
Libertad y miedo son las claves para comprender el siglo XX
En su última obra, el investigador repasa los aspectos políticos de la historia reciente
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A pesar de que en su departamento de la calle Montevideo posee un cómodo estudio, tapizado de libros y bañado abundantemente por el sol de la mañana, el Instituto Di Tella es, desde hace muchos años, el lugar donde Natalio Botana se siente más a gusto para trabajar.
Allí, "donde hay más volúmenes de historia y ciencias sociales", escribió de principio a fin su último libro, "El siglo de la libertad y el miedo". La obra, cuyo título recuerda un viejo escrito de Germán Arciniegas, repasa los aspectos políticos de la centuria que termina; sin duda, uno de los períodos más prósperos, pero también más dramáticos de la era contemporánea.
Botana considera que se trata de la época en la que se experimentó, como nunca antes, una contraposición atroz -y global- entre libertad y miedo. "Hay momentos de este siglo en los que el espectador tiene la impresión de que la piedad y la misericordia fueron abolidas por completo de la historia", comenta en diálogo con La Nación . -Si se piensa en las guerras, en el Holocausto, en la xenofobia que persiste y en las profundas crisis políticas, se diría que en este siglo el miedo estuvo más presente que la libertad.
-Hubo décadas terribles, como la del 30 y, por cierto, la del 40 en Europa, cuando se produce la matanza humana más escalofriante. Con respecto a la Argentina, no tengo ninguna duda: los años ´70 fueron los más sombríos. El miedo se convierte en un elemento clave del poder político. Pero no hay que olvidar que éste también es el siglo de la libertad, porque en su transcurso se puede advertir uno de los esfuerzos más conscientes y deliberados por construir una democracia con tres valores que, por momentos en el siglo XIX, parecían incompatibles: libertad, igualdad y justicia.
-¿Por qué un período con tantos avances científicos es, al mismo tiempo, tan irracional? ¿Alcanza con explicar que el bien y el mal se encuentran en la naturaleza humana, como usted recuerda brevemente en su libro?
-Mi obra no intenta una explicación filosófica. Es, más bien, una exposición histórica y política. Pero reconozco que ésa es una incógnita que me ha perseguido toda mi vida. Trato de dar, sí, algunas pistas explicativas. La intoxicación ideológica es una de ellas: en el siglo XX se mató en masa en nombre de la historia, del hombre nuevo, de la nación.
-Usted afirma que la alternancia entre libertad y miedo no es propia de esta centuria, aunque tuvo en ésta, como nunca antes, irradiación universal.
-Ciertamente, por vez primera en la historia vivimos un siglo auténticamente planetario. Hay una conciencia de planeta: todos los hechos (buenos o malos) suceden y sucedieron, para nosotros, en el mundo.
-¿El desencanto político también es una generalidad típica de nuestro tiempo?
-Yo sostengo que la era ideológica que se vivió entre el fin de la Primera Guerra Mundial y la caída del Muro de Berlín, en 1989, ahora está aplacada y que bajo ningún punto de vista esas siete décadas pueden ser consideradas positivas para el destino de la humanidad: la ideología enmascaró, ocultó, sirvió para justificar las peores masacres. Sin embargo, me inclino a adoptar un punto de vista más esperanzado. Creo, efectivamente, que entre tanta zozobra política se han decantado algunos valores universales. Entre ellos, algo muy elemental, que a veces se olvida: este año celebramos los 50 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
-Buena parte de su obra está dedicada a la legitimidad política. Usted cita a un historiador italiano casi olvidado, Guglielmo Ferrero, quien afirmaba: "Mayoría y minoría, derecho a gobernar y derecho a oponerse, he aquí los dos pilares...".¿En la Argentina estuvieron alguna vez presentes, y juntos, estos dos pilares?
-Bueno,entender estos principios de legitimidad tan sencillos ha costado muchísimo trabajo. Se puede decir que desde la ley de sufragio secreto y obligatorio la Argentina llevó adelante una muy ardua tarea sembrada de odios y discordias para asimilar esos conceptos. Tanta presencia han tenido las tradiciones negativas en la historia argentina que sólo recientemente se ha logrado superar la tentación hegemónica de reformar nuevamente la Constitución para que un presidente continúe en el ejercicio del poder.
-¿Cuál podría decirse que fue la época más ilegítima del siglo XX en nuestro país?
-Yo diría que fue el largo período que comienza en 1930 y finaliza en 1983. Se trata de una unidad histórica de medio siglo, en la que se pueden observar momentos de ilegitimidad intensa, con una terrible presencia de la violencia y la muerte. En rigor, durante ese lapso el país fue un cementerio de hegemonías frustradas, porque los gobernantes querían durar a cualquier precio. Y todos, también, caían.
-¿Y cómo evalúa la situación actual? Hace un rato mencionaba la voluntad hegemónica de Menem...
-Quizás el ideal de la legitimidad nunca pueda ser alcanzado plenamente. Pero igualmente tengo esperanzas. Creo que la Argentina, a partir de 1983, marcha por el buen camino. Lo que ocurre es que ese camino está sembrado de dificultades, porque la democracia es el único principio de legitimidad que no está acabado plenamente. La democracia es una apuesta al ser humano dotado de razón, capaz de deliberar, de argumentar y de encontrar una solución práctica de los problemas que diariamente se le plantean. Claro que también arrastramos sedimentos del pasado. Uno, muy importante, es la tentación hegemónica.
-¿Qué es lo que falla en el sistema para que perdure ese sedimento?
-No tiene que ver con el sistema constitucional mismo, sino con estilos y hábitos de hacer política muy arraigados en nuestra historia. Por suerte, la tradición hegemónica que perdura choca con otra tradición, hoy muy vigente, que es la búsqueda de pluralismo y el respeto a las instituciones. Actualmente parecería que los personalismos no logran imponerse en la Argentina con la fuerza con la que se impusieron en décadas anteriores.
-Usted dice que una de las lecciones del siglo XX es que la libertad lograda paulatinamente por momentos ha desaparecido con fulminante rapidez.
-Sí. Una de las enseñanzas más patéticas de este siglo es que, en la primera década, los historiadores creían que el mundo iba por el camino de una evolución benéfica. Y bueno, años después estalló la Primera Guerra Mundial y el mundo se enlodó en las trincheras. Sobre la pulverización de las relaciones sociales y económicas se erigieron los modelos totalitarios (el leninismo, el fascismo y, por fin, el nazismo).
-Entonces, en un mundo de aparente concordia, más allá de algunas excepciones, ¿hay razones para temerle al futuro?
-Nos conviene ser modestos. Nunca debemos estar seguros de nuestros aciertos. La acción humana tiene consecuencias no queridas, imprevisibles.





