
Los ocho segundos que cambiaron la historia de Patagones
Es lo que demoró Junior en disparar
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CARMEN DE PATAGONES.- Ocho segundos fueron los que demoró Junior en disparar sobre sus compañeros. En ese tiempo mató a tres e hirió a otros cinco. A cinco días de la masacre todavía no hay una versión única sobre los hechos. "Hay contradicciones y chicos que dicen cosas que, en realidad, escucharon en otro lado y que no llegaron aún a la causa", dijo el comisario Eduardo Diego, jefe de la seccional local.
Aún no se sabe cuántos alumnos había dentro del aula del 1° B de la escuela Islas Malvinas, cuando, alrededor de las 7.35, Junior empezó a disparar. "No creo que estuvieran todos dentro del salón, por el orden en que se encontraron los bancos y por las mochilas que se sacaron después", opinó el comisario mayor jefe de la departamental Bahía Blanca, Luis Castro. Otra fuente de la investigación estimó que "sólo estaban la mitad de los 29 chicos del curso".
La verdad se develará mañana, cuando los chicos sean trasladados a Bahía Blanca para declarar ante la jueza Alicia Georgina Ramallo.
El fatídico martes Junior llegó a la escuela más temprano de lo usual. Cintia Sañico, una alumna de 2° B, dijo haberlo visto entrar cerca de las 7.15. Recordó que llevaba puesto un camperón verde sobre una remera negra. La chica aseguró que Junior se dirigió al baño y estuvo allí hasta el momento de la formación.
Un empleado de la escuela, cuya identidad no fue confirmada, dijo que Junior le había comentado: "Hoy va a ser un lindo día". El dato fue reproducido por varios de los compañeros. Pero nadie sabe si es cierto.
Al entrar en el salón, Talia Jaime se sentó en el banco de atrás del que compartían Junior y Dante Pena. La adolescente contó a LA NACION que al pasar a su lado le preguntó por la tarea que había que hacer ese día -Junior fue caracterizado por todas las fuentes consultadas como un chico aplicado, inteligente y buen alumno-. Cómo única respuesta escuchó: "Ustedes son todos unos idiotas".
Luego de dejar su mochila en el banco, Junior dio unos pasos en dirección al pizarrón, giró y sacó la pistola, que había sacado del armario de la habitación de sus padres. La sostuvo con sus dos manos. Algunos chicos lo vieron y se rieron. Creían que era un arma de juguete, contó Alejandro. Y acotó: "Pienso que no eligió sus víctimas".
Sin pronunciar palabra, Junior comenzó a disparar. El barrido fue de derecha a izquierda. Uno de los primeros impactos dio en Federico Ponce, que cayó al suelo y murió en el acto.
La mayoría buscó reparo entre los bancos. Cuando sonó el tiro número once no quedaba nadie en pie. Algunos habían huido corriendo, incluso heridos. Alumnos de otros cursos y profesores habían salido al pasillo para ver qué pasaba. Todo era un caos.
Junior también salió al pasillo. Allí tiró, al menos, una vez más. Cuando quiso seguir, en la bala número 13, el arma se trabó.
Algunos chicos dijeron que, en ese momento, amenazó con quitarse la vida. Sacó el cargador y puso otro que, cuando fue secuestrado, tenía nueve balas. Gatilló, pero, al parecer, el arma continuaba trabada.
Dante -que según Talia se había agachado junto a ella- se abalanzó sobre él, lo abrazó gritándole: "¿Qué hiciste?", y consiguió que tirara al arma. Otro chico la recogió y salió corriendo. Se cruzó con Carlos Ruiz, el docente de derechos humanos que debía hacerse cargo del grupo. El chico le dio el arma y Ruiz la llevó a secretaría. La puso en un armario metálico y, al ver que el teléfono no funcionaba, corrió hacia su coche y se dirigió a la comisaría.
La directora, Adriana Goicochea, que en el momento de los disparos estaba en la otra punta del colegio, cruzó el patio interno y al llegar frente al aula se encontró con Junior arrodillado en el umbral del salón. No habló con él. Se dirigió hacia el teléfono de la secretaría y como no andaba fue a la biblioteca, donde hay otro aparato. Llamó a la policía.
En menos de dos minutos llegaron varios patrulleros. A los uniformados los mismos chicos le señalaron quién era Junior, que deambulaba "como aturdido" hacia la salida. Fue detenido y esposado.
Dentro del aula yacían sin vida Evangelina Miranda, Federico Ponce y Sandra Núñez. Pablo Saldías y Rodrigo Torres quedaron en el piso, malheridos. Nicolás Leonardi, alcanzado por un proyectil en el hombro izquierdo, corrió para avisar a las autoridades lo que estaba pasando. En tanto, Natalia Salomón y Cintia Casasola, ambas heridas, buscaron refugio al final del pasillo, en la biblioteca.
Al anochecer de aquel mismo día, el aula de la tragedia había sido pintada y reacondicionada.




