Explosión de villas en Salta: una de cada tres personas es pobre
Lo reconoció el gobierno local, que admitió también su preocupación por la desnutrición infantil; lanacion.com habló con vecinos de un asentamiento a metros de la Casa de Gobierno; las políticas de las ONG frente a un Estado ausente. Por Verónica Dema
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SALTA.- El gobierno de Salta admitió que uno de cada tres salteños es pobre y reconoció, también, que preocupa la desnutrición infantil y que, en los últimos años, las villas dejaron de ser una rareza en la capital de la provincia.
Al dialogar con lanacion.com sobre la situación social de su provincia, se percibe en el secretario de Abordaje Territorial, Francisco Marinaro Rodó, una carga difícil de llevar. "En el gobierno van cambiando los funcionarios vinculados a áreas sensibles", dice. Sabe que reducir la pobreza estructural no es sencillo. "Por ahora, estamos detrás de la urgencia; pero no va a ser fácil recuperar el trabajo sin un tejido productivo", reconoce. Y cree que esa es, justamente, la gran falencia de Salta.
Como atajándose dispara una especie de broma o ironía: "Se hablaba de Salta La Linda en el slogan, pero ya existía la pobreza, sólo que en gobiernos anteriores se escondían los pobres". La acotación de este funcionario peronista resulta curiosa en una provincia gobernada por su partido, el justicialismo, desde 1983 (salvo en el período 1991-1995).
La villa Urtubey
Hay una imagen que es la evidencia más fiel de la visibilidad que adquirieron las villas (fruto de una gran masa de vecinos sin trabajo ni vivienda): se instaló un asentamiento a metros de la casa de gobierno provincial. La bautizaron con el nombre de Juan Manuel Urtubey, "el gobernador de todos nosotros", dicen.
El lugar, donde se acercó lanacion.com, es un terreno descampado en el que, cada tanto, se levantan estructuras de palos cubiertos de cartón o lonas, pretensiones de viviendas para quienes eso es un hogar comparado con la intemperie.
Yanet, vecina de la flamante villa Juan Manuel Urtubey, invita a recorrer el barrio. Sonríe siempre, aún cuando enumera que viven sin agua ni luz, que muchas veces eligen entre comer o vestirse. "El problema es la falta de trabajo", dice, mientras se encamina en busca de otros vecinos. "Por eso estamos acá, como en el patio de atrás del gobierno, para que vean nuestro rancherío y hagan algo", se sincera y señala hacia el edificio oficial rodeado de autos.
En Salta las ONG empiezan a ganar protagonismo al compás de la pobreza creciente. Según las cifras extraoficiales que se manejan en la provincia, cuyos datos se condicen con informes nacionales como los del Instituto Argentino para el Desarrollo de las Economías Regionales (Iader), la pobreza es superior al 40%, sobre todo en el interior.
La ONG Programa Social Comunitario trabaja desde 1993 para mitigar las carencias de los salteños pobres e indigentes: asiste diariamente a 2000 niños, ancianos y madres de familia con programas que van desde la asistencia alimentaria hasta la entrega de microcréditos para fomentar el trabajo familiar. Alejandra Roldán, coordinadora de la ONG, llega a una de las sedes donde trabaja: la villa Juanita, un asentamiento al sureste de la capital, a 30 cuadras de la plaza central. Desde lejos se ve el edificio amarillo de dos plantas erigiéndose como una especie de puntal en medio de viviendas bajas, precarias, descoloridas.

Roldán coincide con el diagnóstico del gobierno al hablar del crecimiento de la pobreza estructural y, también, al señalar las formas de menguar sus estragos. "¡Trabajo! Hay que generar trabajo", enfatiza, y se entusiasma al explicar los mecanismos para obtener microcréditos que le permiten a una familia sin ingresos comprarse una máquina de coser, o herramientas, o lo que necesite para un pequeño negocio, por nombrar algunos ejemplos. Orgullosa, conduce a lanacion.com a una de las salas destinadas a mujeres que optaron por trabajar en telar. Hay varios de estos artefactos con lanas de colores entremezclados, prendas a medio hacer: en percheros se exhiben, ya listos para la venta, bufandas, chalinas y ponchos.
Otra parte de las voluntarias de esta ONG, mujeres vecinas de la propia villa, están en la cocina terminando de lavar platos y ollas. Dan de comer a un centenar de niños, que acaban de partir hacia la escuela. Ellas aprovechan a charlar, intercambian una que otra broma. Cuentan que por nada del mundo dejan de acercarse a cocinar cada día. "Tengo asma y vengo enferma, con el aparatito en el bolsillo por si me falta aire. Pero venir, vengo", dice, con firmeza, María Elena, y así espanta lo que considera un prejuicio. "No es cierto eso de que a los pobres no nos gusta trabajar, que queremos que nos den. Esos son algunos, pero la mayoría somos gente de trabajo".
Su compañera de cocina, Victoria González, también está orgullosa de la tarea que le toca. "Nosotros vemos niños desnutridos, eso se ve mucho acá en el barrio. Estar cocinando para ellos, que exista este comedor, es una forma de salvarlos", concluye.
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