En Olmos, el hacinamiento es la regla
En el penal con mayores problemas de albergue, 1800 reclusos estudian o trabajan; el resto no hace nada
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LA PLATA.- Los guardias y jefes de la cárcel de Olmos avanzan por un túnel lóbrego y húmedo. Sus pasos retumban y se mezclan con voces lejanas que encuentran allí un eco breve. Entran en la oficina de control. Sobre una pared, un cuadro sinóptico dice que hay seis plantas, cada una con 12 pabellones que se abren, de a dos, como los rayos de un eje central circular.
"Hoy hay 3369 internos. Mil son trabajadores y 800, estudiantes. El resto no hace nada", precisa Carlos Giúdice, segundo jefe de la unidad.
Y sale de la oficina, acompañado por sus pares y por LA NACION. Se abre una puerta metálica y se presenta el jefe de Vigilancia y Tratamiento, Marcelo Iñigo. La comitiva camina hacia el centro del edificio. Otra puerta y una escalera. Las voces suenan más cercanas.
Desde la escalera se accede, en cada piso, a "la redonda", el centro en el que convergen los radios de la estructura del penal. Hay doce puertas y otras tantas ventanas, muy pequeñas. En el primer piso surgen de esas aberturas manos que sostienen espejos: los presos quieren saber quién anda por ahí.
"Vamos a entrar en un pabellón de trabajadores", dice Iñigo. Un guardia franquea el paso. Hay un comedor de seis por seis metros, cuatro celdas para seis personas en las que duermen doce o quince y, en el fondo, una cocina improvisada; a los presos no les alcanza con la comida que les da el servicio.
Corrosión, frío y remiendos
Las celdas, de barrotes cuya pintura verde agua no logra ocultar la corrosión, están abiertas, aunque tapadas por sábanas viejas; los presos pululan, saludan a guardias y a jefes.
Las paredes y los pisos de hormigón ofrecen un aspecto sucio y tosco, húmedo y frío. Las ventanas sin vidrios dejan sentir el invierno. Los propios internos los rompen para pasarse, de piso a piso, cigarrillos, drogas, cualquier cosa atada con un cordel. Pese a esta ventilación forzada, el olor a orín, a comida ácida y a desinfectante se percibe en el aire. Lo mismo pasa con el tedio.
En una celda, iluminada con el resplandor de una estufa de gas, hay cuatro presos sumidos en un silencio sórdido. Sólo uno de ellos habla: Diego, de 24 años y ojos vítreos, preso desde 1998 por robo calificado. Dice que no volverá a la cárcel. "Quiero aprender a bobinar motores. Empecé a robar a los 15; por las juntas , no por necesidad. Yo no vivía en una villa. Y acá estoy..."
Otra vez la escalera. Otra vez "la redonda". En el segundo piso no hay saludos. Alguien grita "¡vigilante!" con voz de trueno y desencadena una breve pero general hilaridad.
Hay aquí homicidas, pistoleros, reincidentes... Sujetos duros, siempre a punto de cerrar los puños -vacíos o con facas- ante la primera provocación: por ejemplo, un cigarrillo negado.
LA NACION intenta hablar con un recluso con los antebrazos llenos de tatuajes ya verdes y mirada de pez. No se acerca. Desde el otro lado de los barrotes dice: "Ya vengo"; pero se va.
En los pisos tercero y cuarto hay evangelistas. El cuarto es el más superpoblado: hay 700 presos, hasta 15 por celda.
"Aleluya, aleluya"
En el pabellón 11, una docena de hombres está arrodillada sobre frazadas, con la frente en el piso. Alguien grita: "¡Bendice a todo varón que entre en este lugar!... ¡Aleluya!", y cosas así.
Giúdice murmura: "Son refugiados. Cuando entran, se les pregunta a los presos si quieren ir al cuarto piso. Y muchos se convierten al culto evangélico".
En la cocina, cinco presos toman mate. Juan, de 27 años, llegó a Olmos hace dos años y tres meses. Lo condenaron a cinco: asaltó un supermercado e hirió en el tórax al dueño con una pistola 44. Tiene sida; fue por compartir jeringas para meterse cocaína en las venas. "Voy a salir, Dios existe", sostiene.
Luis tiene 52 años, una esposa y cuatro hijas. Está preso desde hace un mes, por robo. El cielo se ha despejado y Luis está sentado en un banco, de espaldas a la ventana, sobre un charco rectangular de sol. "No soy chorro, soy chapista. Es la desesperación, vio...", comenta.
Giúdice dirá luego que hay mucha gente que debería estar afuera, gente que ahora está encerrada por robar zapatillas o una bicicleta: "Los jueces no quieren excarcelar para no pagar el costo político en caso de a que alguno vuelva a delinquir".
"No entregarse nunca"
Quinto piso. Pabellón de universitarios. Parece otra cárcel, tal vez menos sórdida.
Gabriel invita a LA NACION a sentarse a una mesa. Estudia Derecho y no la pasa tan mal donde está. Cayó hace casi seis años, salió un tiempo y volvió a entrar. Desarrolló una paciencia férrea.
Pero no siempre fue así: "¿Fuiste al segundo? -tuerce la boca-. Yo estuve ahí. Perdí, un facazo en el hombro. Después me sacaron. Para sobrevivir, acá hay que hacerse respetar. No hay que entregarse. Nunca".
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