
Los conventillos de La Boca ya no serán de chapa
Avanza la remodelación de siete tradicionales inquilinatos del barrio
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Las chapas se mantienen en pie sostenidas por precarios muros de ladrillo. La ropa flamea en los tendederos. Una mesa invertida, que alguna vez perteneció a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, ahora está casi olvidada en el conventillo situado en Palos 460, en La Boca.
Desde el patio se ve, por encima de altos tablones, la construcción que comenzó hace cinco meses.
Para quienes viven allí, la remodelación de los viejos edificios de inquilinato del barrio que realiza el Gobierno de la Ciudad significará más comodidades y la posibilidad de acceder a una vivienda propia.
"Queremos mantener el perfil del barrio, pero con todo el confort. Además, intentamos reducir al máximo el mantenimiento futuro", señaló a La Nación el secretario de Planeamiento Urbano del gobierno porteño, Enrique García Espil.
La refacción, a cargo de la empresa Teximco, ganadora de una licitación pública, costará 721.480 pesos.
Plan de recuperación
La remodelación forma parte del plan de recuperación de los conventillos, que incluye, en la primera etapa, los inmuebles de Suárez 479 y 501, Brandsen 626 y 66, Martín Rodríguez 839 y Alvarado 744, además de siete edificios de 450 unidades que se están construyendo en los terrenos baldíos situados en la manzana de Pilcomayo, Margal, Irala y Hernandarias.
Todas estas obras tienen un mismo escenario: aquel vecindario que tantas veces reflejó en sus cuadros Benito Quinquela Martín.
Según el titular de la Comisión Municipal de la Vivienda (CMV), Oscar Bouzo, la construcción terminará en aproximadamente nueve meses.
Los departamentos serán de uno a cuatro ambientes y tendrán baño privado, cocina y comedor. Se mantendrán los patios internos y los laterales, para que los vecinos no pierdan el área de esparcimiento en común. Construirán cocheras y una portería.
La fachada del inquilinato también cambiará: tendrá ladrillos a la vista y se remozarán los antiguos balcones de hierro forjado.
Mientras reconstruyen la mitad del conventillo, los inquilinos se mudaron a la otra mitad. Y la incomodidad no les preocupa, dicen, aunque la expectativa que les genera la obra se esfuma cuando piensan en el dinero que les costará ser propietarios de esos nuevos departamentos.
Bouzo aseguró que las cuotas que pagarán quienes viven en los conventillos no superarán el 20 por ciento de los ingresos del grupo familiar. Ahora los inquilinos abonan 35 pesos mensuales en carácter de alquiler.
Más espacio, más propietarios
La recuperación de los inquilinatos permitirá que vivan más personas en cada una de las propiedades.
Cuando concluya la remodelación, el conventillo de la calle Palos tendrá 30 departamentos. La mitad de ellos será ocupada por las familias que ya viven allí y el resto será para los postulantes anotados en un registro de la CMV.
"Nos va a costar adaptarnos porque habrá gente nueva. Pero en realidad estoy muy contenta y espero ansiosa que terminen las obras. Ya estamos ahorrando", expresó Cuqui, una entrerriana de 44 años que hace 24 vive en el mismo conventillo.
Susana, de 46 años, vive en un inquilinato situado en Suárez 1061. Ella también se une a las rondas de mate con sus vecinos, mientras espera su turno para acceder a los cambios edilicios.
Sabe que tendrá que esperar. El edificio donde vive es una de las 10 propiedades que integran la segunda y última etapa del proyecto.
Aunque tuvo que mudarse a otra habitación, Patricia Rodríguez está ansiosa por la obra. Todas las mañanas vigila el trabajo de los obreros desde su ventana y asegura que trabajan "prolijo y rápido".
Vive allí desde hace nueve años y afirma que todos los vecinos son muy unidos. Es empleada doméstica, tiene cuatro hijos y la semana última fue a rezar a la parroquia de San Cayetano porque su marido está desocupado.
En un patio de pequeñas dimensiones y que ha postergado la higiene diaria, tres perros juegan con piedritas. Cinco niños corretean. Mientras tanto, un chico de dos años intenta trepar una escalera destartalada.
Cuando cae el sol, y como un ritual cotidiano, muchos de los inquilinos se encuentran en el patio central para tomar mate y conversar, como siempre. Y espían, una vez más, las flamantes paredes que se levantan a pocos metros.




