
Los argentinos coparon Camboriú
Los precios baratos hicieron aún más atractivo este balneario.
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CAMBORIU.- Espigados edificios, casi rascacielos, sobre la avenida Atlántica. Quioscos en la vereda, ahí nomás, junto a la playa que siempre, pase lo que pase, está repleta de gente. Un teleférico que, volando de morro a morro sobre el mar, ofrece una vista candorosa. Y, sobre todo, un gigantesco Cristo que, desde lo alto, vela por la buenaventura de los lugareños y de los visitantes por igual.
Las similitudes son tantas -y están ahí, sin pretensión de no serlo-, que sólo cabe un apelativo: en el sur brasileño, Camboriú es a Santa Catarina lo que Copacabana a Río de Janeiro.
Postal e imán turístico, Camboriú es uno de los mayores polos de atracción para los argentinos en esta temporada de verano en la que viajar a Brasil resulta, casi, más barato que quedarse en casa.
Balneario Camboriú, como se llama en verdad (porque la verdadera Camboriú, la que le da el nombre, está alejada de la playa y muestra su cara más pobre), es una enorme ciudad de cara al océano.
Son ocho kilómetros de arena bañados por un mar caliente y de olas traviesas, encerrados entre dos morros flanqueados por pequeños arroyos, las barras sur y norte.
Una franja oceánica que, como nunca este año, está llena de argentinos. Bonaerenses en su mayoría, aunque se hacen sentir también, y mucho, los cordobeses, santafecinos y tucumanos.
Arena y mar no son la única oferta de Camboriú para los argentinos: las diversiones acuáticas y las liquidaciones de la industria textil son para ellos un verdadero imán.
Aquí se pueden comprar cuatro remeras por 10 reales ($ 5,50) o comer en uno de los tantos restaurantes de tenedor libre por 7 reales (el equivalente a 4 pesos), sin bebida incluida, aunque eso no importa, porque también es baratísima.
Y ni hablar de los alquileres: un departamento de dos ambientes, equipado y en pleno centro, cuesta 500 dólares por mes. Y se pagan 200 más por un tres ambientes.
La posibilidad de hacer valer los dólares sobre el devaluado real, y la amplia variedad de opciones de esparcimiento y diversión para grandes y chicos explican por qué Camboriú está llena de turistas.
Más allá de las ofertas, Camboriú tiene sus peculiaridades: como la de los brasileños que, con sus reposeras, no se amilanan y se sientan a la sombra en la vereda, al lado de la arena que casi nunca tocan.
O las de los vendedores playeros de refrescos y comidas, que aquí insisten en sumar a su trabajo una singular veta artística: caminan de a dos y, cual Sandra y Celeste o los hermanos Pimpinela, cantan a dúo su oferta gastronómica del día.
En el agua también hay de todo: desde los clásicos banana boats hasta un barco pirata que lleva a los turistas hasta la ilha das Cabras , esbelta frente al centro, o hasta Laranjeiras, allende la barra sur, la playa más bonita del lugar.
Pero llama la atención, sobre todo, una costumbre que aquí no hace sonrojar a nadie: la de permanecer echado sobre la arena húmeda, a la espera de que las olas pasen por encima del cuerpo caliente de tanto sol. Costumbre típica de los chicos, que aquí practican hasta las abuelas.
Otros no se animan a tanto y eligen llevar la reposera hasta el agua. Como Sandra Gisso, que de espaldas al sol mira cómo en el agua juegan su esposo, Marcelo Lucas, y sus pequeños hijos, Michel y Axel. Este es el tercer año que esta familia sube a un ómnibus y desanda el camino entre el porteño Mataderos y Camboriú. "Nos gusta todo: la playa, el agua, los boliches y, sobre todo, los brasileños, que tienen una onda impresionante", asegura Sandra.
La costumbre diaria de los Lucas resume la conducta de los argentinos en Camboriú: llegan a la arena casi al mediodía y, tras abrasarse bajo el sol implacable, alargan el día de playa hasta la puesta del sol, coronando la jornada con una caipirinha o una cerveza.
Para ellos, una familia con chicos, es casi una obligación quedarse todo el día en las playas del centro. Pero las parejas más jóvenes tienen su lugar alejado del tumulto: es la praia dos Amores , a la que se llega cruzando a pie el morro do Careca , en el norte de Camboriú. "Encantadora", la definen quienes la visitaron. Y es cierto.
Por la noche, nadie se pierde aquí las fiestas bahianas, los desfiles y los shows en vivo de Baturité; o las cinco pistas de baile de Wishkadão. Tampoco olvidan las convocatorias gratuitas en el escenario montado frente a la playa central, donde, de viernes a domingo, y a partir de las seis de la tarde, es posible danzar al sonido de las nuevas bandas brasileñas.
Por supuesto, casi nadie dirá, de regreso a casa, que no pasó por alguno de los shoppings del balneario o que no compró alguna manta o una hamaca.
Playas repletas de día, shoppings repletos al caer la tarde, boliches repletos por la noche. Eso es lo que ofrece Camboriú, la Copacabana del Sur.
Tasa de ocupación altísima
CAMBORIU (De un enviado especial).- Para Camboriú, tener ocupación total es casi una costumbre. La filial Santa Catarina de la Asociación Brasileña de la Industria de Hoteles (ABIH) ofreció a este enviado los resultados de una investigación sobre la tasa de ocupación durante esta temporada, iniciada el 1º de diciembre último.
Según un sondeo de demanda realizado por la intendencia de Camboriú, el balneario recibió hasta ahora la cifra escalofriante de 1.300.000 visitantes: un 18 por ciento más que el año pasado. Ese es el número que reza en el informe de prensa que dio a La Nación la asesora de información de la ABIH, Zeni Rates.
De ese mismo informe surge que la tasa de ocupación hotelera fue del 92 por ciento -esto sin tomar en cuenta la gran cantidad de departamentos que se alquilan-, y que la previsión para este mes es del 81,62 por ciento.
Las autoridades de la ABIH prevén que, después de Semana Santa, en abril, cuando se considera que la temporada de verano 2000 concluirá, habrán pasado por Camboriú 1.700.000 visitantes.
Cifras espectaculares para la Argentina, pero que no sorprenden a los brasileños, acostumbrados a ser siempre os mais grandes do mundo .





