
Las que más abandonadas se sienten son las casadas
Por Lía Jelín Especial para LA NACION
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¿Qué es, en realidad, una mujer sola? Unica respuesta-establishment: la que no tiene un marido.
Enumeremos: mujer+exitosa profesional+no marido=sola. Mujer+hijos+no marido=sola. Mujer+estudiante+no marido=sola. Etc.+no marido=sola.
Esto es así porque en el inconsciente colectivo de nuestra sociedad, tanto de hombres como de mujeres, la mentalidad no está acorde con el siglo que está comenzando, no es ni siquiera la del que está terminando: es directamente la del siglo XIX.
Hay mujeres que si no tienen un marido se sienten incompletas. No hablo de tener un hombre o un compañero o un amante; digo "marido". Como si ese status fuese la solución total para la soledad.
Vil mentira. Solapada infamia. Si hay alguien verdaderamente sola, es una esposa.
En este punto tendría que elegir proseguir esta columna por uno de dos caminos, pero como soy mujer, seguiré por ambos.
Solas, y ellos chateando
Camino 1: las solas de Internet, que son legión. Hoy, las mujeres casadas estamos más solas que nunca; ya no comemos juntos, ni vamos al cine, ni vienen amigos, ni siquiera nos peleamos más por el control remoto del televisor: los maridos chatean.
Tienen alrededor de veinte novias cada uno, con las que establecen una relación más interesante que con nosotras. Ellos están felices: estas mujeres los admiran, los adulan y ponen en funcionamiento toda una batería de armas de seducción contra la que es imposible competir: el misterio, la novedad, la aventura, la calentura y -¿por qué no?- la inteligencia.
Y que una, pobre infeliz que odia chatear porque sigue prefiriendo el tête-a-tête , no tiene ninguna posibilidad de imitar, ya que está de cuerpo presente y bastante desgastada. Me pregunto si esta nueva manera de infidelidad computadorizada ha sido considerada por las estadísticas.
En el cuerpo a cuerpo
¡Así no vale, muchachas solas! El ciberespacio no soluciona nada. Sólo vale el cuerpo a cuerpo. El amor está a la vuelta de cualquier esquina, y se lo encuentra caminando.
A veces me pregunto por tanta viuda sola y llorosa de su soledad.
¿Cuántas entidades de bien público necesitan de sus personas, de sus manos, de sus palabras y de su amor estancado?
Cacho, el plomero
Camino 2: en Confesiones de Mujeres de 30 abordamos la frustración, las angustias y la soledad, pero con humor. El único episodio esperanzador es uno en el que a la actriz, después de separarse del mismo marido diez veces, su hijo le recomienda que se busque un novio.
Y en medio del dolor se consigue uno. Y ese uno es Cacho, el plomero, que la invita a la cancha a ver un Boca-River.
Al primer gol de Boca, Cacho le encaja un chupón que la conmueve y desestructura, y entonces ella se da cuenta de que para ser feliz hay que dar vía libre a la instintividad, o sea "abajo las barreras socioeconómicas", o "qué importa si la que gana plata es ella". Las limitaciones al amor son reglas perimidas.
Como leerán, todo lo que escribo son incoherencias inconexas, típicas del pensamiento femenino: barroco, apasionado, frágil, vengativo, deshilachado, ilógico como nuestro sexo; oculto y voraz, pero sin dientes.
Post scriptum. Después de haber hecho cuarenta y siete puestas en escena de obras teatrales (incluyendo la reciente ganadora del premio ACE, "Maní con chocolate"), únicamente se me reconoce públicamente por haber sido la directora de Confesiones de Mujeres de 30. Esto también me hace sentir sola.
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