El silencio como lugar fundamental

María Rosa Lojo
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31 de julio de 2012  

Héctor Tizón supo escribir el mundo ancestral del noroeste argentino, de la Puna, de sus tradiciones, valores y creencias, con un alcance universal, existencial, yendo a lo profundo de los conflictos humanos desde ese lugar concreto, tan singular como su prosa magnífica.

Fue a veces víctima de un equívoco frecuente en los casos de grandes escritores que eligen colocar el eje de su paisaje literario y su mitología personal fuera de los principales centros urbanos. Pero nada sería más erróneo que reducirlo a literatura "costumbrista" o "regionalista".

Todas en definitiva son "regiones" de la humanidad, incluso las megalópolis, y la especificidad lingüística y cultural que otorga a la escritura de Tizón un espesor inolvidable no le quita, sino que antes bien le agrega, dimensión estética.

Traducida a varios idiomas, premiada dentro y fuera de la Argentina, su obra se impuso por sí misma, desde su poderosa síntesis poética, que incluye el silencio como lugar fundamental.

Al silencio y a la memoria pertenecen sus personajes ensimismados que buscan el sentido de sus vidas en el doble abismo de su interioridad y de un paisaje traspasado por la pregnancia simbólica.

Ningún misterio se les devela, porque en el mundo de Tizón la vida es misterio. También es un viaje que lleva a los individuos más allí de sí mismos: hacia los remotos orígenes o hacia otras tierras desconocidas donde cumplirán su destino sin llegar a descifrarlo.

Explorador de una historia local, colectiva y ancestral que impregna el lenguaje, contaminándolo felizmente de arcaísmos, apelando a la narrativa oral y al cancionero anónimo, Tizón (no sin ecos de la dura experiencia autobiográfica) ahonda igualmente en el periplo de los desterrados y los desarraigados, de aquellos que no tienen ni una piedra donde reposar su cabeza.

La Biblia revisitada con fascinación e ironía y un Dios desconcertante, más allá de los catecismos, asoman en las voces de sus predicadores heterodoxos, como el reverendo de Extraño y pálido fulgor , con una cuota humorística que matiza el siempre fluido lirismo: "Dios ama a los vagos y a los holgazanes, como fueron los discípulos de su Hijo. Lo que sí lo enfurece es la falta de espíritu solidario...".

Fruto de un exquisito trabajo, libros como Fuego en Casabindo , La casa y el viento , Luz de las crueles provincias , La belleza del mundo y La mujer de Strasser , entre otros, son prueba también de la "felicidad y la gracia" que el solo esfuerzo no alcanza y que enciende esos textos con resplandor perdurable.

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