Ingleses, lolitas y banqueros en la vida de San Martín
Los hermanos Parish Robertson, que llegaron poco después de las Invasiones Inglesas de 1806… ¡Se quedaron aquí durante casi veinte años! Y no fueron los únicos. En realidad, desde comienzos del siglo XIX, hay una presencia comercial británica que se acentúa después de la Independencia, cuando una oleada de "gringos nuevos" aparece en Buenos Aires y muchas ciudades del interior, prosperando rápidamente.
William Parish Robertson nació en Edimburgo, en 1794, y moriría en Londres hacia 1850 después de una larga vida de aventuras. Dejó varios escritos que resultan valiosos testimonios para el estudio de la historia política y social de la naciente Argentina. Actuó como hacendado, hombre de negocios y, a veces, como diplomático. Era primo de Mr. Woodbine Parish, que fue embajador británico en Buenos Aires. Pero el iniciador de la movida fue su hermano John, que participó como militar en las Invasiones Inglesas, y tiempo después, se estableció como comerciante en la capital del Plata.
La Revolución de Mayo abrió nuevas perspectivas a los comerciantes británicos, de modo que William se trasladó a nuestra región, invitado por su hermano, en 1811.
Apoyó la formación de la Logia de Lautaro y entabló amistad con el coronel José de San Martín. Como testigo casual, presenció la Batalla de San Lorenzo. Algunos historiadores ponen en duda esta "casualidad" (en verdad, rarísima) y ven el hecho como prueba de que San Martín recibía órdenes del gobierno inglés, y que Parish controlaba la lealtad del coronel a sus superiores en la Logia Lautaro. Una pregunta al pasar: ¿Quién sería el "superior" de San Martín en esta Logia? ¿Quién actuaba como Venerable? ¿Alvear?
La Revolución de Mayo abrió nuevas perspectivas a los comerciantes británicos, de modo que William se trasladó a nuestra región, invitado por su hermano, en 1811
De cualquier modo, Parish declaró que se encontraba en San Lorenzo de paso para el Paraguay. Y una cosa era cierta: allí en Asunción, efectivamente, se estableció William, mientras su hermano John se instalaba como socio en Buenos Aires. El progresivo aislamiento impuesto al Paraguay por el dictador Gaspar Rodríguez de Francia lo obligaría, más tarde, a abandonar el país, sentando sus reales en Goya, Corrientes, donde se asoció con un curtidor, marino y posteriormente caudillo federal, don Pedro Campbell.
La fisonomía de Campbell es uno de los retratos más insólitos de los Parish Robertson en sus "Cartas de Sudamérica", ya que el irlandés se les aparece a estos atildados empresarios como un paisano muy bien montado, calzando botas de potro, con vincha, facón, aretes en las orejas al modo paisano, y con modales rústicos. Al verlo pelirrojo y con pecas, le hablan en inglés, y resulta que aquel "Peidro" era un gaucho rubio, que medio había olvidado la lengua de las islas. No se entendía muy bien, al principio, por qué aquel gringo estaba en las pampas y a caballo. Seguramente, por haber desertado de las tropas del General Beresford. Como muchos otros soldados, marineros y oficiales.
¿Quién sería el "superior" de San Martín en esta Logia? ¿Quién actuaba como Venerable? ¿Alvear?
En 1817, el hermano John volvió a Londres, de modo que William se estableció en Buenos Aires.
Los desórdenes de 1820 lo incitaron a regresar a Gran Bretaña. Pocos años más tarde, ambos hermanos regresaron a Sudamérica: John se instaló en Santiago de Chile -asociado al general Guillermo Miller, gran amigo de San Martín - y William en Buenos Aires. Fue uno de los protagonistas del cambio ocurrido en el comercio porteño durante la década de 1820, cuando los comerciantes británicos desplazaron completamente a los porteños, que transfirieron sus capitales a la ganadería.
