
El terror y la soledad que deleitaron a Borges
El argentino prologó Crónicas marcianas
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En los últimos días del otoño de 1954, Jorge Luis Borges revivió con Crónicas marcianas los "deleitables terrores" que había descubierto medio siglo antes en Los primeros hombres en la Luna , de H. G. Wells. Poco después concluía con esas palabras ("deleitables terrores") el prólogo a la primera edición española del libro de Ray Bradbury. Las tres páginas, de principio digresivo y conclusión confesional, como todos los prólogos borgeanos, ubicaron para siempre esos cuentos iniciales de Bradbury y a su autor en la literatura en lengua española. Gracias al elogio, se convirtió en un escritor con un prestigio acaso mayor entre los lectores españoles y argentinos que entre los del hemisferio norte.
Alguna vez debería escribirse un tratado acerca del modo en el que la ciencia ficción (o "ficción científica", para ser más precisos) educó la sensibilidad de los hombres del siglo XX. En el caso de que semejante estudio se realizara (si es que ya no se realizó), Bradbury ocuparía allí un lugar destacadísimo aunque ambiguo: su imaginación futurista no avanzaba, como imponía el más crudo protocolo del género, a fuerza de trucos y artefactos tecnológicos que arrastran, con su envejecimiento, la obsolescencia del libro que trafica con ellos. Sus artilugios más evidentes fueron la alegoría y el símbolo.
Anota Borges: "¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?". En Bradbury, el argentino encontró, más allá de lo fantástico, una intimidad que toca a las experiencias fundamentales. La invasión de Marte debe leerse para Borges como una cifra de los domingos vacíos, del tedio americano.
Pero hay algo más, aparte de lo fantástico como símbolo, otra conexión secreta entre los dos escritores. Lo más asombroso de todo es que ambos, Borges y Bradbury, concibieron una ficción parecida con muy pocos años de distancia y con la diferencia que media entre la simultaneidad y la sucesión.
En "El Aleph", un punto condensa la visión de un universo que pasa vertiginoso; en "El hombre ilustrado", una piel de imágenes animadas, un cuerpo colonizado por las "voces y murmullos apagados" de multitudes, se despliega incesante en un puñado de historias.
Por debajo de lo fantástico habita la misma curiosidad perpleja por lo real.
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