
La violencia se esconde en la frontera
Detrás del contrabando y el paso de drogas se oculta un complejo contexto socioeconómico que entorpece las pesquisas
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YACUIBA, Bolivia.- Todos los días del año Yacuiba es un festival de consumo. Cuadras y cuadras de mercados al aire libre donde se apilan miles de zapatillas Nike, remeras de los Chicago Bulls, camisetas oficiales de Boca y River, ropa interior, cigarrillos, perfumes, bicicletas, relojes, medias, buzos, todos a precio de pichincha.
Los turistas argentinos llegan de a miles, pasando por el puente internacional de Pocitos, que une a Salvador Mazza del lado argentino y San José de Pocitos del lado boliviano, a 3 kilómetros de aquí. Al ver llegar a los argentinos, inconfundibles con sus bolsas repletas y sus caras de felicidad, ejércitos de vendedores ambulantes los rodean, los persiguen, los acosan con ofertas que parecen demasiado buenas para ser verdaderas: "Seis remeras por 10 pesos", grita un adolescente boliviano, mientras exhibe un arco iris de prendas de una conocida marca norteamericana. "Déle señor, elija un perfume francés por sólo tres pesitos", implora una mujer.
En las esquinas más concurridas se instalan decenas de cambiadores de dinero, que para atraer clientes exhiben cientos de billetes de monedas boliviana, argentina y norteamericana, mientras esperan alguna transacción. Decenas de taxistas van y vienen, manejando camionetas Toyota 4 x 4 cargadas de ansiosos compradores.
Alrededor de las zonas comerciales se abren amplias franjas de villas de emergencia, surcadas por basurales hediondos y zanjones donde perros sarnosos se tiran a dormir la siesta. Este lugar es Tijuana, pero más pobre, es como Ciudad del Este pero con mucha más ropa y mucho menos electrodomésticos.
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Desde su ventana del primer piso, en pleno centro de esta ciudad, César Speroni, el cónsul argentino en Yacuiba, escucha el bullicio con aire de resignación. "No es el lugar más cómodo para vivir, pero a mí me gusta porque estoy en medio de la acción," explica.
"Por el puente de Pocitos pasa entre el 70 y el 80 por ciento de las exportaciones argentinas a Bolivia. Todos los días cruzan 120 camiones y un tren de carga. Bolivia es comprador nato de alimentos argentinos y además compra mucho gasoil. El transito diario incluye 50 camiones cisterna con combustible diesel", detalla Speroni.
Por la misma frontera, unos 20 camiones diarios ingresan en la Argentina con productos bolivianos, sobre todo madera, ananá, palmitos y bananas, continúa exponiendo el cónsul. Speroni integra un comité de frontera que se reúne un par de veces al año para tratar temas de comercio, salud y seguridad. Dice que en esta zona el mal de Chagas es endémico, que hay brotes de cólera, de dengue y de sarampión, pero se está trabajando bien en el tema. De justicia y seguridad prefiere no hablar.
Cuando se le pregunta cómo puede ser que un par de zapatillas Pampero que cuesta 30 pesos en cualquier comercio del Once se consiga acá por menos de 15, o calzado de Reebook de básquet que no baja de 60 dólares en Nueva York, cuesta 20 en Yacuiba, el cónsul contesta que no todo es lo que parece.
"Toda la ropa que se vende se fabrica en Santa Cruz de la Sierra, con moldes que traen de Buenos Aires o de Estados Unidos. Casi todo es copiado. Las camionetas 4 x 4 las traen sin papeles desde Iquique (el puerto libre chileno) y las baratijas vienen de Asia. Y todo es muy barato porque no paga impuesto y además la mano de obra es casi regalada en comparación con nuestro país", cuenta Speroni.
La fortaleza del peso argentino a partir del plan de convertibilidad ha dado lugar a una explosión demográfica sin precedentes del otro lado de la frontera. En menos de 10 años, Yacuiba ha crecido de 20.000 a más de 80.000 habitantes y San José de Pocitos, de 2000 a 10.000. Mientras tanto, del lado argentino, Salvador Mazza se ha mantenido estable en 18.000 habitantes.
La privatización de YPF y de Gas del Estado ha forzado a cientos de empleados despedidos a depender de la economía informal que se origina en Bolivia. En el norte de Salta se consiguen cigarrillos Marlboro "made in USA" por un peso, y los mejores restaurantes sirven vinos argentinos exportados a Bolivia y reimportados de manera ilegal.
A Yacuiba llegan compradores de todo el norte argentino. Según el administrador de Aduana de Salvador Mazza, Ronaldo McLean, el contrabando boliviano surte a todos los mercados de pulgas de Salta, Jujuy, Tucumán, Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero y el este del Chaco.
"Se ha hecho una campaña muy fuerte para frenar el contrabando, pero aunque tuviéramos 2500 agentes para controlar la frontera, en vez de 100, tampoco lo podríamos frenar," analiza el representante local de la AFIP.
