“Estamos hablando menos”: la advertencia del creador de las pruebas PISA sobre la IA, las pantallas y la lectura
Andreas Schleicher, responsable del principal examen educativo internacional, sostuvo en una columna publicada en The Economist que los sistemas educativos están retrocediendo justamente en las habilidades más importantes para la era de la inteligencia artificial
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Las discusiones sobre Inteligencia Artificial (IA) suelen centrarse en el futuro del trabajo, la automatización o los riesgos tecnológicos. Pero para Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la OCDE y creador de las pruebas PISA, la pregunta más urgente es otra: qué está ocurriendo con la capacidad de los jóvenes para leer, comprender información compleja y pensar críticamente. Según planteó en una columna publicada en The Economist, los sistemas educativos de numerosos países están mostrando señales preocupantes justamente en esas áreas.
Schleicher parte de un dato que considera especialmente inquietante. Los resultados más recientes de PISA muestran una caída sostenida en comprensión lectora en gran parte del mundo. Entre 2018 y 2025, el rendimiento en lectura descendió en tres cuartas partes de los países evaluados y, en promedio, los resultados de los países de la OCDE retrocedieron el equivalente a más de un año de aprendizaje. Según explicó en la nota publicada por The Economist, gran parte de ese deterioro ocurrió entre 2022 y 2025.
El fenómeno, afirma, no puede explicarse únicamente por diferencias económicas. De hecho, recordó que la riqueza nacional explica apenas una parte de las variaciones observadas entre los distintos sistemas educativos. Existen países que gastan enormes sumas por alumno y obtienen resultados modestos, mientras que otros alcanzan desempeños superiores con inversiones menores.
Lo que más preocupa al especialista es la pérdida de determinadas habilidades cognitivas. En la columna sostiene que los estudiantes tienen cada vez más dificultades para evaluar información, relacionar datos provenientes de diferentes fuentes y analizar críticamente lo que leen. También advirtió que se duplicó la frecuencia con la que los alumnos se apresuran a responder textos complejos y terminan ofreciendo respuestas rápidas pero incorrectas.
Aunque la pandemia suele aparecer como explicación inmediata, Schleicher recordó que el deterioro ya era visible antes de la irrupción del Covid-19. Según explicó, la disminución de la lectura por placer y el desplazamiento progresivo hacia formas de lectura digital basadas en desplazarse rápidamente por redes sociales y flujos permanentes de información podrían estar afectando la capacidad de concentración necesaria para abordar textos extensos y complejos.
Las pantallas ocupan un lugar central en su diagnóstico. El especialista señaló que los datos de PISA muestran que un uso limitado o moderado de dispositivos digitales con fines educativos puede asociarse a mejores resultados. Sin embargo, cuando esos dispositivos se utilizan para actividades recreativas durante el horario escolar, el rendimiento cae de manera significativa. A partir de esa evidencia, planteó dudas sobre la compatibilidad entre tecnologías diseñadas para maximizar la atención inmediata y las exigencias de una atención sostenida en contextos de aprendizaje.

En ese punto aparece la IA. A primera vista, explicó Schleicher, la evidencia disponible tampoco resulta especialmente tranquilizadora. Los estudiantes que utilizan chatbots para tareas como resumir textos suelen obtener peores resultados que quienes no los usan y además muestran niveles más bajos de motivación intrínseca para aprender. Aunque reconoció que los patrones son complejos y dependen de la forma concreta de uso, sostuvo que existe una idea central que no debería perderse de vista: aprender implica esfuerzo cognitivo.
Para explicarlo recurrió a una comparación sencilla. Según escribió, nadie mejora su condición física mirando deportes; mejora practicándolos. Con el aprendizaje sucede algo similar. La adquisición de conocimientos exige enfrentar dificultades intelectuales y resolver problemas, no simplemente recibir respuestas. Por eso considera que los sistemas educativos necesitan entornos exigentes y coherentes que fortalezcan las capacidades de los alumnos en lugar de reemplazarlas.
Eso no significa, aclara, que la IA deba ser rechazada. Al contrario. Schleicher destacó que algunos de los sistemas educativos de mejor desempeño, entre ellos los de China, Singapur, Corea del Sur y Estonia, están incorporando estas herramientas. Pero, según describió en la columna, lo hacen de una manera diferente: utilizan la IA para ayudar a formular preguntas, desarrollar razonamientos y mejorar procesos de aprendizaje, no simplemente para entregar respuestas terminadas.
El autor también cuestionó la velocidad con la que muchas tecnologías llegan a las aulas. En una de las comparaciones más contundentes del texto, sostuvo que ningún país permitiría que millones de niños recibieran una vacuna nueva sin pruebas rigurosas previas. Sin embargo, argumentó que frecuentemente se incorporan herramientas digitales e inteligencia artificial en los sistemas educativos sin evidencia suficiente sobre sus efectos reales, convirtiendo a los alumnos en una especie de “maniquíes de prueba”.
Frente a ese escenario, defendió la necesidad de establecer reglas claras. Las escuelas necesitan definir cuándo, dónde y de qué manera debe utilizarse la IA. Para los más chicos, advirtió, la tecnología no debería funcionar como una autoridad incuestionable. También pidió limitar diseños que promuevan manipulación emocional o reemplacen formas genuinas de interacción social.
Finalmente, subrayó que ninguna estrategia tecnológica funcionará sin docentes preparados. A su juicio, el principal desafío no consiste en decidir entre aceptar o rechazar la IA, sino en encontrar formas de utilizarla para potenciar el aprendizaje sin delegar en ella las capacidades intelectuales que la educación busca desarrollar.
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