
La discriminación es la raíz de los problemas de los bolivianos
Las costureras niegan ser mano de obra esclava, pero admiten que sufren explotación
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"Somos parte de la economía argentina, pero no como seres humanos. No tenemos lugar en esta sociedad. Nos discriminan hasta con la mirada, silenciosamente, y nos empujan hacia la marginalidad. Por eso tantos bolivianos no tienen otro recurso que permanecer encerrados en los talleres textiles con sus paisanos. El de la discriminación es el problema mayor, y el desconocimiento de nuestra cultura. Si no se comprende esto, no se comprende qué ocurre con los bolivianos."
Ana María Vargas, pastora luterana, ayuda a sus compatriotas como coordinadora de la Pastoral de Acompañamiento al Inmigrante Boliviano. Ella y varias bolivianas aymaras que accedieron a hablar con LA NACION pintaron un cuadro más complejo y doloroso que el que surgió a primera vista tras la muerte en un taller de seis bolivianos, cuatro de ellos, niños.
Nadie debería ser ajeno a semejante cuadro. Varias prendas de extendido uso están confeccionadas con el sufrimiento de esa gente. Lo llevan en el orillo, junto con la marca.
"Las costuras de la ropa que usamos esconden los sueños de mis paisanos", resume Lilian Camacho, periodista boliviana que vive aquí desde hace unos años.
"Por una campera de jean que una marca vende a 50 pesos, el dueño del taller sólo cobra cinco, y la costurera, 3,50. A veces cobramos un peso o menos por prendas que están a 100 en las vidrieras. Y algunas son de marcas conocidas", dice María, costurera.
Como casi todas las entrevistadas, María pide que no se dé su verdadero nombre, pues ellas también denuncian las coimas de hasta 400 pesos que cobra la Policía Federal a los talleres -hay 1600 en la Capital, con unos 15.000 trabajadores- y los robos permanentes y siempre impunes. Un taller ilegal no existe y sus obreros ilegales tampoco, y mal pueden radicar denuncias.
También denuncian el trato degradante que hasta no hace mucho recibían en Migraciones: "Gritos o un silencio de desprecio cuando escuchan nuestra tonada. Eso hizo que muchos bolivianos se acobardaran y abandonaran los trámites. Por suerte, el trato ha mejorado", cuenta Silvia, también costurera.
Tanto proliferaron los tallercitos legales e ilegales que emplean a bolivianos, que la puja entre talleristas coreanos, bolivianos y argentinos para obtener trabajo de los fabricantes (dueños de las marcas y de la tela, que entregan ya cortada a los talleres) ha empujado hacia abajo los precios en los talleres y los sueldos de sus obreros, en su mayoría, bolivianos quechuas y aymaras indocumentados.
Explotación, no esclavitud
Las mujeres consultadas rechazan la etiqueta de "esclavitud" que usa el periodismo. "Hay explotación laboral, sí, y a veces enorme, pero no creo que haya esclavitud. Hay casos -cuenta Dora, costurera- en que los talleristas bolivianos y coreanos explotan a costureros bolivianos. Rosalía es una boliviana dueña de un taller que no paga a los paisanos que cosen para ella. Se la denunció, pero siempre salió en libertad. Nosotros no llevamos la peor parte. Más explotados son los paisanos que trabajan en la construcción. Ganan poquísimo y no tienen casa ni comida. En cambio, nosotros vivimos y comemos en el taller."
Otra costurera explica que hay una tercera categoría de talleres, además de los legales y los ilegales: "Son los que tienen legal la parte de adelante, con diez obreros, mientras que la parte de atrás, con veinte, es ilegal".
En el extremo inferior de esta cadena están los costureros y costureras; entre ellos, los más indefensos y los que menos ganan son los aprendices.
El sueño de todos, el que los llevó a abandonar sus poblados rurales y cruzar la frontera, fue hacer unos pesos y volver. Por eso, la falta de interés por obtener la residencia legal. Pero pasan los años y el regreso se demora.
"Un buen costurero, oficial, puede ganar $ 1200 por mes, aunque el trabajo siempre es a destajo: 10, 12, 14 horas."
Por encima de ellos se encuentran los talleristas. Poseen las máquinas de costura industrial y el local propio o alquilado, que es su vivienda.
Un modo de vida
Sin defender la precariedad o los casos extremos, algunas mujeres rechazan los términos de "promiscuidad" y "hacinamiento". "En nuestros cantones de Bolivia vivimos en comunidad. No somos como ustedes, que mandan a los ancianos al geriátrico. Los viejos y los niños viven con nosotros. Los niños aprenden acompañando a sus padres al campo y trabajando allí. Aquí se repite eso. Además, aquí nuestros hijos de dos y tres años son discriminados en los jardines de infantes por sus compañeros", dice una de ellas.
Un duro aprendizaje, que sigue cuando los niños van de la mano de sus madres por Flores. "Nos gritan: «¡Negra de m...!». Si cruzamos cuando está por cambiar el semáforo, aceleran el auto y hacen como que van a atropellarnos", resume María.
Ni en ella ni en las otras aflora el resentimiento. Y no quieren conmover: cuentan porque uno les pregunta.
"Cuando vamos a una inmobiliaria a alquilar, los amigos argentinos nos aconsejan no decir que somos bolivianos, sino tucumanos. Pero no nos alquilan, o nos ofrecen lo peor y más caro."
Daniel Moya realiza una maestría de cine documental y sostiene que no se discrimina al boliviano, sino a quien tiene rasgos indígenas: "Se los discrimina como a los mapuches. Y lo mismo ocurre en Bolivia. Allí, los blancos los discriminan más que aquí". "Y la peor parte la llevan las mujeres", remata Vargas.
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