Todos los días llegan unos 25 ómnibus de línea trayendo compradores a la zona de Pocitos. Muchos de ellos viajan toda la noche, se pasan el día comprando y regresan a la noche siguiente. Como solamente pueden pasar hasta un valor de 150 pesos en productos por mes, la operatoria consiste en pagarle a los bagayeros uno o dos pesos para que crucen las bolsas por la quebrada, burlando los controles aduaneros.
Según fuentes oficiales, más de la mitad de la población de Salvador Mazza depende del bagayeo o contrabando hormiga. El resto también depende indirectamente del bagayeo, por que es la única industria que da empleo a la población local.
MacLean es una especie de sheriff del pueblo. Temido, respetado, y odiado por igual, tiene fama de incorruptible. Recibe amenazas constantemente, protege su casa con un sistema de video, siempre se ofrece de testigo en los procedimientos de la Gendarmería y es de armas llevar.
En lo que va del año su organismo redactó más de 6200 actas de secuestro de mercaderías que fueron pasadas de contrabando en la frontera y el impacto se hizo notar.
El año último, los bagayeros organizaron una manifestación. Cortaron el acceso al puente internacional, demandando "que se respete la libertad trabajo". El intendente de Salvador Mazza, Francisco Ibáñez, se puso al frente de la demostración, según él, para calmar los ánimos y evitar que destruyan la aduana.
"Acá el bagayeo es una tradición -dice Ibáñez-. Al que vive acá le molesta una barbaridad que por una cuestión lógica deba comprar sus alimentos en Bolivia y tenga que hacer peripecias para pasar una serie de controles. Salen a las ocho de la mañana y cuando vuelven ya son las tres de la tarde y es demasiado tarde para cocinar." Para Ibáñez la cosa está clarita: una bolsa de cemento argentino que cuesta 8,80 pesos en Salvador Mazza se consigue a 5,50 del otro lado de la frontera. Un cartón de leche en polvo cuesta 4 pesos en su ciudad, pero sólo 2,20 del otro lado del puente. "Para McLean, acá es muy fácil para hacerse el duro, pero la gente bagayea porque desde que se fue YPF, no hay ninguna empresa que garantice la fuente de trabajo."
McLean tiene una visión más conspirativa de los pobladores de Salvador Mazza: "No nos engañemos, acá el que no hace contrabando, transporta, esconde mercadería en su casa, o hace de campana".
El negocio de los bagayeros se redujo sensiblemente desde que la AFIP, la Gendarmería y el Departamento de Rentas del gobierno salteño inauguraron, el año último, la aduana de Aguaray, 17 kilómetros al sur de Salvador Mazza, por la ruta 34. La aduana de Aguaray acabó con el gran negocio de los tours de compras, o por lo menos lo complicó mucho al obligar a los bagayeros a transportar el contrabando hasta Tartagal u Orán, transitando más de 50 kilómetros por caminos secundarios.
Las cifras de la Gendarmería son contundentes: en 1995, se secuestraron 1657 cargamentos de contrabando en la Región VII que comprende Salta y Jujuy. La cifra aumentó a 3295, en 1996, y volvió a trepar a 7240, en 1997. Pero desde la creación de la aduana de Aguaray, la cantidad de secuestros se multiplicó por 15: en los primeros seis meses de este año, se contabilizaron 58.509 secuestros de contrabando.
Salvador Mazza sintió el cimbronazo. Antes de Aguaray, más de 5000 personas por día cruzaban el puente; ahora son sólo 2500. Pero el bagayeo sigue. "Si se corta el bagayeo la gente se va a dedicar a robar estéreos, pasar drogas, o peor," dice un conocido empresario de Pocitos. El empresario, que se dedica a negocios financieros, trabaja en una jaula. Desde que su empresa fue asaltada hace un año, hizo instalar una reja con barrotes de acero detrás del mostrador de atención al público. Tras esa reja hay tres oficinas, una sala de reuniones y todo el equipo informático de la empresa.
El empresario se queja de que la caída en el negocio del bagayeo ha redundado en un incremento de la actividad delictiva: asaltos, robos de automóviles, tráfico de drogas, hambre, inseguridad.
Según fuentes oficiales de ambos lados de la frontera, a medida que se ajustaron los controles migratorios y aduaneros, delincuentes comunes se han ido mezclando con los turistas que vienen de compras. Para estas fuentes no es casualidad que seis delincuentes argentinos están sospechados de balear a tres cambistas bolivianos en los últimos meses.
"En Bolivia no existe una tradición de robo a mano armada. El tipo violento, el que tira a matar, ése es de acá", dice Wilman Machado, el cónsul boliviano en Salvador Mazza. "Nosotros tenemos el pillo, el que roba una cartera, pero nunca el agresivo que mete el tiro."
