
Los santiagueños, amenazados por la rotura de un dique
El río Salado está desbordado y hay centenares de personas aisladas
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SANTIAGO DEL ESTERO.- Centenares de santiagueños del centro de la provincia están a punto de abandonar sus humildes viviendas debido a la imparable crecida del río Salado, que corre desbordado de Norte a Sur y que divide en dos el territorio.
Los que más sufren viven en el departamento Figueroa, en los alrededores de la localidad de Bandera Bajada, a unos 115 kilómetros de esta ciudad. Ya hay decenas de evacuados y centenares de afectados por la rotura de un tramo del dique Figueroa, que alimenta a numerosos canales de la zona.
El avance incontenible del agua tras la fractura del dique Figueroa inundó casi en su totalidad el pequeño poblado de Totorillas, a 130 kilómetros al norte de esta capital y a siete kilómetros del mencionado dique.
Ayer, La Nación recorrió la zona e intentó llegar al dique Figueroa, pero los tres caminos de acceso estaban anegados, por lo que sólo se podía acceder por aire o en bote.
En Totorillas, el panorama era desolador. Sus casi 150 habitantes tienen las casas inundadas o están cercados por las aguas, por lo que sólo pueden salir en alguna embarcación. Como el lugar es de difícil acceso, la ayuda oficial llega con cuentagotas.
Ellos saben que su futuro depende del estado del dique y, como tiende a empeorarse, no son para nada optimistas: "Somos muchas las familias que perdimos las casas. El agua avanzó con todo y dicen que esta situación seguirá así por lo menos hasta fin de mes", se resignó Alberto Ferreyra, vecino de Totorillas de hace casi 40 años.
Ferreyra recorre todos los días a caballo la zona anegada. Busca un lugar seco donde asentarse. Todavía no lo encontró, por lo que vive en una casa prestada.
"Nunca sufrimos una situación semejante en tanto tiempo que vivimos acá. Alguna vez se desbordaron los arroyos, pero el agua nunca había llegado al poblado con esa fuerza", agregó Ferreyra, todavía sorprendido por la situación.
El hombre y su familia -cuatro hijos, su mujer y su suegra- vivían de la siembra de maíz y de otros cultivos, así como de la cría de cabras, ovejas, chanchos y gallinas: "La tierra la perdimos toda y nos quedan sólo tres o cuatro animales; yo hago alguna changa por ahí, pero no alcanza".
Moisés Abdala es su vecino y cuñado. Juntos contemplan el avance de las aguas con impotencia: "No podemos hacer nada más que sacar las cosas de las casas y trasladarnos a otro lado. Mi vivienda todavía aguanta y no tuvimos que evacuarnos, pero si se cumple lo que dicen, que en el fin de semana seguirá creciendo el río, bueno, ahí sí nos tendremos que ir".
Piden ayuda urgente
Abdala vive con su esposa y sus dos hijos. La menor está enferma, sufre ataques de epilepsia, pero como no tienen los 20 pesos que les cobran para trasladarla a esta capital, no puede recibir atención médica.
"Nunca han venido del Gobierno a traernos una ayuda; necesitamos chapas, colchones, medicamentos, alimentos. Póngalo en el diario a ver si nos escuchan", exclamó el hombre con tono desesperante.
La poca colaboración que han recibido fue aportada por el padre Sergio, que llega de Bandera Bajada y les trae lo que puede recolectar en los pueblos que no han sufrido el drama.
Ferreyra y Abdala coincidieron en que más cerca del dique hay una veintena de familias que no han podido salir por el avance del agua: "Creemos que deben estar bien, lo que pasa es que no puede entrar nadie, pero seguro deben necesitar alimentos y ropa seca".
En este sector, como en otros pocos puntos afectados de la provincia, no existe el temor a los robos en el caso de que una familia tuviera que abandonar su casa por la llegada del agua. Lo dificultoso del acceso y la solidaridad entre vecinos consiguió ahuyentar a los que encuentran las cosas antes de que uno las pierda.
La reconstrucción del terraplén del dique Figueroa cuesta 150.000 pesos y el arreglo de la ruta 2, que une Bandera Bajada con Totorillas, demandaría un monto similar.
No son cifras que desestabilicen los presupuestos oficiales, pero por ahora los vecinos sólo han escuchado las promesas de las autoridades de la provincia y de la Nación. Si de algo están seguros es de que con palabras nunca van a solucionar sus problemas.
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