
Guillermo Luque prefiere callar
Tras las rejas: no concede entrevistas, recibe menos visitas, trabaja en la biblioteca y toma pastillas para adelgazar, aunque sin resultados.
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SAN FERNANDO DEL VALLE DE CATAMARCA (De un enviado especial).- Guillermo Luque está sumergido en un pozo del que no puede salir. Desde la cárcel donde purga sus condena de 21 años por la violación y el asesinato de María Soledad, reclama a su abogado Víctor Pinto que lo visite más seguido. Si el letrado falta durante tres días, ya lo está llamando por teléfono.
Aun privado de su libertad, Luque mantiene su soberbia, como si fuera el dueño de la cárcel. Hace cuatro semanas hizo una huelga de hambre de apenas pocas horas, porque los guardias demoraron en avisarle que su esposa lo estaba llamando por teléfono desde Buenos Aires.
"No era nuestra obligación", se defendió el director interino de la cárcel, Oscar Soria.
Las visitas multitudinarias que recibía -llegaban a las 90 personas, los fines de semana- se redujeron a 15 o 20 amigos. Por supuesto, su padre, el ex diputado Angel Luque; su esposa, Alejandra, y su hijo son infaltables. No quiere recibir a periodistas y, por medio de mensajeros, rechazó todos los pedidos de entrevistas.
Su lugar de detención no es una celda común. Se trata de una pieza con una puerta placa que se cierra con llave durante la noche.
Luque se levanta a las 7.30 para el desayuno, hace algunos trabajos manuales o permanece en la biblioteca, donde ordena los libros. Luego almuerza en su pieza el plato del día, que se cocina en el penal. Hace tiempo que el comedor general no se usa, porque una miga de pan lanzada al aire alcanzaba para iniciar una gresca.
Por la tarde se queda en su celda y no participa de los partidos de fútbol que los martes, jueves o algunos fines de semana se arman en la cancha de tierra del penal. A las 22 debe volver a su pieza, y la puerta queda cerrada con llave.
En estos días no se pierde un solo partido del Mundial, que él ve en su televisor personal, mientras los otros presos los disfrutan a través de la media docena de receptores que compró hace una semana el penal. Cuando los técnicos de la televisión por cable todavía trabajan para conectarlos, ya desapareció uno de los aparatos de control remoto.
Un médico personal recetó a Luque pastillas para adelgazar, que le son suministradas en la enfermería del penal, pero eso también fue fuente de conflicto.
El enfermero que le daba las píldoras era Omar Díaz, el mismo que, según la defensa de Luis Tula, le entregó al amante de María Soledad una pastilla para envenenarlo cuando estuvo preso en 1990. De acuerdo con el relato de Tula, Angel Luque se entrevistó con Juan Carlos Añauque, el director del instituto penitenciario en ese momento, y luego ordenó a Díaz darle la pastilla a Tula.
El caso fue investigado y tanto Angel Luque como el director del penal fueron sobreseídos por el juez de instrucción Marcelo Soria.
Guillermo Luque, ante la perspectiva de enfrentar una situación similar con el encargado de darle las pastillas, pidió al director de la cárcel que alejara a Díaz de ese puesto.
Soria accedió y ahora el enfermero trabaja en una granja en las afueras de la ciudad, donde purga sentencia media docena de presos con buena conducta.
No obstante, la dieta no le dio resultado, pues mantiene el mismo peso -superior a los cien kilos- que cuando comenzó a cumplir su sentencia, hace casi cuatro meses.
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