William explica, en sus cartas, lo ventajoso de esta posición: los hacendados manejaban ganado, tierras, personal, y mantenían las relaciones con las autoridades locales. En cambio, los comerciantes dominaban toda la tenencia de dinero en efectivo. Incluyendo monedas de distintas naciones, algunas acuñadas en oro. Por lo tanto, los comerciantes se ubicaban en la cúspide del poder. En el caso de los Parish, contaban además con la colaboración de Peter Campbel: un paisano a la vez británico y gaucho como el que más, corajudo y honestísimo.
El hallazgo de Campbell, según relatan los hermanos, fue el golpe de suerte que necesitaban. Era capaz de contratar los mejores mayorales, comprar las carretas mejor construidas, elegir cueros de calidad y descartar los estropeados, imponerse a la paisanada y a otros comerciantes, comprar y vender, rindiendo hasta el último peso. Un hombre único.
William Paris Robertson formó parte del Banco de Descuentos y del directorio del Banco Nacional, y fue gestor del empréstito con la Banca Baring, uno de los mayores negociados de la época de Bernardino Rivadavia. Desde el Banco, los comerciantes británicos controlaron la economía de Buenos Aires. Se dice que presionaron para finiquitar la guerra del Brasil y conceder la independencia al Uruguay. En sus libros hablan pestes de Artigas, a quien describen como un salteador. William intentó instalar algunas colonias extranjeras en la provincia de Buenos Aires, especialmente la colonia escocesa de Monte Grande. Pero la guerra civil, iniciada en diciembre de 1829, desbarató la quimera, y también todos los demás negocios. Se había casado en Buenos Aires, de modo que continuó por varios años fogoneando las mejores relaciones con los estancieros y dirigentes federales porteños. En 1833, presenció el estallido de violencia suscitado a raíz de la Revolución de los Restauradores, que lo convenció de regresar a Londres junto con su hermano.
Nuestro territorio era tan pintoresco como la China, la India o Siberia, y los gauchos que sólo comían carne y bebían mate (en lugar del pan y el vino de los europeos) se consideraban un raza exótica con una pizca de filosofía
Desde el momento de la instalación de William en Asunción, los hermanos Parish Robertson comenzaron a intercambiar una nutrida correspondencia, en la que volcaron observaciones muy penetrantes sobre nuestro país, el comercio, la política y la sociedad. Estos papeles fueron luego reunidos bajo el título de "Cartas de Sud América", y publicados como valiosa fuente documental.
Nuestro territorio era tan pintoresco como la China, la India o Siberia, y los gauchos que sólo comían carne y bebían mate (en lugar del pan y el vino de los europeos) se consideraban un raza exótica con una pizca de filosofía. En sus últimos años, los Parish se dedicaron a negocios menores en su país natal; en el ínterin, se retocaron y publicaron sus "Letters on South America", en tres volúmenes. Fueron protagonistas auténticos que contaron muchas cosas y callaron otras, sobre San Martín, la Logia Lautaro, Artigas, los correntinos, los misioneros, los uruguayos. Les divirtió contar lo pintoresco y no tuvieron ganas de explicar lo misterioso de sus peligrosas andanzas.
Se llevaron a la tumba una cantidad de secretos, vinculados con Buenos Aires, Corrientes y el Paraguay: atravesaron los máximos peligros con una sonrisa flemática. Fueron ingleses guapos.
Campbell, el gaucho pecoso, quedó en Corrientes, e hizo historia en nuestro país. Como todo irlandés -y esto lo explica detalladamente Parish en sus libros- se adapta a la gente que lo rodea y echa raíces en la tierra que lo acoge. En cambio, el inglés lleva por todo el planeta su tetera, su botella de whisky, su levita y su elegante desdén por los nativos.
