
Los porteños que eligen criar mascotas exóticas
Los animales son traídos desde Miami o de países lejanos
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Los argentinos amantes de las mascotas han aprendido, por fin, que el mundo no se divide en perros y gatos, en tortugas y canarios. Ahora tienen al alcance de la mano animales tan exóticos, caros y hasta peligrosos que encajarían mejor en una aventura de Spielberg que en un jardín del barrio de Palermo.
Ejemplos: una serpiente pitón amarilla (en realidad es albina), que cuesta entre 400 y 500 pesos, según su edad, su procedencia, el lugar donde se la compre, y que se alimenta sólo de animales vivos; hay iguanas de Miami, escorpiones -que son cada vez más escasos porque la Dirección de Fauna y Flora Silvestre prohibió que ingresen en el país- y hasta un tucán de Guyana valuado en dos mil pesos. Sí, dos mil pesos.
Deme dos
¿Quiénes integran esta suerte de club de propietarios de mascotas insólitas? Los veterinarios y vendedores consultados por La Nación coincidieron en que por lo general son jóvenes, ávidos de relacionarse con animales u objetos novedosos y que, en el caso de los reptiles, tienen el coraje suficiente como para instalarlos en su casa y soportar la rutina de proveerles ratones vivos cuando llega el almuerzo.
Una pitón tarda casi una semana en digerir su alimento y se recomienda no molestarla durante los primeros tres días para no herir susceptibilidades.
Miami es, casi siempre, el lugar desde el cual se embarcan las mascotas atípicas, como renacuajos e iguanas de todos colores, grandes víboras y tortugas acuáticas.
En realidad, Miami es sólo el gran mercado concentrador, porque los animales son capturados en lugares muy distantes, como la cuenca del Orinoco, la del Amazonas o la región central de México.
"Es un trámite simple: mandás un fax con el pedido y poco tiempo después te llegan las mascotas", cuenta Mónica Basalo, propietaria de El Insomnio de la Iguana, una veterinaria de Belgrano. La mujer aclara que los pedidos no pueden ser de escorpiones ni de arañas, cuya importación está prohibida.
"Cuando llegan las vacaciones les ofrecemos a nuestros clientes un servicio adicional que es algo así como un pensionado para mascotas -agrega Basalo-, es decir, nos hacemos cargo del cuidado de los animales mientras ellos descansan."
El pensionado del veraneo no es una cuestión menor. Durante años, muchos dueños de mascotas sencillamente abandonaban a los animales en calles, plazas o baldíos cuando llegaba el momento de salir de vacaciones con la familia.
"Hubo gente que incluso abandonó escorpiones", asegura Claudio Bertonatti, coordinador del Departamento de Información y Educación Ambiental de la Fundación Vida Silvestre.
Cada escorpión librado a su suerte en la ciudad se convierte en un peligro ambulante. "La situación se agravó cuando los escorpiones no sólo sobrevivieron en su nuevo hábitat, sino que además procrearon, multiplicando las posibilidades de toparse con porteños desprevenidos. Por eso se prohibió su importación", explica Bertonatti.
Los dueños
Rafael Cutó, de 21 años, mantiene una doble vinculación con las mascotas: trabaja como vendedor en Mundo Reptil, una veterinaria del barrio de Flores, pero además convive con varias iguanas y dos pitones. "Los únicos animales que dejo sueltos a la vez en casa son aquellos compatibles -aclara-, porque si no sería un caos."
Las motivaciones que menciona para justificar su modesto zoológico privado es que siempre le gustaron los animales y que piensa ganarse la vida como veterinario.
Gonzalo Bataller, de 14 años, tiene tres iguanas de diferentes especies en el dormitorio. Vive con su familia en Belgrano y recuerda que antes de llevar a las mascotas a su casa tuvo que convencer a su madre. "Insistí tanto que tuvo que decir que sí -dice-; entonces puse a cada una de las iguanas en una especie de pecera de vidrio, con puertas corredizas, y desde hace tres años están conmigo."
Darle de comer por primera vez a una pitón de tres metros de largo no es una experiencia fácil de olvidar. Mónica Basalo lo sabe muy bien.
"Yo les tenía cierto temor a los reptiles y a las iguanas. Lo que más me espantaba era su piel fría, húmeda. Pero en cuanto acaricié la primera iguana el miedo desapareció para siempre. Ahora no sólo me siento cómoda entre las mascotas, sino que me dedico a venderlas, a cuidar las que me traen los clientes, y estoy tan metida en esto que hace tres años que no me tomo vacaciones."
Margarita Mas, veterinaria del Zoo de Buenos Aires, recomienda conocer las características del animal antes de comprar, sobre todo si es una pitón: "Mientras son bebés pueden estar en una pecera, pero cuando crecen es recomendable darles mayor espacio.
"Cuando estas víboras son adultas es aconsejable ir de a dos a la hora de darles de comer, porque nunca sabemos cómo pueden reaccionar cuando están hambrientas".
Además explicó que no todos saben que una pitón Molurus alcanza en su madurez los tres metros de largo y vive alrededor de 24 o 25 años.
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