
Felipe Solá lucha para no desaparecer
Es un pueblo bonaerense llamado igual que el vicegobernador, quien hace 12 años les prometió una ayuda que nunca llegó
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FELIPE SOLA.- Hace tiempo que el uso y las costumbres decidieron suprimir el acento que corona la "a" final del apellido.
Los lugareños se refieren al sitio como Sola, a secas y no Solá, como debiera ser.
En la sencilla operación ortográfica, tal vez, se esconda la subliminal queja de una mansa población que libra, en absoluta soledad, una particular y desigual batalla. Quieren evitar que se muera un pueblo; ese que lleva el nombre del actual vicegobernador.
Hace casi cien años que la esposa y las hijas del difunto doctor Felipe Sola -tío bisabuelo del actual presidente del Senado bonaerense- decidieron ceder parte de sus tierras -comprendidas entre los lotes 56 y 45 del partido de Puán- para perpetuar allí el nombre del médico.
Corría 1908 y unas pocas polvorientas y ventosas calles comenzaron a tomar forma alrededor de una estación ferroviaria que, en 1905, se había adelantado para poner el lugar al alcance del progreso. En ese mismo año se habilitó la primera escuela.
Aún hoy se pueden encontrar en Solá antiquísimas casas de adobe, reflejo de la construcción de aquellos años. Techos bajos, ventanas chicas, paredes levantadas con irregulares cubos de barro y paja cocinados al sol. Pisos de tierra y apenas un par de ambientes donde cada familia veía pasar la vida. Veía crecer el pueblo.
Hoy, esas mismas moradas son testigos del proceso inverso; la lenta agonía de este fin de siglo donde el porvenir apunta hacia el extremo opuesto de esos oxidados rieles, por los que, además, hace nueve años no corre un solo tren de pasajeros.
Son 33 manzanas las que comprende el pueblo que lleva el nombre del vicegobernador. Son apenas 580 almas las que aún resisten, con fortuna esquiva, un futuro incierto.
"Hace diez años que no hay una buena cosecha. Diez años, entendió bien", dice Julio Rodolfo Marcialetti, uno de los sufridos productores.
"Hubo sequías, inundaciones, heladas, granizo, lluvias interminables; todo lo que se pueda imaginar", dice mientras se acomoda la montura de sus lentes.
La mala racha dejó un tendal de deudas y quebrantos. "En la Cooperativa Agraria -llegó a tener 500 socios- había casi 50 empleados; hoy solo quedan cuatro", afirma Toribio López, jubilado con "tres medallas de oro" en la otrora poderosa unión de productores.
Casi el 50 % de la población actual supera con holgura los 65 años. "Tenemos 240 jubilados a los que todos los meses tenemos que llevar a Darragueira -a 60 km - para que puedan cobrar sus sueldos.
"Aquí no hay banco; el que había lo cerraron. Pedimos que manden uno móvil, al menos una vez al mes, pero dicen que como el camino es de tierra, no puede venir". El relato es de Alfredo Greer, el delegado municipal.
Hoy es dificil conseguir alumnos para las seis escuelas rurales del distrito. Ya casi no queda gente en el campo.
El pavimento se corta a 15 km de este pueblo, en el límite con 17 de Agosto, camino a Puán, cabecera del distrito.
Solá supo de tiempos mejores, pero todo tardó mucho en llegar. Sólo en 1961 las noches se iluminaron con lamparas eléctricas; antes era el reino de las velas y los faroles.
"Y eso, porque hicimos una cooperativa y compramos un generador eléctrico", relata la docente jubilada Elda Scalfi.
Todos recuerdan con cariño los años idos hace ya más de medio siglo. Entre 1930 y 1940 los "golondrinas" llegaban para levantar la cosecha; los "bolseros" dormían en los galpones del ferrocarril antes de cargar en los vagones las toneladas de trigo que regalaba la tierra, prolijamente envueltos en miles de sacos de arpillera.
Dos cines supo haber en Solá. Había dos clubes de fútbol -9 de Julio y Juventud Agraria- encargados de partir al medio las pasiones domingueras. También se levantaron un hotel y tres almacenes de ramos generales.
"Aquí vivían mil cien personas; sin contar la peonada de los campos y las estancias", recuerda Greer, heredero de don Nomi, el dueño de uno de los dos primeros autos que supo haber en estos pagos.
Aquel pasado, plagado de sueños y esperanzas, quedó diluído en un mar de crisis y lamentos. "Nadie se acuerda de nosotros. Ni el propio vicegobernador, que en 1988 nos prometió el pavimento y una ambulancia", se cuenta en salón del Club 9 de Julio, refugio de hombres a la hora de "pintar" las cartas palpitando un "falta envido y truco".
No llegaron ni una cosa ni la otra.
Felipe Solá recuerda el caluroso 20 de enero de 1988, cuando junto a su padre, también Felipe, fue invitado a celebrar los 80 años de "su" pueblo.
"Aún conservo la foto frente al cartel de la estación, junto a mi padre y a mi hijo", cuenta quien por aquel entonces era ministro del gobernador Cafiero.
Hay un album de fotos en Solá que registró paso a paso aquella fiesta. El ministro hablando frente al pueblo; el político coronando a una reina de belleza. Muchas veces anduvo por la zona, pero nunca más regresó al pueblo.
Doce años después la gente aún macera los reclamos ante lo que sienten "fueron promesas incumplidas".
"¿Usted estuvo allí?", le preguntó Solá a un cronista de La Nación . "Publique que me comprometo a salvar el error de la ambulancia".





