
En Misiones luchan contra la tala ilegal
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BERNARDO DE IRIGOYEN.- Las aspas del helicóptero Hughes 500 de la Gendarmería Nacional mueven las ramas de los anchicos colorados en uno de los pocos puntos con claros del monte virgen misionero. Tres hombres del Grupo Especial de Operaciones de Monte bajan, pertrechados, en el paraje La Escondida, sobre la margen derecha del río Pepirí Guazú, límite con el Brasil hasta su confluencia con el río Uruguay.
En la otra orilla, a sólo 50 metros, unos chiquilines saludan la llegada del gran pájaro metálico sin saber que lo que se está gestando es uno de los operativos preventivos contra la tala ilegal de madera, uno de los ingentes problemas de la zona, que tiene como protagonistas principales a los colonos brasileños establecidos en la región fronteriza oriental.
Hoy se cumplen cinco años de la creación por ley de la Reserva de Biosfera Yabotí. Con sus 253.773 hectáreas de monte autóctono, es la mayor área natural protegida de Misiones. También, la más castigada por los depredadores del ecosistema.
El problema de la deforestación ilegal e indiscriminada y de la caza desenfrenada de fauna silvestre se ha convertido en una cuestión de Estado.
Sólo la acción conjunta de las autoridades políticas provinciales y nacionales, y la colaboración operativa entre la Gendarmería y las policías de los Estados del sur brasileño encarada desde el año último ha conseguido, con lentitud, revertir el sombrío panorama que hizo que, desde 1900 hasta la fecha, se haya perdido irremediablemente casi el 70 por ciento del monte misionero original.
Necesidad de protección
En 1934, la provincia tuvo su primera zona natural protegida: las 54.380 hectáreas del Parque Nacional Iguazú, a las que en 1971 se sumaron otras 12.620 hectáreas de la reserva.
La magnitud del problema de la preservación del ecosistema misionero provocó que, desde 1990, se crearan 31 parques y reservas provinciales. A la fecha, las zonas protegidas en Misiones suman 47, con una superficie total de 451.128 hectáreas.
El desmonte del bosque virgen que hasta principios de siglo caracterizaba a la región se desarrolló desde el río Paraná hacia el Este. Esta idea de colonización pone de relieve la importancia de la Reserva de Biosfera Yabotí, último refugio de la flora autóctona oriental, junto con el Parque Provincial Urugua-í.
Para comenzar a comprender el problema del desmonte, desde esta localidad hasta el final de los saltos del Moconá, donde el Pepirí Guazú confluye con el río Uruguay, una vista aérea de la región es concluyente.
Desde su inicio, el Pepirí Guazú se caracteriza por su derrotero sinuoso, como el reptar de una de las víboras venenosas naturales de la región. Desde el aire, la topogeografía de la zona es reveladora: el monte virgen del lado argentino contrasta con las tierras deforestadas y los campos sembrados del lado brasileño, separados por un curso de agua que en algunos tramos no supera los diez metros.
Esta característica geográfica prefigura la raíz del problema. La dificultad para controlar palmo a palmo el estado del monte misionero desde el lado argentino tiene como contrapartida la facilidad de acceso -cruzando el río con pequeñas canoas o incluso a pie- que tienen los brasileños que viven en la otra orilla. Por eso, para el comandante principal Miguel Angel Batet, jefe del Escuadrón 12 Bernardo de Irigoyen de la Gendarmería, los principales predadores del monte misionero no son los grandes aserraderos ni los propietarios de las tierras, sino los colonos, en su mayoría brasileños.
Según el jefe gendarme, el problema de la tala ilegal disminuyó a partir de la instrumentación de operativos conjuntos con efectivos de la policía civil de São Miguel Do Oeste -ciudad brasileña vecina a la misionera San Pedro- y de la policía militar del Estado de Santa Catarina, de Brasil.
"Con los operativos preventivos conjuntos redujimos el problema del apeo (el desmonte) a niveles mínimos", dijo Batet a La Nación . El comandante aclaró que los métodos de tala observados en la zona son, por lo general, artesanales y en pequeña escala.
Operativos reveladores
Internados durante días en el monte, y con el apoyo logístico de las fuerzas de seguridad brasileñas y del Ministerio de Ecología provincial, las patrullas anfibias de la Sección de Operaciones Especiales de Monte de la Gendarmería, reconocida por ley como Policía Forestal nacional, comenzaron a dar frutos.
En La Escondida, los gendarmes a cargo del primer alférez Heraldo Cantero descubrieron 45 troncos talados en forma ilegal, frente a la chacra del brasileño Celso Roth. Uno de los empleados de Roth, Vendelino Kraimer, había denunciado en noviembre último el hurto de madera a las autoridades de la policía civil de Tunápolis, en Brasil, transportadas en treinta viajes de tractor a un aserradero de la zona. Otro tanto ocurrió en Linha Coqueiro y en Santo Antonio, a pocos kilómetros de La Escondida.
Un informe elaborado por el soldado de la policía militar de Santa Catarina Nereu Muller reveló que en ese aserradero había "una partida de cedro, especie que no se encuentra en el Brasil", de lo que dedujo que, en algún momento, un ciudadano brasileño pasó a territorio argentino para cortar la madera o la adquirió a un tercero. Informes de inteligencia brasileños revelaron que en esa zona operaría Alfonso Walker, que ya fue detenido en nuestro país por robo de madera.
La lucha contra el apeo ilegal está planteada. Las autoridades misioneras y los gendarmes encontraron ahora el apoyo de sus pares brasileños. Sólo resta esperar que su acción alcance para preservar el monte virgen.
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