
La tragedia, vista por los ojos de un médico del Ramos Mejía
Carlos Mercau aún se sorprende de lo que vivió esa noche
1 minuto de lectura'
En la noche del jueves último, el jefe de Neonatología del Hospital Ramos Mejía, Carlos Arturo Mercau, de 56 años, estaba con su familia comiendo en un restaurante. Ahí se enteró, por comentarios de otras mesas, que había un incendio enorme en la zona de Once, en un lugar donde había miles de personas. De inmediato se fue al hospital, que al estar a sólo siete cuadras del boliche República Cromagnon recibió más de 170 pacientes.
Cuando llegó, poco después de la medianoche, lo primero que vio fueron pacientes sentados y acostados. "Era un aluvión. Estaban por todas partes, no sólo en los pasillos del hospital sino también en las playas de estacionamiento y en los espacios verdes contiguos. Me impresionó, y me dio la pauta de que algo muy grave había pasado, algo que nos superaba", relata a LA NACION, todavía conmovido. Si bien hace 30 años que es médico, confiesa que esto fue algo para lo que nadie está preparado.
"Uno, como médico, se prepara para pelear la vida, pero esa muerte que no podés pelear, así, injustificada, que no tiene explicación, es lo que me abrumó", afirma. Según explicó, debido al cuadro de intoxicación por inhalación de monóxido de carbono, en muchos casos los chicos llegaban muertos, o con un cuadro irreversible.
Recuerda que cuando entró, una enfermera le tiró un par de guantes, y al principio ni siquiera tuvo tiempo de ponerse el delantal. Primero asistió a 18 chicos, en la sala de Pediatría, junto a otros médicos. Tenían contusiones, golpes y problemas respiratorios. Una vez que la situación estuvo controlada, fue a ayudar a la guardia general.
"La guardia parecía una escena de guerra: el piso estaba mojado por los fluidos de los pacientes, la sangre, las secreciones respiratorias. La gente escupía espectoraciones de color negro con restos de materia aspirada. Las camillas pasaban con pacientes intubados para hacer tomografías", grafica. En un momento, un colega le dijo "vení a ver esto" y entonces observó que en la sala de Traumatología, que se había dispuesto para los muertos, había más de 40 cadáveres apilados. "Ahí tuve la real dimensión de que era una catástrofe", dice.
Los chicos que atendían iban desde los 3 años a los 25. "Cualquiera podía ser un hijo nuestro. Cuando la emergencia había terminado, en la intimidad de las salas reservadas para nosotros, vi médicos curtidos, de años de profesión, llorar como chicos." El mismo, cuando llegó a su casa, y habló con su mujer, Alejandrina, se largó a llorar. Tiene cuatro hijos, de 29, 27, 25 y 21 años.
Una y otra vez, destaca, orgulloso, el trabajo de sus compañeros. "Desde el director, hasta las enfermeras, operadoras, personal de planta, todos se presentaron a trabajar espontáneamente. Estábamos todos ahí. El hospital fue uno solo".






