Falleció el doctor León de Soldati
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Hondo pesar causó entre académicos, profesionales y familiares la muerte del doctor León de Soldati, prestigioso médico argentino que desde 1970 era miembro de la Academia Nacional de Medicina.
Nacido en 1912 en Tucumán, había recorrido un exitoso camino en la medicina desde su graduación en la UBA, a la temprana edad de 23 años.
Publicó numerosos trabajos científicos en importantes publicaciones locales e internacionales sobre el corazón y la avitaminosis B1, el aparato circulatorio, el mal de Chagas, la electrocardiografía y otros temas. Editó, solo o en colaboración, una veintena de libros sobre materias médicas.
Tras ser jefe de clínica y docente libre, en 1949 fue designado profesor adjunto de la cátedra de Clínica Médica de la Facultad de Medicina de la UBA. Ese año también se convirtió por concurso en jefe del Servicio de Cardiología del hospital Alvear. De 1956 a 1973 dirigió el Curso Superior de Médicos Cardiólogos, y entre 1971 y 1974 fue profesor titular de Medicina.
El doctor De Soldati fue expositor destacado en decenas de congresos científicos locales y mundiales. Fue secretario y presidente de la Sociedad Argentina de Cardiología. En esta especialidad, también fue miembro correspondiente de la Sociedad Francesa de Cardiología. Entre 1975 y 1977 dirigió la sección cardiológica de las clínicas Grenolier y Valmont, en Suiza.
Integró las sociedades argentinas de Biología y de Angiología. Fue fellow de la Royal Society of Medicine, del Reino Unido, y miembro extranjero de la Sociedad de Investigaciones Balistocardiográficas de Princeton, EE.UU., así como de otras entidades científicas.
Su nombre y su labor ocuparon muchas veces las páginas culturales de la prensa, sobre todo cuando concurría a disertar a prestigiosos congresos médicos internacionales, o bien cuando emprendía un viaje de perfeccionamiento profesional, para los cuales mostró siempre gran disposición.
En 1983 recibió el premio Maestro de la Medicina Argentina, y la Universidad de Tucumán lo nombró doctor honoris causa en 1990. Obtuvo valiosas distinciones por sus publicaciones, que significaron un aporte invalorable al progreso de la ciencia.
Sus restos fueron inhumados en el cementerio Jardín de Paz.



