Jugar también es un derecho humano

Manuela Thourte
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10 de junio de 2014  

El juego es fundamental para el desarrollo emocional, físico, intelectual y social de los niños. A través del juego los niños exploran el mundo, inventan, crean, desarrollan formas de pensar y se descubren a sí mismos. A medida que van creciendo y practican deportes desarrollan también habilidades sociales, descubren sus propias capacidades y pueden expresarse, además de interactuar con sus pares.

No es lo mismo el juego activo que el pasivo, cada uno tiene sus funciones y potencialidades. Los juegos activos tienen beneficios sobre la salud presente y futura de los niños y permiten en general un desarrollo de las habilidades de comunicación, negociación y liderazgo, al posibilitar el trabajo en equipo. No obstante, no debemos ser alarmistas sobre la cantidad de horas que los chicos dedican a actividades pasivas porque éstas permiten desarrollar otras habilidades a los niños y adolescentes.

¿Por qué el juego está protegido por la Declaración de los Derechos del Niño? Porque constituye una base sólida para toda una vida de aprendizaje y permite alternar entre la educación y el ocio. El deporte y el juego fortalecen el organismo, reducen el estrés, mejoran la capacidad de aprendizaje y el rendimiento escolar, además de prevenir el consumo de tabaco y de otras sustancias.

El juego además es una oportunidad para promover valores y reducir la violencia entre los niños. En la Convención sobre los Derechos del Niño, los Estados se comprometen a garantizar el derecho al juego y el esparcimiento y a ofrecer las oportunidades para que así suceda. En línea con la Convención, las leyes argentinas también garantizan el derecho al deporte y al juego recreativo y postulan la responsabilidad del Estado de establecer programas que garanticen este derecho considerando las particularidades de los niños con discapacidad.

La autora es especialista en Protección de Derechos de Unicef

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