
Gamboa, para ir de rodillas
Como una garota bahiana: se ofrece en bruto, con el tamaño de los frutos, el frenetismo de la música, la preñez de las mujeres y la belleza de sus playas.
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SALVADOR.- Dicen que cuando Dios creó el mundo empezó por Brasil. Lo dicen los brasileños, claro, pero parecen tener razón. El Estado de Bahía tiene un tipo de belleza extraña de encontrar: belleza en bruto. Allí todo es extremo: la pobreza, el tamaño de los frutos, el frenetismo de la música, la preñez de las mujeres, la hermosura de las playas y del mato, la juventud y la vejez. A tres o cuatro horas de Salvador -la capital de Bahía, que reúne todo lo que sobre esta tierra puede llamarse brasileño- hay un sitio que reúne todo lo que sobre esta tierra puede llamarse paraíso: la isla de Tinharé, un morro en medio del mar que fue dominado por los indios tupiniquins y se transformó sucesivamente en sitio de tráfico pirata, playa de descanso para los cortesanos y destino hippie, hasta llegar a estos años sin demasiadas etiquetas más que las de su belleza.
En la isla los poblados son muchos, pero se destacan dos. El más grande, el primero que se avista desde el barco, es el poblado de Morro de San Pablo, primera villa que fundaron los portugueses en 1535. En las costas del morro, las playas se alinean de la Primera a la Quinta, plagadas de barracas y restaurantes típicos.
El otro poblado es Gamboa, al otro lado de la isla y el segundo en importancia. Lo bueno de Gamboa es que no es turístico. Allí vive la mayoría de la población nativa de la isla, alejada del morro, con un día y una noche mucho más agitados. Y lo mejor de Gamboa son los atardeceres. Situado en la dirección en la que el sol se pone, el pueblo tiene en sus playas, más mansas que las del morro, muchas más horas de sol. Cuando el atardecer llega, los chicos dejan de jugar al fútbol, los hombres de pescar, y todos se sientan en los bares de la playa a tomar cerveza o agua de coco helada hasta ver cómo el sol se hunde en el horizonte. Se puede llegar a Gamboa desde el morro caminando por la playa -no son más de 20 minutos- siempre y cuando la marea esté baja. De todos modos, hay un servicio de barcos que une Gamboa con el morro cada media hora, y en Gamboa también hay posadas (más económicas y modestas que las del morro) donde se puede pasar la noche. No es conveniente volver con marea alta caminando por la playa.
Turista al barro
Si se opta por llegar caminando por la arena hay que tener en cuenta que los nativos pasan casi corriendo por una zona de acantilados arcillosos en los que los turistas se dan baños de barro para suavizar la piel. Los baños no son peligrosos y los acantilados, bellísimos, con arcillas de distintos colores. El problema son los derrumbes diarios. Durante este paseo playero se puede hacer una parada en uno de los sitios más elegantes de la isla: el Yate Clube, donde Zenilda, una camarera morena y sinuosa de 20 años, dispara su mirada oscura sobre el muelle cada vez que Luis, su hijo de tres, se zambulle en esas aguas que conoce desde que nació y a las que ha perdido todo temor. Zenilda tiembla con disimulo y sirve los mejores tragos de la isla, mientras un chef que se dice italiano prepara langosta en una cocina fellinesca.
"No hay mucho para hacer en la isla. Pero tengo todo lo que necesito: un hijo, frutas, una casa en el mar.".
El viejo sueño de necesitar pocas cosas. De irse por el mundo con un jeans gastado y una remera vieja. Pues bien: Zenilda ha nacido en el centro mismo del sueño.
Un fuego redondo y amarillo asoma en el horizonte y se remonta sobre el agua, gigantesco, amenazador y magnífico. Durante la luna llena, las mareas bajas son muy bajas y las altas muy altas. El mar se retira casi 200 metros y los barcos quedan varados durante horas. En luna llena, dice Zenilda, hay que sumergirse en el mar. La luna atrae, entonces, toda la felicidad. Y espanta todas las penas.
La noche en esta parte de la isla es tranquila. En Gamboa los restaurantes cierran temprano y no hay sitios donde encontrar diversión, salvo un barcito rastafari que está sobre la playa, pero que suele cerrar temprano. Los viajeros que visitan la isla de Tinharé pasan los días en Gamboa y las noches en el morro. Allí, cada noche se organiza una fiesta al aire libre, en la Segunda o la Tercera Playa, que consiste en un bar bajo el cielo, música bahiana y cientos de personas bailando sobre la arena. Junto al mar, una decena de puestos adornados con frutas de todos colores ofrece panchos, pastel de queso o camarón, jugos cerveza y cocos.
Cuando todo termina, cuando las mujeres recuperan sus pareos y los hombres sus zapatos, y los cuerpos cesan de moverse, lo mejor que puede suceder es que pase un tractor, el único medio de transporte en la isla. Viajar en uno de estos dinosaurios por el mato brillante de luna, bajo el cielo ardiendo de estrellas, puede parecerse, peligrosamente, a la felicidad.
Precios de un Salvador
En Brasil, sobre todo en el Noroeste, la regla de oro es todo puede ser más barato y si uno se toma el tiempo de discutir el precio, se pueden conseguir rebajas importantes. El regateo es una forma de vida: desde la comida y el alojamiento hasta las artesanías, todo puede salir un 30 o 40 por ciento más barato. Ante la negativa del vendedor a seguir bajando el precio, la clave es fingir que uno ha perdido el interés. Entonces, todavía se conseguirá un real o dos de descuento. La comida típica de la isla y del poblado de Gamboa es la langosta. Puede conseguirse entera desde 14 reales y en platos que la incluyen, desde 10.
Otro manjar tradicional es el bobó de camarao: una salsa de harina muy cocida en la que se han mezclado una gran cantidad de camarones.
El acaraje -especie de empanada abierta por arriba, frita, en la que se colocan camarones, pimientos y verduras crudas- lo ofrecen en las calles las mujeres bahianas, señoronas vestidas de blanco con mucho broderie, turbantes y puntillas. Eso sí, cuando le pregunten si lo quiere quente o frio responda siempre frío... salvo que usted tolere bien las salsas más picantes que el diablo ha puesto sobre esta tierra.
Servidos en bandeja
- Comida: se puede cenar desde 5 reales, siempre que no opte por platos más baratos, como pizza o hamburguesas. Comida por kilo, desde 2 reales el kilo. Langosta Yate Club, 14 reales el plato.
- Artesanías: collares de coral rojo, desde 12 reales. Anillos de coral, desde 10 reales. Pareos (cangas), desde 5 reales.Redes (hamacas paraguayas), desde 20 reales.
- Cómo llegar: (precios por persona) Desde Salvador de Bahía: lancha (4 horas y media), 18 reales; ferry (2 horas y media), 25 reales; taxi aéreo, 70 reales.
Desde Valenca: lanchas regulares (una hora y media), 1,80 reales. Lanchas rápidas (desde 20 hasta 40 minutos), de 7 a 4 reales. Transporte de lancha entre Morro de Sao Paulo y Gamboa. Lancha, un real.




