
Los 140 años del registro para patentar inventos
El primero fue una receta para conservar cuero, lana y sebo
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No sólo el dulce de leche, el colectivo o la birome. Los inventos argentinos son tan numerosos que abarcan las aplicaciones más diversas. Desde los de utilización masiva hasta los más específicos. Desde un simple sacacorchos hasta elementos que enriquecieron el arsenal quirúrgico. Esta capacidad argentina -reconocida en el mundo- parece dar razón a la frase de Einstein: "La imaginación es más valiosa que el conocimiento".
Esa labor quiso homenajear el Instituto Nacional de la Propiedad Industrial (INPI), con la publicación del libro "140 años de registros de progreso", cuya presentación hoy, en la sede de la entidad -San Martín 1225-, estará a cargo de su presidente, Mario R. Aramburu.
El período a que se refiere se inició el 11 de octubre de 1864, cuando el Congreso de la Nación sancionó la ley 111, que creó el Registro de Patentes, iniciativa impulsada por el horizonte incipiente de una Argentina en progreso, que ya se vislumbraba.
Dos años más tarde, el 1° de diciembre de 1866, la norma oficial fue estrenada al acreditarse la primera patente de invención, concedida a Antonio Carcenac y Santiago Barrère, por una receta para la conservación de cueros vacunos y lanares, lanas sucias y sebos. Los inventores no sólo patentaron su fórmula, con alto valor para las actividades de la época, sino que ganaron la recompensa instituida durante los gobiernos de Mitre, Sarmiento y Avellaneda.
Como un síntoma de que sería sólo el primer paso de una rápida y nutrida cadena de presentaciones similares, apenas 20 días después se aprobó un dispositivo de Severino Pizarro que permitía extraer agua de pozo por medio de un balde. Suena como una obviedad, pero la innovación de Pizarro pulverizó los récords de esos años. Incluía la aplicación de un mecanismo que parecía concebido por Leonardo Da Vinci: el balde corría a lo largo de unas guías movidas por un pequeño motor, que elevaban el agua y la vertían al llegar a la superficie, lo cual facilitaba la labor de tracción del caballo que completaba el "equipo". Se podían llenar hasta 25 pipas de agua por día, cuando el promedio alcanzado entonces por un peón no llegaba ni a la mitad de esa cifra.
Una década más tarde, apareció la primera marca registrada, otorgada al norteamericano Melville Bagley, residente en nuestro país, y el producto pionero fue la Hesperidina. Ya eran habituales sus avisos publicitarios en LA NACION, destacando las propiedades curativas de este licor. Pero la Hesperidina fue también el primer producto que generó planteos judiciales (el ángulo ríspido de la historia de los inventos, aquí y en todo el mundo), al ser aprovechada la fama que había adquirido la bebida para promocionar otras similares, con un leve cambio en su denominación, como la "Nueva Hesperidina Mitre", que empezó a fabricar y vender un tal Enrique Bonifacio. La Justicia falló prohibiendo esa variante, que ahora llamaríamos "trucha", y concedió a Bagley la propiedad del nombre básico de su famoso bitter. El proceso no hizo más que aumentar notablemente su consumo.
"Las mujeres no tienen capacidad para inventar", puede haber sido frase proclamada alguna vez en los más irreductibles bastiones del machismo. La obra del INPI la desmentiría.
En 1892, Glefira Hors del Carmen pidió la exclusividad para enseñar y difundir un curso de "corte y confección". Su aprobación se convirtió en la primera patente internacional en el rubro. El trámite resultó igualmente exitoso para los planos de Carolina del Viso, que describían un artefacto aplicador de corriente eléctrica estática a pacientes que lo requerían.
Constituye el antecedente de los notables inventos de uso hospitalario debidos al ingenio de los doctores Enrique Finochietto, en el ámbito quirúrgico en general, y los de René Favaloro, en medicina cardiovascular.
"El libro del INPI refleja la creatividad argentina, que nos debería llevar a repensar en nuestras posibilidades para repensar el desarrollo y recuperar el progreso", opina Graciela Adán, que coordinó el proyecto de trazar la historia del "talento orientado a la solución de problemas; 1890 y 1920 fueron años clave, con menos universidades que ahora y sin Internet. Fue un reto, aceptado de modo formidable. Y debería asumírselo nuevamente".
Surgidos de mentes brillantes
La lista de logros de los inventores argentinos es extensa. Y hay de todo. Incluye, entre muchísimos ejemplos del ingenio vernáculo, un tipo de aerostato, de Elías O´Donnell; el sistema dactiloscópico, creación de Juan Vucetich; el piano sonoro, de Juan Bertagni; la tecnología para producir dibujos animados, de Quirino Cristiani; el sistema de navegación nocturna, de Vicente Almonacid; el semáforo para ciegos, de Mario Dávila, o la jeringa autodescartable, de Carlos Arcusín.
En gastronomía, habría que anotar platos ahora tradicionales en las mesas argentinas, como las milanesas napolitanas, el arroz a la cubana, el revuelto Gramajo y la salsa golf, aderezo atribuido al premio Nobel doctor Luis Federico Leloir.
Un inventor muy especial fue el escritor Roberto Arlt, que nunca consiguió un productor para sus medias de mujer que no se corrían, mientras que la máxima extravagancia sigue siendo la de Alberto Nespal, que en 1960 superó las caras de sorpresa y logró patentar sus "72 maneras de apoyar la cabeza en las manos".






