
El Salado está seco y triste
Los canales aliviadores, ubicados después de la ruta 2, hicieron que se agotara el cauce del río
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CERRO DE LA GLORIA, Buenos Aires.- Ya no se lo ve llegar hasta la bahía de Samborombón con su caudal generoso y sus aguas arrogantes, serpenteando entre centenares de orillas curvas y trayendo pejerreyes, lisas y un montón de recuerdos de la historia.
Ya no es aquel que dividió fronteras en combate; que acunó el vapor de pasajeros; que se llenó de gaviotas, garzas, cigüeñas y bandurrias; que fue límite de estancias y que separó, imperturbable, los partidos de Castelli y Chascomús.
Su último tramo es ahora un pantano que no permite la navegación, donde la hacienda ya no abreva y la vida silvestre se quedó sin un jagüel de vida. Poco se parece a aquel que evocó el poeta: "Ay, que sangre su sangre caudalosa,/La antigua sangre de su sal viajera./Cuando yo digo río, en cada cosa/Digo puñal y copla sementera./Digo arterias de lluvia y primavera./Su bautismo y su pesca milagrosa".
El río Salado, desde la ruta 2 hasta su desembocadura, cambió por completo. Es un fangal que sólo conserva de sus viejos tiempos las blancas barrancas de conchillas, pero sólo una antigua fotografía podría mostrar lo que alguna vez fue una imponente geografía.
Todo comenzó con las inundaciones que se producían allá en lo alto de su cuenca y que lo embravecían. Fue en una de esas avalanchas de agua cuando se construyó un canal aliviador: el 15. Luego vino otro más y, finalmente, en 1997, se profundizó el cauce del primero.
Entre los dos, en línea recta hacia la bahía, se llevaron toda el agua del histórico y sinuoso río, que por esa altura debe contar con mucho más de 50 kilómetros de recorrido.
Esto produjo, en definitiva, que el último puerto del Salado, cercano a esta localidad, se volviera casi imposible para el ingreso de las lanchas pesqueras. También desapareció gran parte de la fauna acuática y centenares de productores agropecuarios tuvieron que salir a buscar el agua en napas escasas. Muchos no encontraron ni eso para clavar un molino que llenara las bebidas de los vacunos en campos casi exclusivamente de cría.
De allí la queja de muchos. Los que hablan de que la cosa no estuvo bien prevista. Quienes dicen que los canales pueden servir, pero siempre que tengan una compuerta y cuenten con un sistema idóneo que cierre u abra "la canilla" según la necesidad, la inundación o la sequía. Y el tema parecería que sólo pasa por allí, por un par de puertas.
Lo que brilla no es agua
Mientras se acomoda su boina vasca, Emir Ogazón muestra lo que fue el río y recomienda al cronista: "Acérquese bien, porque lo que de lejos brilla como agua, de cerca es barro puro". Hace diez años que Ogazón es el encargado de Rincón de López, la histórica estancia en la que vivió Juan Manuel de Rosas hasta su adolescencia.
Mira hacia la otra costa: "En una parte del campo nosotros tuvimos una suerte tremenda, porque encontramos agua a 12 metros de profundidad, pero allá enfrente, en ese campo del lado de Chascomús, están muertos".
Habla de la imposibilidad económica que representaría alambrar todo el borde del río para que las vacas no se pasen y mueran en el pantano. Y, después de otras penurias, comenta con nostalgia: "Esto era otra cosa. Simplemente, es como estar en otro lado, porque acá falta el Salado".
Abel Landetcheverry, a quien por supuesto le dicen vasco, hace 30 años compró un campo junto a la bahía e invirtió mucho en un complejo turístico. Habla con vehemencia, se queja de los errores de los gobiernos y asegura:"Ahora lo único que nos puede salvar son las compuertas. Uno mira el Salado y le dan ganas de llorar. Esto era muy simple, porque al Salado hay que dejarlo vivir, amarlo, no contaminarlo y, por sobre todo, respetar su historia.
"Ahora, la marea entra desde la bahía, deja más y más sedimentos en su cauce y se va. La poca agua que queda está llena de sulfatos, no se puede tomar, mata los animales y deshidrata."
Quizá quien guarde muchos recuerdos de aquellos tiempos idos sea Pedro Hilario González, que habita estos campos desde 1930. Encargado de la estancia Rincón Grande, habla de beneficios y perjuicios. "Sin duda que todo esto no volvió a inundarse, pero la modalidad de trabajo cambió por completo. Antes la hacienda tomaba agua del río, hoy tenemos un molino para cuatro pozos porque bajaron las vertientes y hay que andar de acá para allá con los animales.
"Los otros días, unos pescadores andaban en una canoa, bajó lo poco que quedaba de río y volvieron trayendo el bote a la rastra por entre el barro."
El se acuerda de las inundaciones y los sufrimientos, aunque también de las épocas en las que el río Salado se desgranaba sin urgencias, pero sin pausa. Los talas siguen, porfiados en los montes, enfrentando la sed sin dejar de mostrar sus espinas, y los chimangos subsisten con su rapiña.
Igualmente, a los dos, y a todos, les está faltando el río.
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