Mirta Da Costa Ferreira, la fiscal de Yacuiba que investiga los asaltos a los cambistas, se ha visto en la necesidad de implorarles a los comerciantes bolivianos que tomen medidas para protegerse de los asaltantes argentinos: "Los librecambistas son demasiado confiados o quizás tan inocentes que realizan sus actividades al descubierto y deben buscar más protección en el cumplimiento de sus actividades".
Del otro lado de puente parte la misma advertencia: "Esto va a terminar mal. Los bolivianos no se cuidan y hay mucho dinero circulando en la calle. Por eso llegan delincuentes tucumanos, cordobeses, paraguayos y peruanos, atraídos como abejas a la miel", dijo un funcionario argentino.
El problema se complica aún más porque nadie confía en la Justicia y en la policía de Yacuiba. Desde ambos lados de la frontera, fuentes calificadas afirman sin dudar que muchos funcionarios bolivianos son permeables a todo tipo de sobornos.
Consultado sobre el tema, Machado, el cónsul boliviano, ensaya una sonrisa tímida, como pidiendo perdón. "El gobierno está empeñado en una lucha frontal en contra de la corrupción, pero esto recién comienza -contesta el cónsul-. No se puede solucionar de la noche a la mañana."
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Silvia parece una adolescente, pero tiene 21 años y tres hijos que debe mantener. De día limpia casas. Por las noches se dedica a bagayear. Su patrón le pide que hable y Silvia, avergonzada, se confiesa ante La Nación : "Traigo cigarrillos y hojas de coca por el puesto 5 y el puesto 3. Los gendarmes me dejan pasar por que soy amiga. Gano cinco pesos por pasada y hago tres por noche."
Silvia pertenece a una organización que provee la mercadería en Bolivia, el comprador en la Argentina y la protección de lo que aquí se llama el puntero, que se encarga de arreglar con la Gendarmería el libre tránsito de los pasadores. En Salvador Mazza decenas de vendedores ofrecen contrabando en la vía pública sin prestarle atención a los gendarmes que pasan a su lado.
"Yo sé que están vendiendo contrabando, pero nuestra preocupación fundamental es el tráfico de drogas," explica el segundo comandante de Gendarmería, Pedro Acuña, mientras recorre la ciudad. "Si yo agarro a una vendedora, se pone a gritar, arma un escándalo y en un segundo tengo a todo el pueblo reclamándome que la deje en paz."
La relación entre los pobladores y los gendarmes en Salvador Mazza dista mucho de ser la ideal, y la brecha parece haberse agrandado desde que el jefe del hampa local ejecutó a dos gendarmes hace menos de dos semanas.
"Acá matan a un gendarme y nadie dice nada, pero si un gendarme mata a un civil, se arma un despiole terrible," se queja el sargento Arce mientras hace guardia en el puente.
Arce tiene razón. Salvador Mazza no lloró a los gendarmes, pero se alzó en protesta en el invierno pasado cuando un gendarme "gatillo fácil" Chacana, en menos de un mes, mató a dos pobladores mientras cruzaban la frontera cargando alimentos y hojas de coca desde el lado boliviano.
La primera víctima, Teófila Portales de Bravo, baleada en el valle de Las Rosas, causó una protesta formal de las autoridades de la ciudad ante el comando local de la Gendarmería. La segunda víctima, Ricardo Moreno, baleado por la espalda cerca del puesto 5, casi enciende una pueblada.
Más de 100 vecinos portando pancartas se manifestaron frente al cuartel de Gendarmería al grito de "No se olviden de Moreno". Chacana debió ser trasladado.
Aunque nadie lo admita públicamente, el asesinato de los gendarmes en manos de un hampón local fue visto por muchos pobladores como una suerte de reivindicación por tantos años de supuestos tratos abusivos, arbitrariedades, excesivo uso de fuerza y demás pecados reales o inventados.
"¿Porcel? No lo conozco a ese changuito", contestó el intendente Ibáñez, haciéndose el distraído, cuando La Nación le preguntó por el asesino múltiple, contrabandista y narcotraficante más famoso de Salvador Mazza, hoy buscado por el asesinato de los gendarmes Salto y Reynoso. Mientras tanto, en silencio, la guerra continúa.
El viernes último, el primer alférez Alberto Américo Godoy, jefe del destacamento de Gendarmería de Aguaray, no podía ocultar su alegría. Entre el jueves por la noche y el viernes por la mañana, sus hombres habían interceptado un total de seis encomiendas en dos viajes de la línea de ómnibus Atahualpa, con destino a la localidad salteña de General Martín Miguel de Güemes.
Cada paquete contenía ocho pares de ojotas hawaianas con suela doble. Las máquinas de rayos X de la aduana detectaron que las suelas de las ojotas tenían doble fondo y adentro de cada ojota encontraron 120 gramos de cocaína, por un total de 16 kilos, 235 gramos.
"Esta vez los agarramos", celebró Godoy. Las encomiendas no tenían remitente ni destinatario, por lo que la investigación recién comenzaba, pero se había golpeado a los traficantes donde más les duele y, ese día, los gendarmes estuvieron contentos.
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