LORD COCHRANE, OTRO INGLÉS, Y VAN…
Tomás Alexander Cochrane, Décimo Conde de Dundonal y marqués de Maranhão, nació Annsfield, cerca de Hamilton, el 14 de diciembre de 1775 y murió en Londres, el 31 de octubre de 1860. Se lo conoce, más brevemente, como Lord Cochrane.
¿Quién fue este hombre, y qué tuvo que ver con San Martín?
Fue un político radical y marino británico de prodigiosa inventiva, que anticipó el valor táctico de las embarcaciones a vapor. Se lo considera uno de los capitanes ingleses más audaces de las guerras de la revolución francesa, lo que le valió el apodo francés de "le loup des mers", el lobo de los mares. Los españoles lo llamaron, simplemente: El Diablo.
Después de ser dado de baja de la marina británica, sirvió en las marinas de Chile, Brasil y Grecia.
Su vida y aventuras han servido de inspiración a varios autores. Para algunos historiadores, Cochrane es uno de los militares más valerosos que lucharon en las guerras de América. No utilizaba la coartada del patriotismo: quería cobrar por sus servicios.
En 1812, es decir al mismo tiempo que San Martín, Cochrane se casó, contra los deseos de su familia, con Catherine "Kitty" Celia Barnes, una dama de madre española. Como consecuencia, Cochrane perdió la herencia familiar. De ese matrimonio nació Thomas Barnes Cochrane, Undécimo Conde (Earl) de Dundonald. Kitty acompañó a Cochrane en sus numerosos viajes, después de abandonar Inglaterra.
Pronto, bajo las órdenes del Director Supremo de Chile, Bernardo O'Higgins, que también era de origen británico, Cochrane se unió a las fuerzas chileno-argentinas, comandando la Escuadra que tenía por misión eliminar el poder realista asentado en el Virreinato del Perú. Cochrane tomó su posición desde el buque insignia, transportando a la Expedición Libertadora del Perú, bajo el mando del general José de San Martín.
El plan general de San Martín consistía en sitiar el complejo militar de Lima y El Callao, a la espera de un alzamiento popular que forzara la rendición de las fuerzas monárquicas. San Martín consideraba que la plaza era demasiado fuerte para un ataque frontal: el virrey disponía de veinte mil soldados y las fortificaciones eran las más fuertes de Sudamérica, con cientos de cañones, ciudadelas, fortines y murallas con numerosos torreones.
Ante las dificultades del sitio militar establecido, Cochrane penetró el puerto con catorce botes a remo y abordó la fragata realista Esmeralda. Era el buque español más poderoso del Pacífico. Así se liquidó el dominio marítimo español en la región. En el abordaje de La Esmeralda, con una lucha cuerpo a cuerpo como la que hemos visto tantas veces en las películas de piratas, con Errol Flynn y Burt Lancaster, Cochrane fue herido dos veces, una de gravedad, con una bala de mosquete que penetró cerca de la espina. Esa herida le causó problemas durante su retiro.
Con posterioridad a la toma de Lima y la rendición de El Callao, hubo problemas entre José de San Martín y Cochrane. Dicen que Bernardo de Monteagudo quería "peruanizar" la escuadra chilena, mientras que Cochrane no aceptaba disciplinarse a "un intelecto militar inferior como el de San Martín" . Además, no le habían pagado los sueldos prometidos. En carta de O´Higgins a San Martín, reproducida por Bartolomé Mitre, el chileno le recomienda al hombre de Yapeyú "no romper del todo con Cochrane, pues es capaz de tomar cualquier otra insignia y hacernos la guerra desde donde sea". Ciertos conflictos de aquel entonces sólo se entienden razonando con lógica de mercenarios, de soldados profesionales, corsarios… o piratas. Según como se mire. De cualquier modo, al repasar la compleja trama de acontecimientos, surge la impresión de que un cierto capital aceitaba las ruedas de la historia.
Algunos ven en esta trama los poderosos intereses mercantiles británicos, otros la influencia de banqueros liberales (y riquísimos) como el sevillano-francés Alexandre Aguado.
