Ganar

Alejandro Rozitchner
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18 de junio de 2010  • 02:29

¿Cómo se gana en fútbol?

Jugando bien, pudiendo más que el rival, sobrepasándolo, pero no centrándose en pelear contra él, si no sobre todo peleando contra uno mismo para poder ser más capaz, más rápido, más preciso, para poder llegar sin vueltas adonde se quiere llegar. Se gana entrenándose uno para aprender a domarse, para transformarse como parte y como equipo, en alguien con una capacidad superior.

Ganar bien implica tener el mejor rival posible y ser aun mejor que él. La mejor victoria no es sobre un cualquiera del cual cabe aprovecharse, metiendo la manito sin que se vea o haciéndolo beber aguas intoxicadas, sino aquella en la que se vence al campeón. Queremos que el equipo sea más que los otros grandes equipos, no que los otros se descuiden y fallen. Queremos que, siendo lo mejor que puedan ser, no puedan nada contra nuestra calidad indiscutible.

Para ganar no sirve aludir a un factor decisivo e inmanejable, decir que la culpa la tuvo el otro, enojarse con imaginarias parcialidades del árbitro o de la situación, convenciéndose de que uno no pudo porque alguien puso palos en la rueda, cuando no hay palo que pueda detener una rueda que funciona realmente bien.

No sirve para ganar pelearse con la prensa y con la FIFA, denunciar negocios o conveniencias, no sirve hablar mucho del otro y sus malas artes: sirve cultivar las capacidades propias para volverse lo más impecable posible, lo más perfecto que quepa.

¿Cómo se gana en política?

Conectando con la gente, ofreciendo servicio, viendo a la política como una vía de concreción de mejoras visibles, siendo la persona más efectiva para producir beneficios para el bien compartido, para el crecimiento de la comunidad, superándose a si mismo para poder hacer cada vez más, aprendiendo a trabajar, a comunicar, a explicar, volviéndose capaz de logro.

También en este caso es deseable la virtud de ser directo, de llegar sin vueltas, eludiendo la trampa de las complicaciones personales, propias o ajenas, dedicando esmero y atención a las tareas y los desafíos, sin caer en la facilidad de decir que uno iba bien pero el otro arruinó la cosa.

No sirve hablar mucho del rival, acusarlo, denunciarlo, quejarse de él, hacerlo responsable de la incapacidad propia, potenciar su presencia totalizadora para esconder que uno no pudo, no supo o no quiso, lograr una construcción de poder y capacidad con alcance suficiente para que la propia superioridad se haga evidente.

No sirve para ganar en política estar amargado, enviciado con la escena del enfrentamiento mediático, metido en estériles debates ideológicos, engancharse con simbolismos que se pretenden elevados pero no construyen ni representan en el fondo nada real.

No sirve para ganar en política estar mirando demasiado la historia, el pasado, pretendiendo que el presente es un mero reflejo de las importancias de otras épocas y al mismo tiempo siendo incapaz de enfocar en las importancias presentes, únicas determinantes. No sirve para ganar en política pensar en la trascendencia de los grandes conceptos y las grandes realidades, irse lejos y ponerse mega serio, sirve más ser concreto y puntual, aprender a mirar al mundo a la cara, trabajar el detalle, hacer que las cosas funcionen, tener la alegría del querer aplicado a las cosas concretas.

Para ganar en política es necesario ser buena persona, querer una ganancia compartida y alcanzable, ser capaz de eludir los escenarios grandilocuentes y de conectar con los problemas de todos los días, esos en los que la gente vive, esos en los que las aventuras personales se detienen sin que sea necesario.

Para ganar en política hay que estar tranquilo, querer al mundo, tener ganas de vivir y compartirlas, no obsesionarse con la política, ser más persona que político, querer algo más que estar a la cabeza de un gobierno.

¿Cómo se ganan las peleas en una pareja?

Aprendiendo a perder un poco, a entenderse, a pensarse a sí mismo en los puntos en los que más fácil nos resulta culpar al otro, aprendiendo a ver cómo fallamos ahí, muy cerca de donde vemos tan clara la falla ajena.

Las peleas en amor se ganan dejando de querer ganar para construir un bien común, limitando la expresión la agresividad y cultivando un nivel de comprensión que dirija esa fuerza que quiere descargarse agrediendo hacia destinos constructivos. Que construyan pareja, mundo en común, o que construyan felicidad personal, superación de la pareja en pos de nuevos horizontes.

La discusión o la pelea en una pareja se gana deshaciendo la pelea y armando un entramado común superador, aunque implique a veces no estar más juntos, y muchas otras veces pida algunos cambios tal vez costosos que hagan que la relación crezca y pueda cada vez más.

Las peleas en la pareja se ganan aceptando que aunque no nos guste, nos cueste o nos dé vergüenza, el otro tiene parte de razón, y tal vez esa razón es más crucial de lo que nos gusta reconocer. Las peleas en la pareja se ganan peleando menos y no peleando más, olvidándose un poco de lo que molesta, no para negarlo o eludirlo, sino para construirle alrededor una trama de felicidad y de alegría que permita trabajarlo, reducirlo, cambiarlo de sentido, elaborarlo.

En la pareja las peleas se ganan porque se olvidan y superan, porque los escenarios de conflicto son reemplazados por escenarios de logro y encuentro. No porque uno prevalezca sino por lo contrario, porque se arma una situación que permite superar ambas posiciones desencontradas en un ambiente vivible entre los dos.

En los tres casos no se trata de cualidades que se logren trabajando mucho, son cosas que se consiguen viviendo bien y haciéndose principal responsable del destino propio. Y en los tres casos, ganar tiene que ver no tanto con superar al otro sino con lograr una conexión especial con la realidad en la que queremos intervenir. Este ajuste de perspectivas genera muchas nuevas capacidades.

Paradójicamente, desviándose del deseo de ganarle al otro, uno gana mucho más. Y no por ser bueno, sino por situarse en lo verdaderamente relevante.

Ojalá ganemos el Mundial, pero bien. Ojalá pasemos a un estilo político más adulto y constructivo. Ojalá nuestros amores crezcan, maduren y sean más plenos. Pero no es algo que sucede solo, somos nosotros los que tenemos que hacer algo.

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