La historia del libro, según la encuadernación
De visita en el país, un especialista inglés reveló los secretos ocultos en las páginas
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Sherlock Holmes estaría intrigado. Si pudiera, el legendario detective británico, hijo de la imaginación de sir Arthur Conan Doyle, espiaría las artimañas con que el conservador de libros Nicholas Pickwoad obtiene información de lugares inesperados.
Como un Holmes de la realidad, el inglés Pickwoad trabaja por su cuenta y recorre el mundo develando enigmas. En su caso, sin embargo, no son atribulados policías quienes requieren sus servicios, sino historiadores y administradores de bibliotecas.
Con sólo mirar el interior, la tapa y contratapa de los libros, este arqueólogo reconstruye las odiseas de obras impresas que tienen siglos de antigüedad y cuenta dónde se imprimieron y encuadernaron, cuándo y por cuánto fueron compradas y quiénes se sumergieron en sus páginas.
Pickwoad se graduó en literatura inglesa en la Universidad de Oxford y es considerado el máximo especialista en encuadernaciones de los siglos XVI al XIX. Actualmente, estudia libros antiguos en Alemania, España e Italia, y trabaja como conservador en una de las bibliotecas más antiguas de Occidente: la del monasterio de Santa Catalina, en el monte Sinaí.
Allí, en medio del desierto egipcio, Pickwoad nada en un mar de 40.000 libros impresos y una cantidad equivalente de manuscritos.
Secretos de papel
Invitado por la Fundación Patrimonio Histórico, el especialista inglés llegó a Buenos Aires para enseñar a bibliotecarios, museólogos, coleccionistas e historiadores cómo se puede reconstruir la historia a través de las encuadernaciones.
A diferencia de los investigadores que estudian obras del medievo, por lo general escritas a mano y en latín o griego, que sólo comprendían los eruditos, Pickwoad se interesó por los libros impresos.
Estos últimos estaban escritos en idiomas nacionales y portaban encuadernaciones más baratas, lo que los puso al alcance de más personas.
En Buenos Aires, la cita tuvo lugar en el Museo Mitre, donde se dictan cursos de encuadernación. Además, entre sus casi 60.000 volúmenes, el museo cuenta con obras impresas del siglo XVI que hicieron las delicias de Pickwoad y de sus alumnos.
Historia clínica
En el descanso de una de sus clases -que esta semana continuarán en el convento de San Francisco, en Salta-, Pickwoad le contó a La Nación que su inusual pasión nació hace unos 20 años, mientras hacía su tesis en literatura inglesa.
Desde entonces, y para no perder el hilo de los relevamientos que realiza alrededor del mundo, lleva en su computadora una base de datos con la "historia clínica" y detalles curiosos de cientos de libros. Así clasifica geográfica y temporalmente cada obra.
Pickwoad recordó que esos detalles curiosos de encuadernación (como etiquetas borrosas, firmas e hilos) le permitieron ver que, hasta el siglo XVIII, los libros se comercializaban sin encuadernar. Esto disminuía el peso de la mercancía y se ahorraban costos. Era el lector quien elegía, con la compra, el tipo de tapa.
La venta de obras sin tapas, comentó, se hizo menos frecuente en el siglo XIX, cuando el aumento de lectores volvió más rentable el negocio de vender grandes cantidades de libros ya encuadernados.
Con una sonrisa cómplice, y antes de retomar su taller de encuadernación, contó que cuando ingresa en una biblioteca camina sin objetivo aparente paseando la mirada por todos los volúmenes. "Si uno va directamente a lo que busca, puede dejar de ver información muy valiosa", explicó.
En la clase, los participantes lo escucharon con la misma admiración de quien se deja leer las manos por una adivina o escucha las verdades de un predicador. Pickwoad utilizó para su ponencia decenas de libros de la biblioteca, que había elegido en una de sus caminatas por el Museo Mitre. Entre ellos, un ejemplar alemán de 1764, del que predijo:"La encuadernación es simple, pero tiene una historia muy complicada".
Empezó entonces a "leer" anécdotas del libro, mientras fundamentaba cada comentario señalando pequeñas áreas de la tapa, papeles descoloridos, etiquetas e hilos de la costura. Cada libro parecía una galera de mago, repleta de sorpresas.
"¿Es cierto que descubrió la historia de un libro por unos gusanitos que encontró en su interior?", le preguntó La Nación .
"Los daños que sufren los libros son muy útiles, porque revelan su historia. En una obra, en Verona, vi que unos gusanos habían atacado sólo uno de los capítulos. Algo similar ocurría con ese mismo capítulo, pero en otros volúmenes. Así descubrí que los capítulos habían viajado por mar sin tapas, en distintas cajas, y que se los había reunido en esa ciudad", explicó. Sólo le faltó decir "elemental, Watson".
De familia
En la Argentina, la encuadernación fina, es decir, la artesanal y más costosa (una tapa de cuero vale más de 100 pesos), es clasificada por la DGI como "artesanía unipersonal" y suele desarrollarse fuera del circuito comercial masivo.
Este arte puede aprenderse en las carreras de bibliotecología y conservación. Pero es esencialmente una vocación familiar. "Lo importante es practicar en casa", dijo a La Nación la encuadernadora María del Carmen Magallanes, nieta, hija, esposa y madre de especialistas en la materia. Uno de los talleres de su familia, en La Plata, ya cumplió cien años.
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