San Martín envió a Cochrane de vuelta a Chile. Con la excusa de la falta de pago, Cochrane incautó los tesoros públicos, depositados por San Martín a bordo de una goleta anclada en el Puerto de Ancón. Ante el reclamo del Protector del Perú, Cochrane se colocó frente a El Callao en actitud amenazante. Cuando la hostilidad de los puertos fieles a San Martín y Bolívar, y la escasa navegación española en la zona. fueron arruinando el negocio del "lord filibustero" (como lo llamaba San Martín) éste amagó con retirarse del Callao. En este juego de sitios y reclamos, San Martín llamó en su auxilio al almirante corsario Hipólito Bouchard, que terminó ahuyentando al indomable Cochrane. Los historiadores narran esta historia de manera muy distinta. Lo cierto es que Cochrane dejó el Perú con rumbo al sur. Desde el teclado de una PC podemos describirlo como un audaz, un valiente, un deslenguado y un pirata, Lo que dijo, en su tiempo, acerca de San Martín, puede ser una verdad o una canallada.
Lord Cochrane llega a Valparaíso en junio de 1822, después de dos años de ausencia. Le brindaron una entusiasta bienvenida. Hubo medallas otorgadas en su honor, así como días feriados. Cochrane es considerado como uno de los fundadores de la Marina Nacional de Chile. Su contribución militar y su coraje físico fueron reconocidos en todo el mundo.
Pero todos los honores no lo conformaban, porque, en la vida material, Cochrane seguía sin recibir su pago, aún cuando el Estado de Chile le había cedido "a perpetuidad" la hacienda de "Río Claro", por la captura de Valdivia. Esta falta de seriedad indignó a Cochrane, que se sintió maltratado.
Finalmente, Thomas Cochrane acepta un empleo en el Imperio del Brasil, y se retira de Chile. Como consecuencia, el estado chileno recupera por la fuerza la hacienda de "Río Claro". La familia Cochrane existe, hoy, en Brasil. Más aún: la diseñadora argentina Concepción Blaquier lleva en realidad el apellido compuesto Cochrane- Blaquier. Es hija de la ex-esposa de Andrea Vianini.
Este valiente marino, amigo-enemigo de San Martín, volvería después a la Royal Navy, y combatiría en Grecia, para morir en su cama, tranquilamente, a los 85 años.
REMEDIOS ESCALADA: LA LOLITA Y EL SOLDADOTE
En su libro "Pasión y Traición", la periodista argentina Florencia Canale, que es sobrina en sexta generación de Remedios Escalada de San Martín, traza un retrato muy duro de Remedios. Se basa en rumores familiares e investigaciones de fuente directa.
¿Cómo era San Martín al llegar a Buenos Aires? Un militar fogueado en tremendas guerras europeas que venía a ofrecer sus servicios a una nación recién nacida. Hablaba inglés y francés, traía consigo una gran biblioteca de orientación liberal, cantaba, tocaba la guitarra, bailaba muy bien el minué y la contradanza, tenía mucho para contar y lo hacía con salero andaluz. El hombre buscaba poder, fortuna y triunfo en la América española, donde había nacido, mientras la otra España, la de Cádiz y Sevilla, se caía a pedazos. Apodado "el soldadote" o "el mestizo" por quienes lo odiaban, fue presentado por Carlos de Alvear, que contaba con una familia mucho destacada y parientes, aquí en Buenos Aires.
Lo mejor de la sociedad se reunía, por aquel entonces, en lo de Escalada. Allí el Soldadote impactó (con sus 34 años) a Remedios, una niña de 14, que se encaprichó con el exótico seductor.
Remedios estaba prometida (por consenso de los padres, como era costumbre) a un joven de buena familia: Gervasio Dorna. Acotemos: la familia Dorna todavía existe en Buenos Aires, a través de los Videla Dorna.
