
Los teléfonos públicos viven su ocaso
Hay uno cada 234 habitantes, mientras que 2 de cada 3 argentinos tienen celular; desde la calle, el 90% prefiere el locutorio
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En las calles de Buenos Aires hay miles. Pero la indiferencia los hace invisibles. Ya no son los testigos involuntarios de las cosas importantes de la vida de los porteños. "Me chocaron", "sos abuelo" o "¡me dijo que sí!". Tampoco los destinatarios de aquellos arranques de furia en los que éramos capaces de golpearlos e insultarlos hasta que nos escupieran nuestra moneda o el cospel de vuelta. Ni los culpables de que tuviéramos que hablar con novios, jefes y abogados delante de una fila de personas malhumoradas.
Los teléfonos públicos de las calles porteñas viven hoy su ocaso frente a la expansión de la telefonía celular. La competencia es dispar. En el país hay un teléfono público cada 234 personas, mientras que dos de cada tres argentinos tienen celular.
Los aparatos callejeros se utilizan cada vez más como teléfonos de emergencia: léase: para avisar de un imprevisto o porque de pronto el celular se quedó sin batería o crédito. Las llamadas que se hacen desde los equipos que hay en la vía pública representan sólo el diez por ciento del total de las de telefonía pública. El otro 90% se hace en locutorios, cabinas o aparatos instalados en comercios. La inseguridad y la demanda de otros servicios, como el acceso a Internet, son algunas de las razones.
Hoy, más del 40% de los teléfonos públicos que hay en el centro no funcionan, según un relevamiento que hizo el Centro de Educación al Consumidor (CEC). "No obstante, cada vez son menos los reclamos que recibimos, lo que indica que el porteño se ha desacostumbrado a usarlos", explica Claudio Boada, vicepresidente del CEC.
En Telecom reconocen que, entre los robos y el poco uso, los teléfonos públicos dejaron de ser rentables y que se mantienen por la función social que cumplen, amén de que el pliego de licitación así lo exige. "Sostener el sistema de telefonía pública en la calle cada vez es más dificil. Pero tenemos que hacerlo porque siempre hay alguien que puede necesitarlo, aunque en términos de una ecuación económica no rinda", dice Pablo Talamoni, gerente de comunicaciones de Telecom, que cuenta con unos 4500 teléfonos en la Capital.
El vandalismo aporta a esa ecuación que no cierra. El director de segmento masivo de Telefónica, Alberto Frias Silva, aporta que por día en la Capital se dañan 225 teléfonos de los 4500 que tiene la compañía y que 135 aparatos dejan de funcionar diariamente. Un equipo nuevo cuesta entre 3500 y 5000 pesos.
Los años cambiaron el panorama sobre Corrientes, a media cuadra de Reconquista. A las 17.45 del jueves último, el desfile de empleados que salían de los trabajos era permanente. En la vereda norte hay cuatro teléfonos de Telecom y de la mano de enfrente, dos de Telefónica. Sólo unos chiquitos pasaban palpando las ranuras en busca de monedas. Ya eran casi las seis y los usuarios pasaban de largo.
La misma esquina, veinte años atrás era otra. A fines de los 80, dos de cada tres familias no tenían teléfono en la casa. Y gran parte de la población, en la "dulce espera" de la línea hogar de Entel, estaba obligada a hacer todas sus comunicaciones desde una burbuja naranja.
La privacidad, imposible
Ninguna conversación era realmente privada: había que hablar desde un teléfono público y delante del público de la fila que se formaba.
"En 1987, cuando lo echaron a mi marido del trabajo, corrí al teléfono de Fitz Roy y Santa Fe para hablar con el abogado. Había una fila larguísima. Cuando me tocó el turno, no me podía comunicar. Y la señora que estaba atrás empezó a quejarse. Le respondí: «Por favor, que lo echaron a mi marido y tengo que ubicar urgente al abogado». La tercera de la fila me contestó: «¿Ah, sí? A tu marido lo echaron y el mío se fue con otra. Apurate que tengo que llamar al abogado para que lo siga»", recuerda Graciela, de Palermo.
Los ataques de furia en los que valían patadas y golpes sobre la ranura del mamotreto naranja eran parte de la escena cotidiana. El aparato demandaba la ficha para intentar la comunicación. Y, muchas veces, se la quedaba aunque diera ocupado o la línea no funcionara.
Lo peor era que había que salir a recorrer hasta encontrar un quiosco que vendiera cospeles y volver a hacer la larga fila en la que las reglas de convivencia debían respetarse a rajatabla. Una llamada por persona. Y cuando se colgaba el tubo, aunque hubiera dado ocupado o no se pudiera establecer la comunicación, había que ceder el turno y retroceder hasta el final de la fila. Si la llamada era muy larga, había que hacer oídos sordos al mal humor del próximo en la fila, que resoplaba en la nuca de uno y hacía tintinear con nerviosismo los cospeles.
Héctor Ramírez recuerda que cuando nació su hija Florencia, en 1985, acudió al sanatorio con una decena de cospeles en el bolsillo, que sonaban como un tragamonedas en acierto cuando caminaba por el pasillo. Cuando la beba llegó, corrió al teléfono de la planta baja. Y allí se encontró con una abuela que tenía que dar la noticia del nacimiento de su nieto. Llegaron a un acuerdo: "Es una nena", "es un varón", decían a su turno cuando llamaban. Y así sucesivamente, una vez cada uno, hasta agotar el stock de fichas.
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