
La biblioteca viajera, en el valle jujeño
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JUJUY.- En muchas zonas del país, el libro es un bien tan escaso como el trabajo. Vastas regiones rurales, serranas y urbanas, permanecen aisladas culturalmente, hijas de la distancia y la pobreza.
Palma Sola, a 170 kilómetros al este de San Salvador de Jujuy, es uno de los 35 pueblos y caseríos que visita mensualmente el único bibliomovil con que cuenta la provincia de Jujuy. Una camioneta equipada con 500 libros, un videograbador y una computadora, que todos los días recorre los parajes más solitarios de la provincia, en busca de lectores escondidos.
En esta zona, el cuartel general del bibliomovil es la biblioteca popular de la ciudad de La Esperanza, a menos de 70 kilómetros de la capital provincial. A cien kilómetros de allí, con menos de 6000 habitantes, más que pueblo Palma Sola es una sucesión de casas de madera, adobe y barro, según el caso, que aparecen dispersas al borde del camino, salpicando un paisaje de lapachos, quebrachos y todo tipo de árboles frutales.
El bibliomovil se acerca y el pueblo vibra: para los lugareños no es un espectáculo habitual verdetenerse a esa camioneta nueva y reluciente, con carteles llamativos que invitan a pasar un buen momento.
Bajo el tinglado de chapa que cubre una cancha de basket, decenas de chicos se arremolinan ante la proximidad de los libros y las láminas.
"Qué suerte que vinieron"
Varios de estos chicos pertenecen al "Centro integral de discapacitados", institución a la cual la gente del bibliomovil prometió su presencia hace días. Muchos sólo abandonan sus casas y se reencuentran con el mundo en ocasiones especiales: la fiesta del estudiante, las olimpíadas barriales... la llegada del bibliomovil.
Los demás chicos, sin problemas físicos ni mentales, se van acercando, llenos de curiosidad.
"¡Que suerte que vinieron!", dice Julia Mártinez, por sobre el griterío y el movimiento incesante de los más chiquitos. Tiene 58 años y la llegada del bibliomóvil es siempre para ella una alegría esperada. Mientras espera que se inicie la actividad, mece entre sus brazos a un chico de 17 años, totalmente paralizado y de apenas 60 centímetros de altura. Se abre la puerta y sale, como el conejo de la galera, la maestra de escuela Angelina Robles. Y realmente hace magia: en pocos segundos logra capturar la atención de los más chicos, con quienes rápidamente entabla un diálogo. "Acá hay libros y videos, todo es para ustedes", les dice con voz cantarina.
Los chicos suben a la camioneta, toman espontáneamente los libros, los hojean; revisan los videos, husmean todo. "¿Nos contás un cuento?", pregunta con aire tierno y ojos compradores Noelia, una nena de 10 años. Otros se pliegan al pedido y Angelina no tarda en complacerlos.
En Palma Sola, lo que no falta son chicos. Hay cuatro, cinco o más por familia y todos viven en casas minúsculas; también son muchas las madres solteras.
Aquí, nos dicen, como en los otros 34 destinos del bibliomóvil, hay escuelas, pero faltan incentivos. "Viven en el campo, no conoce otras alternativas que la zafra o la cosecha del tabaco", dice Nélida Porcel, encargada del programa, mientras los chicos no pierden un detalle del cuento.
Enseguida, se sientan a mirar un video sobre la vida de Hellen Keller, la norteamericana nacida ciega, sorda y muda, que con el tiempo accedió a la universidad y aprendió seis idiomas. Previamente Angelina les pide que presten atención al coraje y a la voluntad de superación de Keller.
Termina la función cultural y el bibliomovil se apresta a partir. Los chicos hablan de la película, piden uno y mil cuentos más. Uno se acerca y pregunta "¿Cuándo van a volver?"
Libros en medio del azúcar y el tabaco
Para muchos argentinos, Jujuy es sinónimo de coyas y carnavalitos, quebradas y aridez, Tilcara y Humahuaca. Cuando se piensa en Jujuy se piensa, en definitiva, en el camino de San Salvador a La Quiaca con sus paisajes arrebatadores.
La zona que abarca los departamentos de San Pedro, Ledesma y Santa Bárbara, por donde circula el bibliomovil al este de la capital provincial, permanece ajena al ojo del turista, pero no de los empresarios del tabaco y el azúcar, instalados en la región desde el siglo pasado. También se cultivan frutas y hortalizas, un negocio cada vez menos rentable para los pequeños productores.
Llegando a Palma Sola se ven al borde del camino rebaños de cabritos, caballos y, lo más sorprendente, kilos de tomates arrojados a la banquina. La producción frutihortícola de la cual depende el pueblo se ha vuelto casi pura pérdida en los últimos años. El precio que alcanza un cajón de tomates de Palma Sola en el mercado es de un peso, mientras que el mero costo de traslado y embalaje supera esa cifra. Se paga más de lo que se cobra por lo cual los productores deciden que es mejor tirar que perder.