Lo mejor de la sociedad se reunía, por aquel entonces, en lo de Escalada.
Pero el encuentro de un hombre de mundo con una niña de papá y mamá conformaba –ya entonces- una fórmula explosiva. Antes de fin de año (1812) se estaban casando.
Es que todavía no se había inventado la adolescencia. San Martín, igual que sus hermanos, ponía el pecho a las balas y mataba a otros hombres a los 13 años. Remedios ya era esposa y madre antes de cumplir los 15.
Según Florencia Canale, el matrimonio no fue feliz. San Martín estaba volcado a su tarea militar, y la muchacha mantuvo varios amoríos con soldados del Ejército de los Andes: un cabo Gregorio Murillo y un aspirante a Alférez llamado José Joaquín Ramiro. Pero lo más impactante es el romance que se le atribuye, cuando eran solteros en Buenos Aires, y después cuando los dos estaban casados, con don Bernardo de Monteagudo. Hombre que participó de la Sociedad Patriótica, respaldó a Mariano Moreno, integró las logias de la época y acompañó a San Martín por Mendoza, Chile y Perú.
San Martín perdió la paciencia en 1819 y expulsó a Remedios de Mendoza, ¿Lo sabía todo? Tal vez sí. Tal vez, simplemente, no disponía de tiempo material para ocuparse de una mujer joven, caprichosa y demandante, con una beba de tres años, Merceditas. En todo caso, nosotros sabemos mucho menos que San Martín respecto de lo que pasaba entre ellos.
Los dos vivieron en otro tiempo, podríamos decir en otro planeta. Por empezar, un hombre de entonces era dueño del poder físico y no tenía freno, salvo su propia moral. La mujer, básicamente, sentía terror frente al poder del varón, que empleaba armas y las usaba para matar: San Martín, por ejemplo, tenía veinte armas de su propiedad persona –al margen de sus legendaria ambulante, que donó en Perú y Mendoza- entre mosquetes, pistolas, sables, cuchillas, estoques y trabucos.
Expulsada de Mendoza por el Libertador –según la narración de Florencia Canale- Remedios partió, rumbo a Buenos Aires, con una reducida expedición. En el primer carruaje viajaban ella misma y su dama de compañía, Encarnación Demaría, con la pequeña Merceditas. En el segundo carruaje, los equipajes. Las custodiaba un pequeño pelotón encabezado por el hermano de Remedios, un joven granadero de nombre Mariano (20 años) y las acompañaba un burro, cargando un ataúd para la propia Remedios, porque la salud de la niña-señora era muy mala.
El encuentro de un hombre de mundo con una niña de papá y mamá conformaba –ya entonces- una fórmula explosiva
La imagen recuerda a un relato de García Márquez: Cándida Eréndira y su abuela desalmada. ¿Habrá sido esto así, como lo cuenta Florencia? ¿Cuál era el plan? ¿Enviar a los peligrosos caminos, de Mendoza a Buenos Aires, a dos mujeres indefensas, con el peligro cierto de que Remedios muriera en la ruta? ¿Y si moría, qué? ¿Enterrarla en medio de las pampas? Había por entonces tormentas, vientos arrasadores, sol implacable y frío bajo cero, malones, montoneras, bandidos… Remedios tenía, según nuestras cuentas, 21 años.
Todos estos detalles parecen novelescos, pero así los cuenta Florencia. No puede encontrarse un retrato más opuesto al que hemos heredado de las lecturas escolares. Aquí va la primera versión. Esta es la Remedios "blanca".
- Nació en Buenos Aires el 20 de noviembre de 1797, siendo sus padres D. José Antonio de Escalada, rico comerciante, canciller de la Real Audiencia de 1810, y doña Tomasa de la Quintana Aoiz Riglos y Larrazábal. Esta ilustre familia -ha dicho un historiador- se caracterizó siempre, en la colonia y en la república, por el mérito de sus varones y la clase de sus mujeres. Se recuerda entre las familias porteñas el esplendor de las veladas y fiestas con que los señores Escalada mantenían el prestigio de su elevada posición.
