
En el conurbano, uno de cada cinco chicos padece desnutrición
Consecuencias: la franja comprende a menores entre los dos y los seis años que tienen una talla deficitaria para su edad, sufren fracaso escolar y son más propensos a contraer infecciones.
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En el conurbano bonaerense el 21,6 por ciento de los chicos entre los dos y los seis años está dentro de los parámetros de desnutrición. Este es el resultado más destacado del amplio control realizado el 2 de noviembre de 1995 por la autoridad sanitaria de Buenos Aires que midió el estado nutricional de los menores de seis años de la provincia, que espontáneamente se presentaron en los centros de salud.
Con una talla deficitaria respecto de su edad (indicador de desnutrición crónica compensada), este 21,6 por ciento se elevó al 22,5 en el área considerada más crítica: los municipios del segundo cordón, como Almirante Brown, Berazategui, Quilmes, Lomas de Zamora, La Matanza, Merlo, Moreno, San Miguel, José C. Paz, Tigre y San Fernando, entre otros.
Se observó, también, que los problemas se manifestaban después de los 24 meses, síntoma de que el período crítico se iniciaba para los niños luego del sexto mes de vida.
Por su parte, el área de salud de la Unicef comenzó una nueva ronda para actualizar el mapa de la desnutrición crónica en el país, chicos con privaciones y desarrollados en ambientes adversos o de riesgo.
Fracasos
Hijos de familias con necesidades básicas insatisfechas, residen en casas precarias y sufren hacinamiento. El fracaso escolar y la posibilidad de que cualquier infección estacional se complique son consecuencias directas. De las provincias censadas entre 1992 y 1994, Jujuy (1993) hace punta con un 17,2 por ciento de niños con una estatura deficiente para su edad y un 12,5 por ciento de muy baja estatura (en peores condiciones), sobre 8955 controlados según los parámetros internacionales. Le siguen: Salta, sobre 16.931 niños, con un 14,4 y 10,4, respectivamente, y Formosa, con el 14,1 de estatura deficitaria y el 8,8 por ciento de muy baja talla, sobre 9933 chicos fichados en 1994.
Dos áreas críticas en este mapa de muy difícil confección técnica son los municipios de Rosario y Santa Fe, que están siendo relevados nuevamente, y donde el número de familias con sus necesidades básicas insatisfechas aumentó en los últimos tiempos.
Un cable de la agencia Télam informó hace poco: "Según la Unicef, en la Argentina no había desnutrición". Pablo Vinocurt, especialista del área de salud de la entidad internacional aclaró: "No es así, leyeron mal el cuadro. La Argentina figura en «otros», junto con países tales como Canadá y Cuba, no porque no haya desnutrición, sino porque no hay cifras nacionales".
Vinocurt explicó que en nuestro país los censos se efectuaron en la relación talla-edad y no talla-peso; tampoco se utilizaron las tablas con que se midió al resto de los países para establecer el índice de desnutrición aguda-grave y aguda-moderada.
"En la Argentina hay zonas y casos de desnutrición; pero, en general, hay más hambre que desnutrición", dijo.
Controlar la inversión
A esta situación, el gobierno nacional respondió en 1995 con una inversión de casi 210 millones de dólares en planes de alimentación y de complemento nutricional. El Banco Mundial financia esta asistencia con 170 millones de dólares. La provincia de Buenos Aires, además del Plan Vida, destina 76 millones de pesos anuales al organismo que preside Hilda de Duhalde para mantener los comedores escolares; de estos fondos, el 70 por ciento es para escuelas del conurbano.
Sin embargo, la tendencia no se revierte; según los economistas el desempleo "llegó para instalarse" y compromete aún más la situación, sobre todo en el Gran Buenos Aires receptor de las migraciones internas y de los países vecinos.
Se suma también el hecho de que muchos comedores escolares del Gran Buenos Aires no reciben alimentos.
Roberto Pagano, encargado del Promin, plan del Ministerio de Salud, aseguró que "se trata de focalizar y diferenciar necesidades, "para evitar que el clientelismo político desbarate los esfuerzos".
Algo similar hace Hilda de Duhalde, que aconseja a las cooperadoras escolares recibir en sus propias cuentas el dinero para los comedores.
Sacudir las conciencias
"Hace dos años comían con nosotros 50.000 chicos, me parecía una cifra horrorosa; hoy tenemos 400.000 sentados a la mesa de Caritas y asistimos a 800.000 personas en todo el país", dijo monseñor Rafael Rey. El obispo titular de Caritas de la Argentina puso el acento en la necesidad de que toda la sociedad tome conciencia de la pobreza extrema y la desocupación.
"Necesitamos promover una cruzada para crear trabajo, porque la mayoría quiere ganarse su pan y los que trabajaron toda su vida sufren por tener que aceptar limosna", dijo.
Miryam Juárez, consejera escolar de Moreno, observó que los hermanos mayores prefieren quedarse sin comer antes que ir al comedor escolar. "Para ellos es indigno, y no soportan que los compañeros se burlen o los discriminen por ser pobres. Los más chicos les llevan comida en las mochilitas".
Una situación similar viven los jefes de familia. El hombre se niega al comedor comunitario y, generalmente, entra en un profundo pozo depresivo.
En tanto, las mujeres saben que de alguna manera pagan su comida con trabajo: cocinando, cosiendo ropa o limpiando el sitio común.
Los nuevos pobres de la Argentina
Elena Vázquez es vicedirectora de la escuela 47 de Villa Luzuriaga y explica: "Acá no podemos decir que haya hambre... pero sí muchas ganas de comer".
La docente trazó un panorama de la situación social: "Es un lindo barrio, los propietarios de casas y autos debieron de tener un trabajo sólido para alcanzar ese nivel". Hoy la situación es diferente.
El estudio hecho por la provincia de Buenos Aires indica que, de 471 alumnos, casi el 20 % procede de familias cuyo sostén está desocupado. Al decir de la vicedirectora, los chicos "pasan sus vidas deseando y terminan resentidos"." Y aunque en esta escuela se logra olvidar la pobreza de a ratos, como cuando les llega la donación de Sancor, todos saben que nada les asegura un futuro mejor.
Una realidad que golpea
Sin embargo, en este nuevo mapa de la pobreza, hay casos más patéticos. Tal es el caso de Carlitos, de La Matanza, que tiene que asistir a una escuela especial. "En los 90 era un bebé desnutrido con el vientre hinchado. Su familia tenía serios problemas y muchos hijos, la mamá no podía darle ni el pecho. Pero con una buena alimentación habíamos logrado recuperarlo", relató Néstor Olivieri, médico de la salita de salud vecinal.
Luego, la familia se mudó. "No hace mucho regresaron -dijo Olivieri-. Cuando volvimos a atender al chico lo encontramos dentro de los parámetros normales de peso y talla; pero habla con dificultad, moja la cama y le cuesta aprender. Son las secuelas de aquella desnutrición temprana".
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