
En la senda marcada por el comisario Pirker
Por Rubén Santos Para LA NACION
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Con mucha satisfacción leí las noticias y comentarios de las nuevas designaciones en la jefatura de la Policía Federal Argentina. Trataré de transmitir algunos comentarios de lo que ello significa, no sólo para la policía en sí, sino también para los ciudadanos que aspiran a vivir normalmente.
Para resumir el calificativo que merecen las designaciones de los comisarios Héctor Prados y Daniel Caruso, diré que ambos son brillantes. Sólo temo que la interna mafiosa que permanentemente me castigó lo empiece a hacer con ellos y, en tal sentido, y a juzgar por un reportaje que intentaron hacerle al nuevo jefe de policía, ya comenzaron con la venenosa pregunta de "si es o se considera un policía de escritorio", tema que esgrimen los opositores que yo padecí y que están representados en la figura del comisario Roberto Giacomino.
La pregunta es quiénes son los policías de escritorio, dado que todos ingresamos en el mismo instituto formativo, realizamos los mismos cursos de capacitación (me refiero a los obligatorios), nos sometimos a las mismas juntas de calificaciones bajo las mismas normas reglamentarias y, al sortear satisfactoriamente todas las pruebas necesarias, se accede a la máxima jerarquía institucional, reservada para muy pocos. En ese momento de la carrera, tal calificativo cobra vigencia si el propuesto para ejercer la conducción de la institución no responde a determinado "grupo".
Es decir, reciben ese mote los que no tienen "compromisos" y se convierten en peligrosos y, más aún, cuando no son manejables.
Comienza entonces la tarea descalificadora que, curiosamente, se da especialmente en la Policía Federal, porque no saben qué imputarles y, por lo tanto, se recurre a este método.
El jefe que estuvo más años, Jorge Passero (cinco), pasó la mayor parte en la superintendencia de personal. Pablo Baltazar García, mi antecesor, se desempeñó durante años en el área de Administración y entre subjefe y jefe de la fuerza pasó seis años, pero nunca lo mencionaron como un policía de escritorio.
Eduardo Héctor Prados es un funcionario "sin compromisos" y por ende prematuramente calificado "de escritorio", lo mismo que Daniel Higinio Caruso, al cual seguramente lo eligió el jefe, ya que ambos responden a un mismo estilo y siguen la línea de nuestra figura guía, que es nada menos que el comisario Juan Angel Pirker. Y que a catorce años de su muerte, ocurrida el 12 de febrero de 1989, su estilo inconfundible aún permanece inalterable en el pensamiento de los flamantes jefes policiales, a pesar de la indiferencia de "los otros" durante tantos años.
Mi satisfacción tiene también explicación porque entre la gestión de Pirker y la mía pasaron casi once años y, tal vez sorprendidos en ese momento por la designación de un hombre de esa línea, tuve que soportar los embates conocidos y otros que sólo yo se cómo los experimenté. Tanto es así que mi única diferencia con Pirker es que mi corazón ha sido más fuerte.
No tengo dudas, a juzgar por los últimos acontecimientos, de que luego de hacerme cargo se generó un clic en la Policía Federal Argentina. Se instaló en la fuerza la idea de que no existe una sola línea de pensamiento y que el espíritu de cuerpo no está para callar irregularidades, sino para compartir el dolor de nuestros muertos en acción, o para cumplir la responsabilidad asumida cuando ingresamos.
Esta nueva designación en la jefatura acotó la amplia brecha anterior a menos de dos años, tiempo que duró la exclamación de algunos secuaces de Giacomino, cuando en el acto de asunción dijo: "Volvimos".
No todo está perdido y somos nosotros, los ciudadanos que aspiramos a una mayor seguridad para nuestras familias, los que debemos tratar de no dejarlos solos.
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