- Remedios, esposa del general San Martín más tarde, era de una delicadeza exquisita. Su elevado sentido de la dignidad y sus patrióticas virtudes envuelven su recuerdo en un aroma agradable, ocupando un lugar destacado entre las damas de la época, por haber sido la que primero tuvo el noble y patriótico gesto de desprenderse de sus sortijas y aderezos para contribuir a la formación de las huestes patriotas.
- Al llegar a su patria, San Martín ofreció su brazo y su espada a la causa emancipadora, y el gobierno de las Provincias Unidas se apresuró a aceptar tan patriótico ofrecimiento, sin soñar acaso, que al hacerlo acababa de armar caballero de la causa americana al más decidido y esforzado. El futuro adalid llegó pobre y sin relaciones, no trayendo más que una buena foja de servicios de España y el propósito de prestar leales y desinteresados servicios a su patria.
- José Antonio de Escalada entrevió en aquel arrogante militar a un general de nota y no tuvo inconvenientes en aceptar los galanteos a su hija, no obstante la diferencia de edad entre ambos, que llegaba casi a 20 años: "Ella, niña, no muy alta, delgada y de poca salud; él de edad madura, estatura atlética, robusto y fuerte como un roble".
- San Martín, al vincularse con esta familia, conquistaba posición y atraía a las filas del Escuadrón de Granaderos a Caballo, que estaba organizando, a una pléyade de oficiales, como sus hermanos políticos Manuel y Mariano y sus amigos, los Necochea, Manuel J. Soler, Pacheco, Lavalle, los Olazábal, los Olavarría y otros que llenaron después con su espada páginas admirables en la epopeya americana. Desde que San Martín conoció a Remedios, como él llamaba a su tierna compañera, se enamoró de ella y comenzó el idilio que terminaría en el matrimonio celebrado en forma muy íntima en la Catedral de Buenos Aires, el 12 de septiembre de 1812. Fueron sus testigos "entre otros -dice la partida original- el sargento mayor de Granaderos a Caballo Don Carlos de Alvear y su esposa doña Carmen Quintanilla.
- No habían transcurrido tres meses de la fecha en que se celebró la boda, cuando el coronel San Martín recogía su primer laurel en los campos de San Lorenzo, donde, como es sabido, muy poco faltó para que doña Remedios quedase viuda. En el mes de enero de 1817, el Ejército de los Andes emprendió la colosal empresa que debía cubrirlo de laureles y su comandante en jefe dejó el hogar para no volver a él sino de paso, en los entreactos que le permitían sus victorias. Así continuó el andar del tiempo y en 1819, San Martín, que tenía su pensamiento aferrado a la idea de afianzar la independencia de su Patria atacando al enemigo en el centro de su poderío, el Perú, pidió a su esposa que regresara a casa de sus padres y así lo hizo "Remeditos", revelando que era tan tierna como obediente esposa. Ya tenía entonces a su pequeña Mercedes de San Martín, que sería más tarde esposa de D. Mariano Balcarce, única hija del matrimonio, la cual había nacido en Mendoza, en 1816. Acompañáronla en su viaje, su hermano, el Teniente Coronel Mariano de Escalada, y su sobrina Encarnación Demaría, que después fue señora de Lawson.
- Remedios de Escalada de San Martín, tras su traslado de Mendoza a Buenos Aires vivió en la casa de sus padres, y agravada la enfermedad que padecía, por consejo médico debió trasladarse a una quinta de los alrededores (actual Parque de los Patricios), de propiedad de su medio hermano Bernabé. Abatida y enferma, esperaba siempre la vuelta de su esposo, anunciada tantas veces.
