
“Lo máximo a lo que se puede llegar”: una argentina especialista en galaxias fue galardonada con el “Nobel” de Astrofísica
Nacida en Bahía Blanca y formada en la Universidad de La Plata, Amina Helmi fue premiada por haber descubierto la evidencia fósil de cómo se construyó la Vía Láctea
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Amina Helmi, nacida en Bahía Blanca y formada en la Universidad Nacional de La Plata, es la primera argentina en recibir el premio Kavli en astrofísica. Compartió el galardón con Vasily Belokurov, de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), y Rodrigo Ibata, de la Universidad de Estrasburgo (Francia).
“Es increíble estar acá”, le dijo Helmi a LA NACION. “Creo que es un premio a la carrera, al esfuerzo y al trabajo de tanta gente con la que colaboré todos estos años; como no hay Nobel de Astrofísica, esto es lo máximo a lo que se puede llegar”, agregó la investigadora desde Oslo, ciudad signada por la muerte del rey Harald V, ocurrida el viernes pasado, y el inminente juramento de Haakon VIII, su hijo, como nuevo rey. Con la bandera a media asta, la semana de los Kavli sigue su curso con conferencias y encuentros, con el fin de reconocer el desempeño de la argentina y los otros nueve investigadores laureados.
Helmi es hija de madre holandesa y padre egipcio, quien fue profesor de química en suelo argentino. Estudió Astronomía en la UNLP. Su primer acercamiento a la astrofísica fue cuando trabajó en el Planetario de Buenos Aires. En plena crisis de 2001, con 31 años, se fue del país y no volvió a residir aquí.
Desde hace 25 años vive en Holanda, donde es investigadora de la Universidad de Groningen. Su trabajo constituye una suerte de arqueología de las galaxias: investiga cómo se forman, se desgarran y se separan. Según explicó el comité del premio, la argentina fue reconocida por “descubrir la evidencia fósil de cómo se construyó la Vía Láctea”
Además de sus estudios sobre la Vía Láctea, estudia la naturaleza de la llamada “materia oscura”, como se ha nombrado a un tipo de materia desconocida que aparece en las ecuaciones como parte fundamental del universo, pero cuyas características aún son incógnitas.
“Los galardonados con el premio Kavli han utilizado los restos de galaxias devoradas para demostrar que nuestra galaxia es la superviviente de enormes colisiones cósmicas de hace miles de millones de años, lo que nos ofrece una visión revolucionaria de cómo se forma nuestro universo”, explicó Per Barth Lilje, presidente del Comité del Premio Kavli de Astrofísica, a la hora de justificar el premio de Helmi y sus colegas. De algún modo, su trabajo habla de la Vía Láctea como un lugar tranquilo al mostrar una historia de fusiones y captaciones gravitatorias en una narrativa que fue definida como “canibalismo galáctico”.
Los Kavli son la versión noruega de los premios Nobel. Además del reconocimiento, entregan el equivalente en coronas noruegas de un millón de dólares por categoría. Además de reconocer a referentes mundiales en astrofísica, también tiene categorías de nanociencias y neurociencias. Fueron creados en 2008 por el empresario y tecnólogo Fred Kavli (1927-2013), nacido en un pueblo de los fiordos noruegos y con una gran carrera en Estados Unidos. Pero a diferencia de los centenarios premios suecos, se concibieron con la intención de reconocer a las disciplinas que estudian lo más pequeño (nanociencias), lo más grande (astrofísica) y lo más complejo (neurociencias), y que dan cuenta de cómo funciona el mundo.
Los otros galardonados
En nanociencias, el premio fue entregado a Eva Andrei (de la Universidad de Rutgers, Estados Unidos), Pablo Jarillo-Herrero (MIT-Boston) y Allan MacDonald (Universidad de Texas), por los avances realizados en el campo de la llamada “twistrónica” o electrónica de torsión o de giro, en la que pequeñas modificaciones o giros en los materiales cambian sus propiedades electrónicas. Es algo que sucede a escalas microscópicas y puede generar, por ejemplo, que el grafeno tenga superconductividad. Fue tan extraño el logro de la pionera Eva Andrei que ni siquiera los expertos lo entendían y tuvo que batallar para que le publicaran su trabajo, en 2009, donde demostraba eso: que el control geométrico (la torsión) de una capa extra de grafeno modificaba sus propiedades.
Un par de años después, MacDonald, co-premiado, le dio un sustento teórico al hallazgo y encontró el ángulo mágico de esa intervención: 1,1°. Más tarde, el español Jarillo-Herrero realizó experimentos cruciales para el control de estos nanomateriales y para lograr la superconductividad. Todo esto, por raro que parezca, tiene aplicaciones en la vida cotidiana, y algunos hasta se animan a decir que el descubrimiento podría ser importante para la computación cuántica.
En neurociencias, en tanto, el Kavli fue para un cuarteto: Christine Holt (Universidad de Cambridge, Reino Unido), Kelsey Martin (de la Fundación Simons, Estados Unidos), Erin Schuman (Instituto Max Planck, Alemania) y Oswald Steward (Universidad de California Irvine) por “el descubrimiento de la traducción local de proteínas en las neuronas y el establecimiento de su importancia para el desarrollo y la plasticidad del cerebro”, según detalló el jurado de la Academia Noruega de Ciencias y Letras, asociada a la Fundación Kavli para estos premios.
Se trata de trabajos acerca de cómo se dan materialmente en las neuronas las conexiones que le permiten aprender al cerebro. Según descubrieron, es gracias a las proteínas que intervienen y que son producidas localmente, cerca de las sinapsis que las conectan (es decir, no transportadas desde otros lugares del cuerpo), algo que rompió con un dogma establecido. “Estos descubrimientos transforman radicalmente nuestra comprensión de la plasticidad en las células cerebrales y tendrán implicaciones para el estudio de afecciones neurológicas y psiquiátricas”, dijo Edvard Moser, presidente del Comité del Premio Kavli de Neurociencia y Premio Nobel de Medicina de 2014.
Cada uno de los premiados aportó algo a este conocimiento: Steward tuvo una pista de que esto podía suceder a través de su trabajo con microscopios; Schuman afirmó que la plasticidad sináptica requería síntesis de proteínas rápidas y localizadas, y que las neuronas producían sus propias proteínas (era una declaración fuerte y muchos no le creyeron); Martin demostró que el fortalecimiento de las conexiones entre neuronas durante el aprendizaje requería la síntesis de proteínas localizada; y finalmente Holt corroboró que las ramificaciones de las neuronas poseen su propia maquinaria para suministrar nuevas proteínas.
“Premiar a estos excelentes científicos no solo constituye un reconocimiento de sus logros, sino que se trata de una inversión en nuestro futuro en común, una afirmación de la curiosidad, el rigor y el coraje que dirige el progreso humano”, señaló la antropóloga Annelin Eriksen, presidenta de la Academia, al relacionar el conocimiento profundo del mundo y la humanidad como un modo de continuar en próximas generaciones de “teóricos, investigadores e inventores”.
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