
La ciudad que creció en el desierto
Con una inversión de más de 1200 millones de pesos, la mina de oro de Bajo de la Alumbrera modificó el paisaje de Catamarca
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BAJO DE LA ALUMBRERA, Catamarca.- El hoyo tiene un diámetro de 400 metros y más de 200 de profundidad. Desde el fondo suben camiones grandes como dinosaurios, cargados con bloques de piedras grises. Dos torres del tamaño de un edificio de cuatro pisos dinamitan la base.
Así, día y noche, sin parar un segundo, empieza la recolección de oro y cobre. Aquí, donde hace cinco años era el medio de la nada, hoy funciona el complejo minero más grande de América del Sur, una verdadera ciudad que costó más de 1200 millones de dólares.
Cerca de 600 empleados conviven en un campamento que se levanta a dos kilómetros de la mina y de la planta donde se procesan los minerales.
La mayoría no tenía experiencia en la materia. Durante siete días, están alejados de sus familias y cumplen turnos de doce horas de trabajo. Después, descansan otra semana.
Entre ellos está Nora Tévez, 38 años, madre de dos hijos. Al verla bajar los siete metros que separan la cabina del camión que conduce del piso comienza a vislumbrarse que aquí no corren los clásicos mitos mineros, como el que proclama que las mujeres no entran en las minas.
Se dice que la madre tierra no tolera incursiones femeninas en sus entrañas y que en represalia envía terribles maleficios.
Aquí eso no ocurre, quizá porque es un yacimiento a cielo abierto. O porque los australianos de la Mount Isa Mining (MIM) -accionistas mayoritarios de Minera Alumbrera, que construyó y explota el yacimiento- no creen en leyendas. Si hasta la compañía es presidida por una mujer.
"Nunca antes había manejado un camión", dice Tévez, una señora de grandes ojos azules, al pie del vehículo, cuya rueda mide tres metros y medio de diámetro.
Antes de seguir el viaje con una carga de 218 toneladas de piedra, cuenta que lo más duro de su trabajo es pasar una semana sin ver a sus hijos, que se quedan en Tucumán.
El oro que no brilla
Cada año se producen aquí 23 toneladas de oro y 200.000 de cobre. Pero en el lugar, sólo se ven rocas que no brillan.
Los explosivos provocan el derrumbe de grandes taludes que forman anillos concéntricos.
En el fondo del hueco de la mina, cuatro palas mecánicas rompen las piedras y las cargan en los camiones, que suben y bajan incesantemente.
Desde una sala en el borde de la mina se controlan por computadoras el movimiento y la carga de cada máquina.
El proceso continúa en el triturador, que deja las rocas reducidas a piedritas grises. Una cinta transportadora lleva el resultado hasta una pila de almacenamiento que junta 500.000 toneladas de material precioso.
Es la antesala al concentrador, un edificio que alberga gigantescos molinos y mezcladores, donde no se puede entrar sin casco, anteojos, zapatos con puntera de acero y tapones para los oídos.
Allí las piedras quedarán reducidas a una sustancia barrosa, color verde militar, que contiene un 30 por ciento de cobre y entre 15 y 25 gramos de oro por tonelada.
Eso recorrerá por bombeo 316 kilómetros hasta San Miguel de Tucumán, a través de una tubería subterránea. De allí, llegará en tren hasta Santa Fe y, por barco, irá hacia el extranjero, donde se industrializa el mineral.
El yacimiento de Bajo de la Alumbrera fue descubierto en 1949 por un geólogo de la Universidad de Tucumán. Era una zona de lomadas amarillentas, rodeada de cerros de la precordillera, situada a 2400 metros sobre el nivel del mar.
Pasaron 48 años hasta que comenzó la explotación, tras la desregularización minera de 1992.
En el campamento
Pedro Valdez es tucumano y trabaja en la mina desde 1995, los tiempos de construcción del complejo, cuando 5000 personas convivían a un ritmo febril y a veces caótico. Hoy, todo es más calmo, asegura.
