
Euforia en un aguado debut argentino
Centenares de personas se reunieron ayer en bares y plazas para ver el partido; luego, fueron a festejar al Obelisco a pesar de la lluvia
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Tres pronósticos se cumplieron ayer: llovió en la ciudad de Buenos Aires desde la mañana, la selección argentina le ganó a la nigeriana 1 a 0 en su debut mundialista y el clásico festejo en el Obelisco porteño, con muñeco inflable gigante de Diego Maradona incluido, se hizo presente después de las 13, a pesar de que en ese horario la lluvia era copiosa.
El futbol copó la escena nacional. En todo el país, se vivió como una fiesta el primer encuentro mundialista.
Por ser sábado, la ciudad pareció despertar más temprano de lo habitual bajo una mañana gris, en la que la lluvia llegó una hora antes del partido de la Argentina.
Las bajas temperaturas no pudieron ocultar el albiceleste de la casaca nacional asomándose por debajo de suéteres, camperas y buzos que fueron indispensables durante todo el día. En tanto, gorros, pañuelos y bufandas lucieron brillantes en la opaca jornada, en la que hasta muchos perros salieron vestidos de celeste y blanco.
La pasión por el equipo argentino no fue sólo local. Centenares de extranjeros que se encontraban ayer en Buenos Aires no pudieron resistirse a la tentación de alentar al seleccionado (como se informa por separado).
Tanto la plaza San Martín, como el parque Centenario recibieron cientos de personas que vieron el partido en las pantallas gigantes instaladas allí por el gobierno local.
A la plaza San Martín llegaron personas de diversos puntos de la ciudad. En cambio, en el anfiteatro del parque Centenario la mayoría de los presentes eran vecinos de los barrios de Almagro, Villa Crespo y Caballito.
"Vivo a diez cuadras y venir acá es algo parecido a ir la cancha, pero más tranquilo, que me permite traer a los chicos y verlo mejor que en la televisión", dijo a La Nacion Oscar Leder, de 42 años, mientras corregía la bandera que su hijo Ezequiel, de 10 años, tenía colgada del cuello.
María Alejandra Moracci, de 45 años, asistió al lugar con su esposo, Gustavo Sabatini, y un vecino "del edificio de enfrente". Ante la consulta de La Nacion sobre la elección de un espacio público para ver el partido, dijo: "Es una manera de estar más cerca del Mundial. Uno puede sentir más el clima, el fervor".
Y fue precisamente eso lo vivido en el parque Centenario desde el comienzo del juego, sin importar la copiosa lluvia que obligó a abrir los paraguas. El gol de Gabriel Heinze –el único del partido– encontró a hombres, mujeres, chicos y jóvenes saltando en el lugar, alzando sus puños o abrazados entre sí.
El partido terminó a las 12.54 y tan sólo 15 minutos después, el Obelisco ya comenzaba a recibir simpatizantes. La lluvia, que con el correr de los minutos creció como el número de personas en ese lugar, no amedrentó a los seguidores de la selección.
La sorpresa que tuvieron fue la instalación de un muñeco inflable con la cara de Diego Maradona, ubicado junto al Obelisco. Su autor, Alejandro Mañanes, según rezaba en una esquina del curioso emprendimiento.
Santiago y Catamarca, juntos
En tanto, la jornada de ayer no fue una más para los pobladores de Lavalle, en Santiago del Estero. Es que por intermedio de "Unite por Argentina", de la empresa Puma, pudieron disfrutar juntos del triunfo de la selección nacional.
La imponente pantalla gigante, instalada en Lavalle, fue haciendo perder la timidez de los pobladores de ambas provincias, que comparten una historia no siempre de encuentros.
Ayer, contrariando cualquier inclinación al pesimismo estaban juntos Esteban, que vive en Lavalle, y Andrea, que es del caserío "del otro lado de las vías" (una extensión de Las Cañas, el primer pueblo de Catamarca). Cuando eran novios, los separaban cinco cuadras en dos provincias. "Lo más gracioso fue cuando había una hora de diferencia entre Santiago y Catamarca. Estaba bueno porque celebrábamos la Navidad y el Año Nuevo en cada casa", contó, entre risas, Esteban.
Uno de los momentos más emotivos de ayer fue cuando se escuchó el himno argentino. En ese momento, el griterío y las charlas cesaron. Fue la coincidencia previa a otro grito: el del gol.
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