Así sigue el relato: toda esta historia en dos versiones opuestas nos deja la sensación de una truculenta aventura de piratas, a la que se le hubieran podado pasajes de pasión, de pecado, de ambición, de venganza, de crueldad y otras debilidades, hasta convertirla en un cuento de hadas.
¿Cuál será la versión más fiel a la verdad?
CABRAL, SOLDADO HEROICO
Es sabido que San Martín combatió a las órdenes del general Beresford en la batalla de la Albuera. También es sabido que Beresford había invadido Buenos Aires en 1806: tomó la plaza y gobernó durante tres meses. Luego, la suerte se le dio vuelta y, unos años después (en 1811) Beresford combatía codo a codo con oficiales españoles, entre ellos nuestro Libertador.
En este combate, Beresford casi es derribado de su caballo por un oficial ulano del batallón polaco y, cuando estaba a punto de morir a sablazos, un sargento se interpuso y dio su vida por el jefe. ¡Igual a la historia del Sargento Cabral! Además, San Martín también estaba en esta batalla.
No hay muchos santos en este mundo. Ni con espada ni sin ella.
Estas anécdotas modelo se cuentan sobre todos los héroes militares a quienes se intenta glorificar. Por ejemplo, Julio César en la conquista de las Galias. Winston Churchill en alguna de sus batallas. Este es el modelo: el soldado ofrenda su vida para salvar al general de incomparable talento. Porque si muere el jefe, mueren todos. Conviene recordar la lógica del ajedrez, aplicada a este siglo de guerra universal.
He aquí un resumen técnico de la batalla de la Albuera: se inscribe en la guerra de la Independencia Española, llamada Guerra Peninsular por los británicos y portugueses. El encuentro se libró el 16 de mayo de 1811, en La Albuera, localidad extremeña situada a 22 kilómetros de Badajoz, en la ruta hacia Sevilla. Combatieron fuerzas aliadas, integradas por tropas españolas y anglo-portuguesas, contra el ejército del imperio francés, incluyendo un regimiento polaco del ducado de Varvosia, al mando de mariscal Soult. Las fuerzas anglo-portuguesas estaban a las órdenes del mariscal Beresford. Las fuerzas españolas las mandaba el general Joaquín Blake. El encuentro acabó sin una victoria clara para ninguno de los dos bandos, después de una lucha sangrienta, aunque generalmente se acepta como una victoria táctica del ejército hispano-anglo-portugués. Los datos de combatientes y bajas aún son discutidos.
El contacto entre Beresford y San Martín (en caso de que se hayan tratado personalmente, cosa q ue ignoramos) tal vez haya refrescado los pormenores del Plan Thomas Maitland para la conquista de Buenos Aires, Chile y Perú. Un manuscrito curioso de sólo 47 páginas que descubrió Rodolfo Terragno, en archivos británicos. También pone en duda la existencia de un sargento Cabral y su heroica muerte, por aquello de que la leyenda responde a un patrón repetitivo.
Nada de esto es seguro, ni mucho menos.
Este relato (ya lo sé, demasiado largo) intenta subrayar algunos puntos misteriosos en la vida de San Martín y los hombres de su tiempo. Todos ellos, a mi parecer, estaban fijados en la imagen de Napoleón Bonaparte: un genio militar que, siendo portador de las ideas de la Revolución Francesa, olvida rápidamente la Igualdad, la Libertad y sobre todo la Fraternidad, para enamorarse de otra idea. A saber: el Poder. La gran borrachera de aquel tiempo, cuando el mundo ya estaba globalizado, pero sólo lo sabían unos pocos. Entre ellos, San Martín.
Hoy en día, cuando uno ve el derrumbe de Khadafy en Libia, la caída del Sha de Irán, la implosión de la Unión Soviética, y surgen legiones de nuevos ricos, nuevos pobres, grandes negocios, cruentas batallas, deportistas, cineastas, estafadores y paladines, advierte que no hay muchos santos en este mundo. Ni con espada ni sin ella.