"Es cuestión de acostumbrarse. Sabés que por una semana no ves a tu familia. Hay que laburar y dormir; si tenés tiempo, charlás y jugás con los muchachos. Y sabés que la recompensa llega: cuando el último día pasás la entrada, tenés siete días de libertad", explica.
Los empleados -operarios, técnicos, administrativos, profesionales, cocineros- habitan el campamento. Hay unas 400 habitaciones aclimatadas, un comedor y salas de recreación, mesas de pool y de ping pong. También funciona un minihospital y hay una capillita, canchas de fútbol y televisión satelital.
"Acá te podés hacer amigos, se come bien... No puedo quejarme", comenta Silvia Cruz, de 29 años, que desde hace dos se encarga de la lavandería. Alguna vez su familia vivió en el bajo donde hoy está la mina.
Las habitaciones son individuales y la distribución no sigue distinción alguna: hombres y mujeres comparten el lugar en armonía, según cuentan los empleados.
El sexo no está prohibido. Y se han formado algunas parejas, aunque en general se mantienen en secreto. "Hay que saber rebuscárselas", indica, con un tono cómplice, uno de los jóvenes operarios.
Otros no están de acuerdo: "¿Levante acá? De piedras, nomás", señala Fabián Pérez, un técnico metalurgista que viene desde San Juan.
Muchos recuerdan los días de la construcción, cuando todo era más complicado. Dicen que había mujeres que se prostituían por 30 pesos, mercado negro de alcohol (el trago está prohibido) y no faltaba quien robaba toallas o herramientas del campamento.
"Ahora se vive muy bien. La gente está cómoda", afirma Jorge Palmes, jefe de operaciones.
Los turnos son de 7 a 19. De martes a martes. Se trabaja la primera semana de día, una se descansa, y la siguiente, de noche.
"La vida del minero es así. Acá la gente no tiene tradición, pero poco a poco se adaptan. Es duro, uno a veces se deprime, pero...", relata Felipe Núñez, uno de los tantos chilenos que aportan la experiencia en la materia, que aún escasea en la Argentina.
La vida, en peligro
Quienes trabajan en la mina saben que conviven también con el peligro.
Las medidas de seguridad son estrictas. Una caseta de guardia en la entrada restringe el paso a las personas ajenas al proyecto.
Una camioneta 4x4 escolta a cualquier visitante. Es el único tipo de vehículo con permiso para circular por el predio de 5000 hectáreas. Lleva una pértiga con una bandera roja para que lo distingan desde la altura los camioneros y no los embistan.
En cada pared hay carteles explicativos y los empleados reciben cursos de seguridad, según informa el geólogo peruano Luis Rivera.
Pero aun así..., "sabés que cada día que pasa es un día que sobrevivís. Hay que cuidarse al extremo, estar concentrado siempre", explica con acento cordobés el mecánico Juan Suárez.
Y sabe lo que dice. Cuenta que tuvo que sacar hace un mes y medio el cadáver de un joven compañero que se descuidó y quedó atrapado en una cinta transportadora.
La mayoría de los empleados es de Tucumán y de Catamarca, pero hay de todo el país. Muchos son de los pueblos más cercanos: Hualfín, Santa María, Belén y Andalgalá.
Además de ese beneficio, los poblados de la zona no vieron el esplendor que esperaban hace unos años, según comentan autoridades comunales.
Sus infraestructuras no alcanzan para abastecer a la mina y no lograron aún que sea asfaltado el tramo de la ruta 40 de donde sale el camino hacia el yacimiento.
Esperan que se concrete antes de que en 18 años se acaben el oro y el cobre. Para ese entonces, el hoyo de la mina tendrá dos kilómetros de diámetro y 500 metros de profundidad. En el fondo quedará, tal vez, una laguna.
Toda esta maravilla de la tecnología desaparecerá y dejará otra vez a la naturaleza en soledad.





