
La Universidad Favaloro produce nuevos médicos con experiencia
El graduado Daniel Absi recibió ayer su título y ya tiene seis años de hospital
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Asistió a chicos drogadictos en el Gran Buenos Aires. Atendió los partos más complicados en los rincones menos civilizados de Santiago del Estero. Presenció muertes inevitables, rescató vidas invalorables.
Daniel Oscar Absi no es el primer médico que deja el alma en su trabajo. Sin embargo, la originalidad de su caso es que logró acumular la experiencia de aguerrido veterano cuando todavía no era médico, sino estudiante universitario. Desde ayer se lo puede llamar doctor, lo mismo que a otros 30 jóvenes que recibieron su diploma de graduación en el auditorio de la Academia Nacional de Medicina, todos ellos integrantes de la primera camada de médicos salidos de las aulas de la Universidad Favaloro.
Junto con el diploma, Daniel recibió la medalla de oro como premio al mejor alumno, tal cual lo atestigua el número diez que figura en los registros como calificación general de su carrera.
"Estuve becado toda la carrera, junto con otros cinco estudiantes. Todos los años tenía que hacer una declaración jurada de los ingresos de mi familia para demostrar que no podía pagar la cuota", dijo ayer Absi, en diálogo con La Nación .
Cuando estaba en quinto año del secundario, Absi se presentó a rendir los exámenes de ingreso a la facultad: física, biología y química. Sus conocimientos de física eran más bien rudimentarios, pero consiguió la ayuda de un profesor de matemática financiera que lo asesoró en el breve espacio de los recreos. En biología fue asistido por la generosidad de un preceptor, y en química se las arregló por su cuenta.
Perfección académica
Se diría que los diez puntos de promedio no podrían ser mejores, que ya son la suma de la mayor perfección académica. Sin embargo, como desafío a la escala numérica que fija las calificaciones de cero a diez, el flamante doctor Absi desbordó las convenciones trepando hasta alcanzar lo imposible: un promedio de 10,05. Rareza inconcebible, más cerca de la hechicería que de la medicina.
El sistema de la Universidad Favaloro otorga un adicional de 0,60 puntos sobre el promedio general a quienes completan satisfactoriamente el sexto año de estudios, que consiste en trabajos clínicos fuera de las aulas. Como Absi tenía hasta ese momento una calificación general de 9,45, la suma superó el límite de 10. De todos modos, de allí no pasará el número que finalmente quede estampado en el certificado de estudios.
El médico prefiere no agotar su felicidad en discusiones médico-matemáticas. Otros temas acuden a su memoria desde el fondo del recuerdo, ganan terreno en su entusiasmo y ocupan el grueso de sus comentarios.
"Trabajamos en el hospital desde el primer año de clases. Son básicamente tareas de enfermería. Pero no usamos a nadie como conejillos de Indias. Antes de tocar a un paciente practicamos con muñecos y órganos artificiales, que hacen ruidos y luces cuando hacemos las cosas mal", señaló.
Ya en los primeros meses, los chicos recién salidos del secundario, lanzados de golpe sobre la realidad de la calle, trabajan en los hospitales curando heridas, sacando sangre, poniendo sondas y aplicando inyecciones. Labores de enfermería que serán de gran ayuda en el devenir de su carrera profesional.
Van entrando en contacto con las patologías, tanto simples como complejas. Sobre todo, dice Absi, hacen sus primeras armas en el trato con la gente: "La palabra puede hacer mucho bien. Un paciente se siente protegido cuando lo escuchan. Yo me sentía un alumno sin experiencia ni conocimientos, pero depositaban tanta confianza en mí, aun con mis limitaciones... Entender al paciente, darle la mano, abrazarlo, a veces es mejor que otras medidas".
Hacia el campo
"Lo que más impresiona al estudiante que está empezando no son los cadáveres, sino el dolor humano. Ver cómo una persona llora de sufrimiento en la cama, salir y ver a su familia, también llorando. Se siente impotencia", confesó Absi, que cumplió una pasantía en un hospital de la localidad bonaerense de San Martín.
Un convenio entre la Universidad Nacional de Tucumán y la Universidad Favaloro favorece la participación de alumnos de Buenos Aires en los programas de asistencia rural establecidos para los estudiantes tucumanos. Y el dolor fue un asunto serio cuando le tocó viajar a Santiago del Estero como parte del programa de estudios.
El grupo que integró Absi tenía base en Termas de Río Hondo. Desde allí partían todos los días al medio del campo. Acudían a caballo, con los medicamentos en mochilas y las vacunas en heladeras portátiles. Los esperaban, como elenco estable, chicos en edad de vacunarse y mujeres embarazadas, además de enfermos padeciendo las dolencias más insospechadas por la gente de la ciudad, como el mal de Chagas.
Sólo un médico puede resumir la aventura santiagueña como lo hizo el flamante graduado: "Fue una experiencia hermosa".