Sólo se ven negocios. Hombres que buscan poder. Otros hombres, que lo pierden todo. Mujeres e hijos, que heredan una porción del dichoso poder. Pero nada de santos: más bien el matrimonio del negocio con una buena martingala de traiciones.
NOTA FINAL:
Entre los misterios insolubles de los personajes de esta historia, cabe mencionar a don Alexandre Aguado, marqués de las Marismas del Guadalquivir. Este militar, de ilustre y rica familia sevillana, nacido el 29 de junio de 1784, ingresado a los 15 años al regimiento de infantería Jaén (murió en Gijón, el 14 de abril de 1843) combatió en las guerras napoleónicas y luego se casó con Carmen Victoria Moreno: tuvieron tres hijos en Francia. Allí se convirtió en comerciante, banquero y dueño de una de las grandes fortunas de Europa. Al morir, dejó como albacea a su gran amigo José de San Martín. El hombre de Yapeyú había sido su compañero de armas en la antigua España realista. Y su apoderado, a partir de 1830. Luego fue tutor de sus hijos, heredero de sus alhajas y condecoraciones, pero también liquidador de sus bienes. En otras palabras: San Martín fue riquísimo. No pobre, no rico: riquísimo. Detalle que puede molestar a algunos. Tal vez porque no han reparado en el detalle de que Fidel Castro también es riquísimo, y que el "Che" Guevara no sólo suprimió vidas, sino que también volatilizó millones de dólares para la nada, para la muerte, para la miseria, para fusilar a pobres policías indefensos, porque así se aceleraba la gloriosa revolución de Lenín y Trotsky. Y en esa escala de valores, todo valía la pena.
El ángulo financiero de San Martín puede conocerse en el libro Alejandro Aguado, militar, banquero, mecenas (2007, Madrid) del periodista y escritor argentino Armando Rubén Puente.
Preguntas: ¿Cómo fue la vida de Mercedes San Martín de González Balcarce, arrancada de los brazos de su madre y luego de la casa de su abuela Tomasa? ¿Qué pasó con ella al morir su padre?
¿Aguado sería compañero de logia de San Martín desde un principio, y su gran mecenas, por ejemplo en 1811? ¿Para qué necesitaba don Pepe, entonces, el patrocinio de Alvear, si él era intrínsecamente más poderoso que todos los Alvear y los Escalada juntos?
¿Cómo pudo decirse que en la fragata inglesa "George Canning" llegaron a Buenos Aires 18 patriotas, cuando entre ellos se encontraba el oficial prusiano don Eduardo Raicher, barón de Holmberg. Este militar, fundador de una familia patricia de nuestro país, se ofrecía aparentemente como mercenario extranjero, y no como patriota. Como más tarde llegaría don Federico Rauch.
San Martín se quejó en sus cartas a O¨Higgins de que los porteños lo llamaban "borracho, tirano, afrancesado y con a nsias de proclamarse rey". O sea, en definitiva, cortado por la tijera de Napoleón Bonaparte, el héroe del siglo. ¿Por qué, si el carácter tajante de San Martín se inclinaba por el renunciamiento y no por la suma del poder?
¿Qué fue de las nietas francesas de San Martín, Mercedes y Josefa González Balcarce?
¿Somos solamente unos descendientes bastardos de las personas que bajaron de ciertos barcos, y de unos pobres indios que nunca conocieron la virtud de trabajar, y sí el mérito de robar? Valientes, sí, más que nadie, pero como progres… poco recomendables.
¿Qué somos? ¿Qué fue don Pepe, aparte de un típico atormentado argentino que se pregunta "qué soy yo"?
Hay más preguntas, pero se necesitan muchos investigadores honestos de todas las épocas –del tipo de Bartolomé Mitre o Armando Puente, o Juan Bautista Sejean, o Rodolfo Terragno- para entender este matete.
Como seguramente diría San Martín: "Esta historia es…¡Un revolcadero de monas!"
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