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Ciudad de Buenos Aires

Lugares de Buenos Aires construidos sobre cementerios: "Es lógico que haya espíritus"

Alejandro Horvat
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19 de noviembre de 2019  • 10:53

Los camiones de basura entran y salen. Hace calor, los conductores tienen las remeras arremangadas y dejan que el brazo izquierdo les cuelgue por afuera de la ventanilla. Están en el corralón municipal, ubicado en la Avenida Varela 555, en el barrio de Flores. Un predio que usa el gobierno de la Ciudad para estacionar ese tipo de camiones y como depósito de contenedores en desuso. Los que manejan esas moles con una sola mano parecieran ser hombres de cierta rudeza, sin embargo, Diego Keller, que trabaja como vigilante en el lugar, dice que vio a uno de ellos salir corriendo con los pantalones por los tobillos y lagrimas en los ojos. "El muchacho estaba en el baño y salió corriendo, gritaba y lloraba porque había visto un espíritu. Y es lógico que eso pase, si estamos arriba de un cementerio. Allá atrás, si excavas un poco, vas a encontrar cajones", dice.

Diego Keller trabaja como vigilante en el corralón municipal
Diego Keller trabaja como vigilante en el corralón municipal Crédito: Ignacio Sanchez

El predio está construido sobre el segundo cementerio de Flores, clausurado el 1 de enero de 1872, y no hay un registro del traslado de todos los muertos al tercer y actual cementerio ubicado en la calle Balbastro 2587. El primer cementerio del barrio fue habilitado el 1º de septiembre de 1807, y en la actualidad está debajo de la calle Rivera Indarte, entre la Avenida Rivadavia y Ramón Falcón, por donde pasan cientos de autos a diario.

Al entrar al corralón, de mano izquierda, está la campana que pertenecía al cementerio. Todos ahí tienen prohibido hacerla sonar, temen que el sonido, como dice el mito, despierte a los muertos que están unos pocos metros debajo de sus pies. Al lado de la campana está el monumento a la madre, que es la estatua de una mujer con un bebé en brazos. "Dicen que este era el lugar de los angelitos, es decir, donde enterraban a los chicos", argumenta Claudia Angioi, que dirige el corralón desde una oficina cercana a la zona de los niños.

La antigua campana del cementerio de Flores. Los que trabajan en el corralón municipal no la hacen sonar por miedo a que el sonido despierte a los muertos
La antigua campana del cementerio de Flores. Los que trabajan en el corralón municipal no la hacen sonar por miedo a que el sonido despierte a los muertos Crédito: Ignacio Sanchez

"Siempre hay espíritus en la zona del vestuario. Se prenden solas las duchas, se abren los armarios. Una tarde me fui a bañar y escuchaba como se abrían los lockers donde guardamos las cosas. Pero uno se acostumbra", explica Oscar Rodríguez, de 52 años, chofer de uno de los camiones ahí estacionados. "Yo vi la cara de un hombre que se asomó por atrás del bidón de agua y empecé a rezar. En mayo trajimos a un cura para que bendiga el lugar y estemos protegidos. De acá, muchas veces, te vas con una energía extraña", dice Verónica Rodríguez, de 46 años, una de las empleadas que trabaja en el corralón.

Oscar Rodríguez, de 52 años. Él conduce uno de los camiones que están estacionados en el corralón municipal
Oscar Rodríguez, de 52 años. Él conduce uno de los camiones que están estacionados en el corralón municipal Crédito: Ignacio Sanchez

El recorrido continúa en el barrio de la Chacarita, donde está ubicado uno de los cementerios más conocidos de la ciudad. Ahí está el parque Los Andes, una plaza que ocupa dos manzanas y que es frecuentada por los vecinos del barrio. Uno de ellos es Ernesto Montañez, de 70 años, que a las 11 de la mañana está haciendo gimnasia en el parque. Vive en el barrio hace 40 años y sabe muy bien que ahí abajo no solo hay tierra. "Estoy al tanto de que esta plaza era un cementerio, me genera un poco de dolor, es raro. Yo de noche si estoy solo no vengo, si paso por acá, es acompañado", argumenta Montañez mientras ejercita sus brazos.

