamente, parecería que el pulso del pueblo depende casi exclusivamente de la suerte que corran las 12.000 plantas de 160 especies diferentes -como abedules, rosas, palmeras y hasta bambúes- que se implantaron y que subsisten gracias al riego por goteo. El color verde de la fertilidad es tan extraño por esta zona como las lluvias que llegan cada tanto y a razón de 100 milímetros anuales. Las plantas, en este contexto, son el aliento de vida y la obsesión de los primeros casapiedrenses.
Construir un oasis
Día 2. "Creo que es una gran satisfacción ser los primeros pobladores y vamos a hacer historia", dice Darío Sol, de 30 años. Su historia comenzó cuando decidió enviar un currículum al gobierno provincial para instalarse en Casa de Piedra. Desde abril pasado trabaja en el edificio comunal y, su mujer, María del Carmen Robledo, en el albergue estudiantil. "Era juez de paz en otro pueblo y renuncié para venir acá. Fue una decisión propia... tenemos nueve meses de casados y queremos quedarnos", cuenta Darío. En el edificio contiguo a la comuna María del Carmen atiende a los chicos de las escuelas pampeanas que son invitados para difundir el sitio. "Estamos buscando un proyecto de vida y tener chicos; todos mis amigos me preguntan cómo hacer para venir, porque esto va a ser un oasis", afirma Robledo.
Entre las múltiples cuestiones que hacen dura la vida aquí, hay algunas bastante sencillas. La proveeduría funciona desde hace apenas unos pocos días y la ciudad más cercana, General Roca, queda a 100 kilómetros en la provincia de Río Negro, con lo que abastecerse fue una tarea difícil en estos primeros meses. La estación de servicio sólo comenzará a operar a fines de año -a la obra le resta poco-. La escuela (una del plan de 700 escuelas por año del Ministerio de Educación nacional) abriría sus puertas el año próximo y tanto la iglesia como el cementerio cuentan con un espacio virgen, por ahora.
"Se empezó de cero y hoy es maravilloso. De entrada sufrimos porque no había nada. Acá hay que ayudar y hacer de todo un poco. Quiero quedarme", dijo Sergio Barriga, el sargento de la policía de La Pampa, encargado de la seguridad del lugar. Algunas escaramuzas entre trabajadores y los accidentes de tránsito ocupan sus tareas, según comenta.
De Tandil al desierto
Juan Tolosa llegó desde Tandil. Tiene dos hijos que, por ahora, permanecen en Santa Rosa, a 380 kilómetros, para que concurran a la escuela. "Soy maestro mayor de obras y era un desafío venir a trabajar a un pueblo que empieza de cero -reflexiona-. Algunos me dicen que estoy loco, pero estoy tranquilo y cuando abra la escuela voy a traer a mis chicos acá."
Como toda iniciativa ambiciosa, Casa de Piedra no puede reducirse sólo a un grupo de 20 casas: las de altos funcionarios tienen dos pisos. Sin mucho análisis, salta a la vista que pretende ser mucho más que eso. En pocos meses comenzarán a subastarse las parcelas de entre 50 y 300 hectáreas del "polo productivo" de 10.000 hectáreas bajo riego que servirían de fuente de trabajo. El criadero de truchas, a 40 kilómetros de Casa de Piedra, aún en fase experimental, funcionaría el año próximo y, en los planes, aparece la instalación de un casino, un hotel cinco estrellas -hoy no hay hospedajes- y hasta un campo de golf.
Laura Gervasoni, de 30 años, es la médica del puesto sanitario. Eligió Casa de Piedra como experiencia para desarrollar la especialidad de emergentología. "Quería tener la experiencia en un lugar nuevo", cuenta a LA NACION. Consultada acerca de su pálpito sobre la evolución del pueblo señala: "La gente no va a venir al desierto porque sí. Y si sólo se sustenta en los sueldos que paga la provincia lo veo muy pobre. Puede tener un futuro, pero cuando se fundamente en la dinámica del sector privado. De lo contrario lo veo muy difícil", opinó.
Un proyecto planeado con tiempo y finalmente realizado no significa garantía de calidad. Pero ayuda: en las dos primeras licitaciones se vendieron los 101 terrenos a un promedio de 15 pesos el metro cuadrado.
En efecto, si Casa de Piedra provoca sorpresa es por el riesgo que toma: tanto como rebelarse al desierto.
Radiografía
Ubicación
- Está ubicado a 984 kilómetros de Buenos Aires, en el límite con Río Negro, sobre la ruta nacional 152.
Viviendas
- Se construyeron unas 20 viviendas para albergar a los primeros 56 residentes.
Infraestructura
- El pueblo consta de un edificio comunal, un albergue estudiantil, un polideportivo, un puesto sanitario, una proveeduría -adjudicada-, una escuela y una estación de servicio, ambas en obra. No hay hotel.
Sevicios
- Casa de Piedra tiene gas, luz, agua potable, telefonía móvil, TV e Internet satelital.




