
Inauguran una réplica del Faro del Fin del Mundo en Usuahia
Famoso por la novela de Verne, el original se hallaba en la Isla de los Estados
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USHUAIA.- Aunque dejó de funcionar hace casi un siglo, la sola mención del Faro del Fin del Mundo, cuya réplica acaba de inaugurarse en esta ciudad, sigue encendiendo fulgores de aventura y fantasía.
La fama se la dio Julio Verne, con su novela inspirada en el faro que en 1884 levantó el alférez Augusto Laserre en la inhóspita Isla de los Estados, un lugar barrido por el viento y las lluvias, separado de Tierra del Fuego por un estrecho agitado y borrascoso.
Y tal celebridad fue ganando el faro, perdido en aquel paraje montañoso y hostil, que hace cuatro años impulsó hacia los mares del Sur a un tal André Bronner, navegante francés, que soñó reconstruirlo.
Sin apoyo ni recursos, la quimera de Bronner no se concretó. El regresó a La Rochelle, en el norte de Francia, donde es miembro de la extravagante Asociación Faro del Fin del Mundo, una institución que no pierde la esperanza de levantar otro faro, si no en la Isla de los Estados, quizás en Francia, como homenaje a Verne.
El romántico proyecto de Bronner evoca, ciertamente, a aquel de su compatriota Orliie Antoine I, autoproclamado "rey de la Patagonia", que a mediados del siglo XIX se las arregló para formar una pequeña coalición de tribus locales y deambular por la región antes de ser enviado a su casa por autoridades chilenas y argentinas.
Por amor propio
Si bien el plan del navegante Bronner, como el del rey patagónico, se disolvió en puro fracaso, hubo quienes sí lograron materializar el sueño de levantar el Faro del Fin del Mundo, por entonces hecho escombros: se trata de los mismos fueguinos, acaso heridos en su amor propio después de ceder la iniciativa a un puñado de extranjeros advenedizos.
Fue así como a mediados del año último el contralmirante Horacio Fisher reflotó la idea del faro y convocó a dos especialistas en piezas históricas: el director del Museo Marítimo de Ushuaia, Carlos Vairo, y su colega del Museo del Fin del Mundo, Oscar Zanola.
En una reunión decisiva, Vairo y Zanola forjaron la idea de salir al rescate del faro, traer sus despojos y levantar una réplica en Ushuaia, para que quedara a la vista de todos.
No estaba en el espíritu de ninguno de ellos rescatar el faro sólo porque lo hubiera mencionado Verne. A decir verdad, más que méritos literarios, el faro tiene por sí mismo un notable valor histórico.
El faro fue guía de infinitos barcos que, a partir de su emplazamiento, vieron facilitado su camino hacia el océano Pacífico. De todos modos, a menudo las embarcaciones zozobraban, víctimas de olas inmensas y de rocas traicioneras. Pero de inmediato salían al rescate los guardafaros y los marineros de la subprefectura naval, emplazada a pocos metros de distancia.
Por otra parte, según comentó Vairo a La Nación : "La isla era el Cabo Cañaveral de la época. Más allá estaba lo desconocido. Llegaban barcos de varios países, preparaban la salida y partían en expedición hacia la Antártida".
De acuerdo con Zanola: "Para todos los países europeos, que manejaban las vías navegables, fue un símbolo de civilización, era una luz en el fin del mundo".
La peregrinación del faro
En febrero último los restos del faro finalmente llegaron a Ushuaia, a bordo del rompehielos ARA Almirante Irizar, que volvía de la Antártida y que antes pasó por la Isla de los Estados.
Hubo que esperar varios meses, pero la réplica fue finalmente inaugurada en el Museo Marítimo, después de un minucioso estudio arqueológico de los escombros originales.
Lo que hoy se ve en Ushuaia, sin embargo, no es aquella torre de piedra, espigada e imponente, que nos muestra la imaginación cuando pensamos en un faro. De hecho, estéticamente mirada, la estructura que luce en el museo no es sino una casa de aire precario y austero.
Hasta hace algunas semanas no era mucho lo que se conocía del faro original. La poca información que se tenía provenía en su mayor parte de un manojo de fotos antiguas y de los detallados relatos de Roberto Payró, que viajó por estas tierras como periodista de La Nación .
También conocidos como "torreros", los seis hombres a cargo del funcionamiento del faro pasaban largos meses en la isla, dispuestos a vivir de espaldas al mundo, envueltos en la bruma y en la cruel desolación de la isla.
"Ahora, con las cosas que encontramos, estamos seguros de cómo vivían -dice Vairo-. Sabemos qué uniformes usaban, qué bebidas tomaban, qué platos comían y hasta qué publicaciones leían."
Los torreros ya no fueron necesarios cuando el Faro del Fin del Mundo dejó de brillar, en 1902. Por cierto, su verdadero nombre era San Juan de Salvamento, y fue reemplazado en un islote cercano por otra luz, más joven, acaso más vigorosa, pero sin duda menos audaz que él, testigo de mil hazañas.




