La acefalía de la autoridad
Por Jorge R. Vanossi Para La Nación
1 minuto de lectura'
Hasta hace poco tiempo, en el catálogo de los derechos personales que resultan más violados en el mundo contemporáneo, aparecían en primerísimo lugar el derecho a la vida, el derecho a la propiedad en sus más variadas formas, y la privacidad e intimidad.
Ahora, tendríamos que agregar, sin lugar a dudas, que, por lo menos en nuestro país, también resulta seriamente lesionado otro de los derechos que poclama el artículo 14 de la Constitución Nacional, cual es la libertad deambulatoria de las personas, a saber: de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino.
Parecería que ciertos grupos y organizaciones olvidan que uno de los sabios fundamentos del Estado de Derecho es que las libertades de unos terminan donde comienzan los derechos del prójimo.
Esto es así, también, para nuestro régimen, toda vez que el ya citado artículo 14 especifica que todos los habitantes gozan de los derechos "conforme a las leyes que reglamentan su ejercicio".
La conclusión es obvia: no hay derechos absolutos; por lo tanto, ni el derecho de huelga ni el de manifestación, ni el de protesta pueden dejar de ser relativos.
El fin y los medios
La concepción contraria sería equivalente a sostener que el fin justifica los medios cuando, precisamente, en las democracias constitucionales "los medios" están tan limitados o más que las libertades.
Después, no se quejen aquellos que olvidan, al decir de un gran escritor argentino, que "en la lucha contra los caníbales no está permitido comerse a los caníbales", pues quien así procediera perdería toda legitimación moral para justificar sus acciones, por más bien inspiradas que estuvieran.
¿Qué hace falta entonces para poner las cosas es su quicio, habida cuenta de que según es público y notorio están algo desquiciadas?
Hacen falta pocas, pero importantes: un presidente que presida y ejerza su liderazgo con todos los atributos que una constitución, felizmente presidencialista, le otorga; un jefe de Gabinete que coordine a los ministros con el presidente y al presidente con los ministros (el cargo parece vacante); un ministro del Interior que haga política y ponga orden (ya que ésas son sus dos funciones primordiales); etcétera.
¡Ah!, y me olvidaba: necesitamos jueces con "atributos" suficientes para que se sientan en aptitud de aplicar el Código Penal, que, tal como está y sin necesidad de demasiadas reformas, es más que suficiente para garantizar el pleno goce de los derechos a todas las personas, haciendo del "garantismo" una situación de igualdad de oportunidades, tanto para gobernados, cuanto para gobernantes y tanto para huelguistas y protestadores cuanto para los que quieren seguir trabajando y construyendo.
Controles que no bastan
La República supone responsabilidades, reales y efectivas; no basta con los controles, porque si éstos se agotan en sí mismos, queda pendiente una amarga sensación de impunidad: es ese malestar el que lleva al convencimiento de padecer una grave vacancia de autoridad más que ausencia de poder.
¿No estaremos ante un virtual estado de acefalía, no de los tres poderes, sino del principio de autoridad?



