La ficción histórica recrea a los Anchorena
Con "Un dandy en la corte del rey Alfonso", su última novela, la autora vuelve a escribir después de dos años
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María Esther de Miguel cava con las manos otro hueco respiratorio con su nueva novela: "Un dandy en la corte del rey Alfonso".
Es una historia irresistible que gira alrededor de una vida, la de Fabián Gómez y Anchorena, un aristócrata patricio, un "niño de oro", que en la segunda mitad del siglo último se ganó el calificativo por ser un hombre a la moda, mundano y amante de las fiestas, la buena vida y las mujeres, aunque murió en la indigencia.
Afable y locuaz, la ganadora del Premio Planeta 1996 conversó con La Nación en su cálido piso de Coronel Díaz y Juncal. Luce delgada, con cierto aire de fragilidad del que se repone tras una intervención quirúrgica el mes último. La primera pregunta es el disparador para que, con indisimulada pasión, la autora de "El general, el pintor y la dama" convoque a las musas que alimentaron la novela.
"Durante los años sesenta, en medio de lecturas azarosas y empedernidas, descubrí el libro Cinco dandies porteños , de Pilar de Lusarreta. Allí me entusiasmó la figura de Anchorena. Esa lectura pasó como tantas cosas. El año último, mi amigo Luis Gregorich me dijo: Ustedes se meten con la historia y los próceres del siglo pasado. Pero con la oligarquía nadie se mete . Me quedé pensando y le respondí: Yo sí me voy a meter . Y allí se encendió la lucecita de ese personaje".
Del cenit a la decadencia
De Miguel se entusiasma al ahondar en el alma de su criatura. "Este personaje, que retoma Juan José Sebreli en su libro Apogeo y ocaso de los Anchorena , muere pobre, sin hijos, sin haber escrito un libro, y, como suelo decir, sin haber donado un órgano. No dejó ninguna historia, pero sí la leyenda que me dio la libertad para fabular."
La escritora cuenta que cuando comenzó a escribir "estaba a oscuras". Pero a medida que ensambló la historia "entre la sociedad pujante del Río de la Plata y la Europa paqueta", los dos mundos que el protagonista recorre, se enamoró de Fabián Gómez y Anchorena, conde del Castaño.
Dice que "la riqueza del libro está en la vida disparatada, en las aventuras del personaje. En el fondo, creo que era un hombre sano. Cuando se lo confina a la pobreza, él deja de ser un dandy para convertirse en una criatura humana".
De Miguel corta su entusiasmado relato y propone a La Nación : "Interrumpime cuando sea necesario". Sin pausa, termina de pintar el personaje con tres trazos: "En Europa, quiso ser el conde del Castaño. En el Río de la Plata, era Fabián Gómez y Anchorena, pero cuando se va a Santiago del Estero, sobre el final de su vida, se convierte en don Gómez. Eso muestra un regreso a la integridad y al despojamiento".
En esa mezcla de datos biográficos y trama de ficción, la escritora se introduce en los meandros fascinantes de la vida del aristócrata.
"La novedad de todo el planteo es que hubo un argentino en la corte del rey Alfonso", comenta la autora.
El sueño de un antihéroe
-A lo largo de su vida, el protagonista persigue el sueño de encontrarse a sí mismo, lo que parece alcanzar en el final de sus días.
-Acertás. Casi inconscientemente, ésa es mi interpretación, aunque yo no sea psicóloga. Allí está el personaje como a mí me parece que fue. Era un hombre singular dentro de los Anchorena, que eran mercantilistas y apoyaron todos los procesos del país económicamente.
-¿Cree que ese sueño es el destino del hombre actual?
-Creo que es la lucha del hombre de siempre. Aunque ahora es más sensible a ciertas cosas. Este Anchorena no es un héroe ni un santo, lleva una vida brillante y tiene un destino trágico en su vida. Alguna lección se puede sacar.
-Esa pintura minuciosa de la sociedad de época y de la familia Anchorena que rodean al dandy, ¿es su contribución para que entendamos la historia?
-Me siento demasiado pequeña para contribuir a nada. Siempre en mis libros he buscado esclarecer cosas para mí. Cada respuesta tropieza siempre con problemas nuevos. Yo lo planteo pragmáticamente. Con mis libros busco entender el pasado del país. Pero ya me sentía un poco sofocada con esa cosa que llamo "flor de ceibo". Por eso en esta novela salgo del país. Por supuesto, la historia es maravillosa porque te hace ver cosas.
-Al inicio del libro, usted dice que el protagonista "vivió aparentemente una brillante carrera hacia la nada". ¿Cuando terminó de escribir también lo pensaba?
-Creo que nadie vive ni una carrera brillante ni opaca hacia la nada. Soy trascendentalista. Todos tenemos algo para construir con lo que somos. La anécdota de Saramago sobre su abuelo, en su discurso ante la Academia de Suecia, quien antes de morir abrazó y se despidió de los árboles que había plantado, me hizo llorar. Por eso en la novela digo que si los muertos hablaran, en el mundo no habría tanto silencio. Para ver esos signos hay que tener los ojos abiertos y nosotros a veces los tenemos en la televisión.
-La historia, en cuanto radiografía de un país, ¿se teje sólo con los hilos reconocibles o sobre todo con lo que no ha sido contado?
-Con los hilos reconocibles sólo se hace un burdo diagrama. Si de Belgrano contás sólo sus batallas, no están diciendo nada. El documento es frío como una lápida. Pero creo que en los últimos años ha habido una evolución muy grande.
-Entonces, ¿por qué en materia educativa existe tal empeño en enseñarles a los chicos ese burdo diagrama?
-Yo defiendo a los profesores. El Día de la Bandera, en una escuela leyeron una página de mi novela. Depende un poco del interés en buscar en la historia. Aún no hemos entendido que el desarrollo del país pasa por la educación, y no por tener un Tango 01 y un Tango 02. Por favor, no me cambies de tema (se ríe)...
-En el libro usted dice: "Venimos para algo y somos signo y clave de algo". ¿Tiene claro para qué venimos a la vida?
-No sé si lo tengo claro, pero en lo personal siento que he renacido y me pregunto para qué. Todos tenemos algo por hacer. Algunos engendran hijos, otros participan en proyectos. Personalmente no tengo grandes sueños. Cuando era adolescente leí en un libro chino esta máxima: Si no puedes ser una estrella en el cielo, sé una lámpara en tu casa . Yo, que no tengo memoria, nunca olvidé eso. Todos podemos ser lamparitas en nuestras casas. Podemos iluminar con una sonrisa o una sopita bien hecha. He aprendido a obviar los grandes discursos y las palabras solemnes, porque no sirven para nada.
-El protagonista parece tener el sino de los buenos de espíritu: nace rico y muere pobre, y en el camino descubre que la verdad está dentro de sí mismo.
-Sí, pero para descubrir el buen espíritu hay que tenerlo. Eso tiene que ver con la mirada, con la disposición interior. A veces pasan elefantes delante de tus ojos y no los ves. Todos miramos los mismos paisajes, pero no todos vemos lo mismo.
-Hablemos del paraíso terrenal que aparece en la novela. ¿Dónde queda, María Esther?
-No sé si estará en la Tierra, pero creo que es un punto de encuentro del hombre con el hombre.
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