Los nombres de los argentinos tienden a ser más cortos
Tendencia: estadísticas del Registro Civil indican que pasó la era de las Susana y las Mónica: vienen las Ayelén y las Zoe.
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Después de una legión de madres con nombres como Graciela, Liliana, Mónica o Susana, todo indica que los chicos del próximo siglo llamarán a sus progenitoras con voces más juguetonas como Triana, Zoe, Belisa, Fiona, Ludmila, Luna, Maite o Ayelén.
Con los nombres de los últimos bebes inscriptos en los registros porteños quedó en claro que la típica madre del siglo XXI no será una Susanita, como imaginó Quino, ni tampoco se llamará doña Rosa.
La tendencia también indica que los nombres triples o cercanos a la familia de los antibióticos, como Sinforosa o Lindolfo, quedaron definitivamente archivados.
En una época en que la melancolía hippie y la tradición criolla todavía conviven con la velocidad de Internet y MTV, los padres prefieren llamar a sus hijos con voces mapuches o nombres cortos que bien podrían pertenecer a los personajes de alguna serie de dibujos animados.
Zoe, Ilan, Naymé, Zenón, Naiara, Nehuén, Lona, Alan, Marlene, Danila, Sol, Iñigo, Luana y Abril son algunos nombres de los chicos del 2000, aunque también resurgieron los clásicos María, Juan, Felipe, Carolina, Malena, Franco, Mariano, Segundo, Delfina, Justo, Ulises o Gregorio.
Pero hay nombres que quedaron archivados con perfecta caligrafía en los interminables tomos del Registro Civil.
Todos los santos
En el siglo XIX, los porteños bautizaban a sus hijos con nombres del santoral, como Teresa, Francisca, Tomás, Pedro, María, Feliciano, Bautista, Justina, Ildefonso, Apolinario, Higinio, Desiderio, Telmo o Rosario.
Las partidas de nacimiento de ese siglo transmiten el frenesí de los primeros habitantes del nuevo mundo: se repiten los nombres Argentina, América y Cristóbal. Algunos criollos de aquella época también usaron nombres que dos siglos más tarde siguen estando de moda, como Noel, Delfina, Fidel, Blas, Cosme, Candelaria, Lola o Crispín.
Muchos hijos de aquel entonces acarreaban el recuerdo de sus antepasados. Con cada generación aumentaba el volumen del nombre hasta tornarse impronunciable: por ejemplo, Bertilda Carmen Feliciana Vicenta o Sandalia Rosalía Telomena, dos criaturas inscriptas en los registros de 1899.
A principios de 1900 eran pocos los nombres con menos de cuatro sílabas. Laurentino, Emereciana, Policarpa, Gumersindo, Sinforosa, Clodosvinda, Venancio y Filomena estaban entre los preferidos de una época en que la parsimonia era un valor supremo y la gente se tomaba su tiempo para llamar a los hijos.
Ahora, sus nombres no entrarían en una tarjeta de crédito y tantas consonantes serían poco amables para una dirección de correo electrónico.
Otras costumbres
Los chicos del 2000 se zafaron de algo más que una madre que prepara el desayuno coronada con grandes ruleros azules: ya no se llamarán Heráclito, Demetria o Lindolfo.
Algunos nombres virginales se siguen imponiendo con la fuerza de los clásicos, como María, Luján o Rosario. Y cada vez son menos los padres que adhieren a sus hijos el recuerdo de sus antepasados, tal vez porque ellos ya lo padecieron.
En las puertas del nuevo milenio, tampoco es lo más habitual que los hijos hereden el nombre de sus padres. En cambio, sí hay muchos varones que llevan nombres de campo, como Segundo, aunque pasen sus tardes jugando con la computadora en un departamento de Santa Fe y Callao.
"Las series, novelas y los jugadores de fútbol influyen mucho en la decisión del nombre -aseguró el director del Registro Civil, Esteban Centanaro-. Esto ocurrió siempre, los personajes importantes suelen generar tendencias en los nombres; por ejemplo, si una chica se llama María Eva, seguramente sus padres fueron peronistas."
Del mismo modo, un personaje siniestro hará caer en desgracia un nombre, al menos durante una generación.
Los padres de ahora pueden elegir el nombre que quieran, pero si no está incluido en la lista de voces aceptadas deberán probar que es un nombre. ¿Cómo? Alcanza con demostrar que ya fue usado por otro, aunque sea en la ficción.
"Pueden traer como prueba una película, un libro, un mapa, o lo que sea", enumeró el jefe del Registro Civil.
Claro que no es lo mismo nacer a uno u otro lado de la General Paz. En la Capital está permitido el doble de los nombres que se pueden usar en la provincia. Una nena que vive en Palermo se puede llamar Auxtrina, pero si vive en San Martín, le sugerirán una versión más convencional, como Agustina.