Parque Los Andes, en Chacarita. Esta plaza está construida sobre el primer cementerio del barrio
Parque Los Andes, en Chacarita. Esta plaza está construida sobre el primer cementerio del barrio Crédito: Ignacio Sanchez

"A fines de 1867 se abrió el cementerio por una gran epidemia de cólera en esa zona, según dice en el Censo de la Capital Federal de 1887. En 1870 además llega la noticia de que en los límites con Brasil había una grave enfermedad llamada fiebre amarilla. La fiebre llegó a fines de enero de 1871 a Buenos Aires y el gobierno nacional, mediante un decreto firmado por Antonio Malaver, dispuso que se haga un nuevo cementerio general en los terrenos de la Chacarita, ese es el Cementerio del Oeste, que está sobre la calle Girardot. Y el 14 de diciembre de ese año se abrió otro cementerio que se fue ampliando hasta la superficie que conocemos hoy en día", explica Hernán Vizzari, quien se dedica a estudiar la historia de los cementerios y en 2017 fue nombrado por la Legislatura porteña como personalidad destacada de la cultura por su labor como investigador.

Hernán VIzzari estudia la historia de los cementerios. Se encuentra en la puerta del Cementerio del Oeste, en Chacarita. Él fue destacado por la Legislatura porteña por su labor como investigador
Hernán VIzzari estudia la historia de los cementerios. Se encuentra en la puerta del Cementerio del Oeste, en Chacarita. Él fue destacado por la Legislatura porteña por su labor como investigador Crédito: Ignacio Sanchez

Aunque hoy no sea conocido por sus cementerios, el barrio de Belgrano también tiene una historia llena de entierros. En la Plaza Barrancas de Belgrano Mónica Miranda, de 62 años, está haciendo un pícnic junto a sus dos nietos. "¿Un cementerio acá abajo? Vivo hace 10 años en el barrio y nunca supe esto", exclama mientras los dos chicos escuchan azorados la explicación de Vizzari: "Acá, sobre La Pampa en la esquina con Arribeños, estaba la Capilla de la Calera y el camposanto anexo. El oratorio de la Calera era un edificio de 1726 y se lo llamaba de ese modo porque los jesuitas pulían rocas y conchillas que encontraban por la cercanía que tenía el lugar al río, y con eso armaban una especie de cal, material que usaron para armar la capilla".

Mónica Miranda y sus dos nietos haciendo un pícnic sobre un viejo cementerio jesuita en Barrancas de Belgrano
Mónica Miranda y sus dos nietos haciendo un pícnic sobre un viejo cementerio jesuita en Barrancas de Belgrano Crédito: Ignacio Sanchez

Otro de los cementerios, el segundo que se hizo en Belgrano, está en un terreno baldío, entre las calles Ricardo Balbín y Monroe. El lugar está cercado por carteles de publicidad y adentro solo se ve la maleza que creció sin control. Aunque es una esquina valiosa para construir, ahí jamás edificaron. Todos los proyectos que se iniciaron terminaron truncos. Ese camposanto funcionó entre 1860 y 1875.

Otro de los cementerios, el segundo que se hizo en Belgrano, está en un terreno baldío, entre las calles Ricardo Balbín y Monroe
Otro de los cementerios, el segundo que se hizo en Belgrano, está en un terreno baldío, entre las calles Ricardo Balbín y Monroe Crédito: Ignacio Sanchez

En paralelo, se empezó a construir, en 1874, el cementerio que ahora está debajo de la plaza Marcos Sastre, en Villa Urquiza, que antiguamente pertenecía al partido de Belgrano. El lugar contaba con una entrada de grandes columnas, árboles y una puerta de hierro. Ahí se encontraban inhumados los restos de muchas familias notables, entre ellos estaban los del escritor Marcos Sastre, él vivía donde actualmente está la esquina de Blanco Encalada y Arribeños. Cuando el barrio empezó a crecer los vecinos formularon peticiones para que se clausurara, y en 1898 lo lograron: cerraron el cementerio y coincidió con la inauguración del actual Cementerio de la Chacarita, que había empezado a funcionar en 1896.

La plaza Marcos Sastre, en Belgrano, está construida sobre el segundo cementerio del barrio
La plaza Marcos Sastre, en Belgrano, está construida sobre el segundo cementerio del barrio Crédito: Ignacio Sanchez

"El mundo es un gran cementerio", dice Vizzari y, de algún modo, está en lo cierto, solo que el tiempo se lleva las lápidas y las bóvedas, las puertas de hierro y los pinos. Al final solo quedan los mitos que nadie se atreve a derribar. Como el de aquella campana negra en el barrio de Flores, que permanece inmóvil, como si fuera un objeto maldito.

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