La líder argentina detrás del estudio que logró prevenir en un 55% la demencia en adultos mayores explica por qué los resultados son un hito
El ensayo clínico, dirigido por la neuropsicóloga Lucía Crivelli y publicado en The Lancet, logró establecer cinco hábitos clave para la función cognitiva de los adultos mayores
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Reclutar a 1065 adultos mayores en 11 países, seguirlos durante dos años, coordinar a decenas de investigadores y lograr que todos apliquen exactamente la misma intervención es una tarea compleja. Sin embargo, ese fue el desafío que hizo posible LatAm-FINGERS, el ensayo clínico publicado hoy en la prestigiosa revista científica The Lancet, que demostró que incorporar de manera integral cinco hábitos cotidianos puede mejorar de manera significativa la función cognitiva de las personas con mayor riesgo de desarrollar demencia.
Desde Londres, donde presentó los resultados del estudio en la Alzheimer’s Association International Conference (AAIC) 2026, la neuropsicóloga Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal del proyecto, reconstruyó en exclusiva para LA NACION el detrás de escena de un trabajo que demandó cinco años de preparación y que hoy marca un hito para la investigación sobre prevención de la demencia en América Latina.

“Es una investigación que empezamos hace cinco años. Yo escribí el proyecto y lo presenté para conseguir apoyo. Finalmente obtuvimos una financiación muy importante de los Estados Unidos para desarrollar el estudio en los países participantes”, contó Crivelli.
El ensayo clínico seleccionó a 1065 personas de entre 60 y 77 años. Durante dos años, los investigadores evaluaron si una intervención simultánea sobre la actividad física, la alimentación, el control de los factores cardiovasculares, el entrenamiento cognitivo y la socialización podía modificar el curso del deterioro cognitivo, puntualmente el desarrollo de demencia, un conjunto de enfermedades, como el Alzheimer, que deterioran progresivamente la memoria y otras funciones cognitivas.
Los resultados fueron contundentes. Los participantes que recibieron la intervención multidominio obtuvieron una mejora de la cognición global un 55% superior a la observada entre quienes recibieron únicamente recomendaciones generales sobre hábitos saludables. Además, el beneficio alcanzó áreas especialmente relevantes para la vida cotidiana, como la memoria episódica, la atención y las funciones ejecutivas.
Pero detrás de esos resultados hubo una estructura organizativa inédita para la región. “Había una investigadora principal general, que soy yo, y después un investigador principal en cada uno de los países. Eso fue clave. Cada país tenía su autoridad científica local y su propio liderazgo”, explicó Crivelli.

Ese esquema permitió descentralizar una de las etapas más complejas del ensayo: el reclutamiento. En lugar de aplicar una estrategia única, cada centro recurrió a las herramientas que mejor conocía para acercarse a su comunidad. “Todos eran investigadores con muchísima reputación en sus países y muy vinculados con la población. Eso hizo que reclutar participantes fuera bastante sencillo”, contó.
Las diferencias entre países obligaron incluso a modificar las estrategias sobre la marcha. En Perú, por ejemplo, el equipo comenzó convocando personas de nivel socioeconómico más alto, pero rápidamente entendió que no era la población que necesitaban. “Esas personas ya tenían acceso a gimnasios, alimentación saludable y mucha información sobre salud cerebral. Entonces empezaron a trabajar con comunidades más vulnerables y con líderes religiosos. El primer participante fue un pastor y, a partir de él, el mensaje empezó a circular de boca en boca”, relató.
En la Argentina el proceso fue distinto. El reclutamiento se apoyó principalmente en la base de datos de FLENI, complementada con campañas en redes sociales. “Cada centro usó los recursos que mejor tenía para acercarse a su comunidad”, resumió.
El ensayo
Los profesionales seleccionaron personas de entre 60 y 77 años que, por diferentes factores de riesgo, eran más propensas a desarrollar demencia. Cada investigador incorporó cerca de 100 participantes, los cuales fueron asignados al azar a uno de dos grupos. La mitad recibió una intervención multidominio intensiva y estructurada; la otra integró el denominado grupo de intervención flexible.
Crivelli aclara que nunca hablaron de “grupo de control”. “Ya existía evidencia previa de que este tipo de intervenciones podía funcionar. Éticamente no podíamos tener personas con riesgo de demencia y no ofrecerles absolutamente nada.”

Por eso, quienes integraban el grupo flexible recibieron cuatro encuentros distribuidos durante los dos años del estudio en los que se les enseñó cómo cuidar su salud cerebral mediante recomendaciones sobre alimentación, ejercicio físico, control cardiovascular, entrenamiento cognitivo y socialización. La diferencia fue que no contaban con el acompañamiento permanente ni con el acceso a los recursos que sí recibía el grupo intensivo.
Uno de los hallazgos que más sorprendieron a los investigadores fue que ambos grupos mejoraron. “Esa es una de las cosas más notables del estudio”, destacó Crivelli. Para la investigadora, ese resultado abre una oportunidad importante para las políticas públicas. “Ya sabemos que informar sirve. Después habrá distintos niveles de intervención posibles”, señaló la neuropsicóloga.
La intervención intensiva
La intervención intensiva combinó cinco pilares. El primero fue el ejercicio físico, con cuatro sesiones semanales que incluían entrenamiento aeróbico, fuerza y equilibrio.
El segundo componente fue la alimentación. Los investigadores utilizaron la dieta MIND, considerada una de las más estudiadas para proteger la salud cerebral, aunque adaptada a la realidad de cada país latinoamericano. “No podíamos pedirle a Bolivia que consumiera mucho pescado cuando no tiene costa, ni recomendar frutos secos en lugares donde son económicamente inaccesibles. Adaptamos la dieta para que pudiera implementarse en cada contexto y eventualmente convertirse en una política pública”, explicó.

El tercer eje consistió en entrenamiento cognitivo mediante programas computarizados, también cuatro veces por semana. El cuarto estuvo orientado al control de los factores de riesgo cardiovascular. Los participantes aprendieron, por ejemplo, a controlar periódicamente su presión arterial y recibieron seguimiento clínico durante todo el estudio.
El quinto componente fue uno de los aspectos más novedosos: la socialización. Los participantes fueron separados en grupos de diez personas coordinados por psicólogos. Durante los primeros meses se reunían semanalmente; luego, cada quince días, y, finalmente, una vez por mes. Entre encuentro y encuentro mantenían contacto permanente mediante grupos de WhatsApp.
La especialista asegura que durante el trabajo de campo descubrieron una realidad preocupante: “La gente realmente no sabía que hacer ejercicio también le hace bien al cerebro. Seguimos pensando en el cuerpo y la mente como dos cosas separadas”.
Un legado más allá de la ciencia
Para Crivelli, el principal legado del estudio trasciende los resultados científicos. “Es muy esperanzador saber que una intervención no farmacológica, de bajo costo, puede producir cambios tan importantes. La información también cura. La información realmente produce cambios”, afirmó.
Ahora, sostiene, el desafío será transformar esa evidencia en acciones concretas. “Tenemos que construir puentes con la comunicación y, eventualmente, con quienes diseñan políticas públicas. La gente pregunta todo el tiempo qué puede hacer para prevenir el Alzheimer. Ahora tenemos evidencia generada en nuestra propia región para empezar a responder esa pregunta”.
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