La luz de la esperanza
La Esperanza, la base desde donde la luz del bibliomovil extiende sus rayos, no es mucho más próspera que Palma Sola. Los más ancianos de sus 6000 pobladores han visto el apogeo y la decadencia de una ciudad que surgió por obra y gracia de un ingenio azucarero.
Al recorrer las calles de la ciudad, es difícil dar con una persona que no conozca la historia de los célebres hermanos Leach, venidos de Inglaterra a fines de siglo pasado para impulsar el cultivo de la caña de azucar.
A la creación del ingenio La Esperanza le siguió la fundación de un pueblo satélite del mismo nombre. Pronto se creó una comunidad inverosimil, con trabajadores llegados de regiones vecinas y países lejanos. Tobas y matacos aportaron el elemento indígena para el trabajo de la cosecha. También hubo siriolibaneses, que prosperaron con el comercio. Desde el sur de Asia se vieron venir cientos de indios, con turbante y todo. No faltaron los criollos y, por encima del conjunto, dominaban los ingleses.
Los peones de campo y empleados de fábrica no tardaron en gozar de servicios de primera línea, que incluían un hospital bien equipado, colegios, clubes, un zoológico y un servicio impecable de agua, luz y gas. Los ingleses también armaron una cancha de polo.
Todo pertenecía al ingenio e iba a cuenta del ingenio. Cuando la empresa comenzó a venirse a pique, también lo hizo la ciudad. El ingenio, aunque lejos de su esplendor, sigue activo y empleando a muchos jefes de familia. La ciudad también sobrevive y, gracias al bibliomovil, al menos se da el gusto de salir al rescate de la cultura de la región.
Pedidos al por mayor; vehículos con cuentagotas
cuentagotas "Originalmente, la idea se concibió como medio de llegar a obreros y trabajadores de fábrica, pensando no sólo en ellos, sino también en llevar libros para sus familias", explica desde Buenos Aires Daniel Ríos, titular de la Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas (Conabip), que depende de la Secretaría de Cultura de la Nación.
La idea dio sus frutos y los dos primeros bibliomóviles salieron a la calle y comenzaron a rodar en 1994, como experiencia piloto, en los barrios bonaerenses de Bernal y Adrogué.
Pronto se vio en uno y otro lugar que los libros eran arrebatados con pasión por los vecinos de los barrios. Entonces, como ahora, la camioneta se estacionaba frente a una fábrica o una escuela, se desparramaban los libros sobre una mesa y la gente elegía los libros, con el compromiso de devolverlos en una semana.
A todos los rincones
La calurosa recepción de las camionetas llevó a que otras bibliotecas comenzaran a apilar sus pedidos de bibliomóviles en el escritorio de Ríos. La dotación creció a 10 unidades al año siguiente, número que se duplicó en los últimos meses, por lo cual ya son 20 los que circulan visitando zonas remotas del país, alejadas de todo contacto cultural por la distancia o la pobreza.
En los últimos meses recibieron camionetas las bibliotecas de Maipú (Buenos Aires), Resistencia (Chaco), Trelew (Chubut), La Esperanza (Jujuy), General Pico (La Pampa), Chilecito (La Rioja), San Ignacio (Misiones), Anta (Salta), Río Gallegos (Santa Cruz) y San Luis.
Es así como el libro ya no espera que lleguen a él, sino que va tras su presa allí donde se oculte: en el campo, arrimándose a escuelas rurales, cascos de estancia, pueblos y cañaverales; en la ciudad, llegando a fábricas y barrios marginales; en el norte y el sur del país, en el Gran Buenos Aires.
En todos los casos se lleva una variedad bibliográfica que va desde enciclopedias hasta libros de manualidades, pasando por historia, literatura argentina y latinoamericana y material regional. Una vez que la gente de un lugar se habitúa a la presencia ocasional del bibliomóvil, se anima a hacer sus propios pedidos, a los cuales se procura atender en las siguientes visitas.
La gente espera
"La gente realmente los espera -asegura Ríos-. Llegan con música o tocando bocina. En algunos casos tienen animadores culturales, que les cuentan cuentos a los chicos o se los hacen escuchar". De modo que los textos de mayor demanda acaban siendo, sin excepción, los infantiles.
Aunque el interés de la gente por los libros sigue creciendo, al mismo ritmo en que aumenta el interés de los directores de las bibliotecas por conseguir nuevas camionetas, los vehículos se entregan con cuentagotas.
Por las limitaciones presupuestarias, pero también porque la Conabip elige aquellas bibliotecas que presenten un plan donde se explique de qué manera las van a usar y qué zonas piensan recorrer.
"Somos exigentes para que se respete la función cultural de estos vehículos -aclaró Ríos-. No queremos que a los tres días los use el intendente para buscar enfermos."
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