
El Río de la Plata devela sus secretos
Por primera vez en la historia de la ciudad, se intenta rescatar del agua piezas arqueológicas
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Las aguas del Río de la Plata comenzaron a abrirse ayer, obedientes a la pericia y a la tenacidad de un grupo de buzos, que se zambulleron frente a Puerto Madero en busca del pasado sumergido de la ciudad.
Se trata del "Proyecto de Arqueología Subacuática de la Ciudad de Buenos Aires", una novedosa iniciativa orientada al rescate de cargas perdidas y utensilios de la vida a bordo que, a través de los años, fueron cayendo de los barcos.
Y, porqué no, hasta puede ocurrir que en el ímpetu de la búsqueda los buzos den con restos de barcos, echados a pique en tiempos remotos y apartados de la luz del día por la constante acumulación de sedimentos.
Por encima del agua y del proyecto se encuentra el Gobierno de la Ciudad, que piloteó la idea a través de su área de Arqueología Urbana. Sumergidos en el río, palpando, midiendo y tomando todo lo que se les cruza, se hallan los experimentados buzos de la Fundación Albenga, que desde hace seis años se especializan en esta disciplina, tan nueva como desconocida.
Rescate, no piratería
Tan poco se conoce la arqueología subacuática que a veces se la confunde con su antítesis, la depredación de barcos antiguos, los cuales una vez localizados son rápidamente despojados de sus riquezas, si las tienen, mientras que las piezas menos valiosas quedan libradas a su suerte, en compañía de los peces.
"Hay una fantasía muy grande con los barcos hundidos y las monedas de oro -dijo a La Nación Javier García Cano, arquitecto, buzo, y miembro de Albenga-. Nosotros no buscamos galeones ni tomamos monedas, sino cosas más interesantes." Tal vez las palabras de Cano provoquen cierto desencanto a quienes esperaban ver fluir, desde el fondo del río, un torrente de doblones dorados. Siempre es posible que aparezcan, pero es más probable que en su lugar se rastrillen vidrios, botellas, fragmeantos de cerámica, partes de muebles; basura antigua que dejará de serlo en cuanto suba a la superficie, para transformarse en parte de la historia porteña.
Son esas las cosas que suelen hallarse en las búsquedas arqueológicas, en las empresas auténticamente científicas como las que Cano y su equipo llevaron a cabo en otros puntos del país, desde Puerto Deseado hasta Posadas, incluyendo la antigua Santa Fe, cuya fundación antecedió a la de Buenos Aires.
Ayer, mientras el cielo se volvía cada vez más claro y luminoso, los buzos se sumergían en las tinieblas de un río estancado y contaminado (lo que de por sí constituye una especie de hazaña). El lugar elegido fue una pequeña franja de 60 por 100 metros, frente a los restaurantes del Dique 4.
Primera etapa
Los comensales que paseaban por la rambla se iban transformando en atentos espectadores de la investigación, llamados a la escena al ver una lancha de goma que servía de punto de partida a un grupo de buzos rumbo al fondo desconocido y fangoso.
En medio de la oscuridad total e impenetrable hubo que prescindir de la vista y andar a tientas, apoyando las manos para palpar el relieve. A medida que avanzaba y que tocaba, cada buzo les comunicaba a sus compañeros, por radio, las características del suelo. Al mismo tiempo, una minicomputadora en su muñeca registraba la profundidad, la temperatura y otros parámetros. Con todos los datos reunidos, los científicos van a graficar un mapa con el relieve exacto de la zona, para saber cómo y por dónde comenzar las excavaciones. Por lo pronto, la primera parte del rescate, meramente exploratoria, terminará hoy, cuando los buzos vuelvan a zambullirse en horas de la tarde. No sólo no habrá doblones, sino que, por esta vez, ni siquiera se verá basura añeja.





