Maitena: "Nunca abandoné el placer por la noche, los bares, las discotecas; hacerme amiga de desconocidos"

Víctor Hugo Ghitta
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26 de marzo de 2014  

Ella hubiese querido que su padre le dijese que era una mujer de la calle, una cualquiera, que se lo dijese sin eufemismos, con todas las letras. Pero no. Él estaba leyendo la Enciclopedia Británica a un costado de la pileta, en la vieja casona familiar de Bella Vista. Ella se sentó a su lado, a la espera del momento oportuno para decirle lo indecible, aquello que su padre pensó que jamás habría de escuchar de su hija de 17 años. La voz tintineó en el bochorno del aire caliente del verano. "Papá, estoy embarazada." Hubo un silencio atroz. El padre levantó la vista, la miró a los ojos. "Yo pensé que vos eras más inteligente", le dijo. Ella vio entonces la espalda de su padre que se alejaba. Hubiese preferido –lo contó muchos años después, lo contó con el dolor domesticado por el tiempo y la distancia, cuando su padre ya había muerto y ambos habían sentido el calor reparador de la reconciliación– que le dijese ramera, que le pegara un bife y le hiciese sentir todo su rigor –el dorso de la mano ardiendo en su mejilla mientras el golpe durase en su memoria–, pero no la violencia del desprecio.

Esa escena pudo sellar para siempre la vida de Maitena . Pero llegaron otras que restañaron esa herida. La vida no es fácil, dirá dos o tres veces durante la conversación, como no fue sencilla la casa en la que creció, y, sin embargo, ha podido construir una vida, la suya.

Algunos rastros de su historia –la locura de su madre con metástasis, carcomiéndola toda; las severidades del padre católico tantas veces ausente; el mundo exterior con sus tanteos sexuales clandestinos, los cigarrillos fumados a hurtadillas y las escapadas del colegio– son parte de Rumble, la novela de iniciación que Maitena publicó en 2011, cuando ya lo había atravesado casi todo: la maternidad temprana con sus tres hijos de parejas distintas, la primera en el umbral de la adolescencia; las agitaciones de la vida nocturna, en el paroxismo de una muchacha punk; la celebridad que le dieron sus ilustraciones en todo el mundo, con sus mujeres alteradas y sus mujeres de curvas peligrosas. Un humor de rímel corrido y tacos aguja rotos, de carencias afectivas y cuerpos reconstruidos en esa nueva capilla que son los quirófanos, de temores existenciales y consumo desenfrenado. El alma femenina desnudada con ternura, complicidad y acidez. "Las mujeres se sintieron reflejadas en esos trabajos, se sintieron menos solas, y yo también", dice.

Debe de haber sido hermosísima , un fruto muy deseado por la jauría masculina que aullaba en celo en la noche electrizante de los 90. La belleza todavía centellea en lo que insinúan los labios apretados, en el modo de clavar los ojos para decir acá estoy yo. No cuesta imaginar que haya volcado algo de esa voracidad y de esa pulsión sexual en La Fiera, el personaje que creó para SexHumor en los comienzos de su carrera. "Conocía tipos en la calle, se los lijaba y los dejaba ir. Era una respuesta al machismo de mis compañeros. Ellos decían que La Fiera comía a los hombres como aceitunas y los escupía como carozos."

Es generosa en la conversación. No se desnuda del todo, pero deja caer algunas prendas y, cuando lo hace, se escucha, detrás del tono ligero y del escándalo de la risa, el lamento tenue de un animal que fue herido hace mucho tiempo.

En la voz hay un dejo de ternura que la vuelve entrañable, menos hosca de lo que insinúa la primera impresión.

Se casó con un señor que iba a darle una gran vida, pero mi padre la convirtió en ama de casa.

–En la casa familiar tenías la protección del dinero, pero no un buen resguardo emocional.

–Había un tema con el dinero. Las familias numerosas, en los 70, eran el Ejército: no estaba bien visto gastar plata. Yo no sentía que tenía dinero. Lo afectivo, con los años, lo he ido mirando de otra manera. Era otra época. Se amaba de otra manera.

–¿Cómo se amaba en ese tiempo?

–Se miraba menos a los hijos, el amor era más desprendido. Los padres no estaban tan pendientes. Sí de que tuvieran lo que necesitaban, de que hicieran lo correcto. Pero no se prestaba tanta atención a entender si los hijos estaban frustrados, si se habían angustiado.

–¿El mundo adulto era una fantasía?

–Desde que tenía 9 años.

–¿Qué veías ahí?

–Era no vivir con mis padres.

–Dejar de ser una niña. O de ser hija.

–Era no vivir más en mi casa. No sé si dejar de ser niña. Sigo siéndolo, tengo un componente infantil fuerte. Quería vivir en otra casa. Tuve mi primera casa a los 18 años. Me había ido de la casa familiar, y volví. Cuando nació mi primera hija, a mis 17 años, mi padre fue a verme al sanatorio, me preguntó si quería volver, le dije que sí. Tenía muchas ganas de volver. Hasta que me casé con el padre de mi segunda hija, me quedé en esa casona de Bella Vista. Fueron dieciocho meses muy reparadores.

–¿Por qué?

–Fue una segunda oportunidad. Para que mis padres fueran otras personas. Mejores personas. Y lo fueron. Ellos tenían nietos, pero esta pequeña vivía en la casa. Los encontró tan cansados y gastados, tan amargados y viejos, tan dañados y heridos por la vida, que de pronto en ese ambiente de penumbras entró luz. Un bebe. Pura magia. Y sucedió en esa casa, con mis padres en ella. Me permitió mirarlos de otro modo. Mi madre me ayudó, fue solidaria conmigo, me enseñó como no lo había hecho nunca antes. Con los años entendí que había dejado huella en mí. Era arquitecta, por algo yo estoy sentada aquí frente a un tablero.

–¿Ejercía?

–¿Con siete hijos? Por eso nos odiaba, pobre. Y tenía razón.

–Habrá sido una decisión suya, también.

–Más o menos. Se casó con un señor que le hizo siete hijos, uno cada doce meses. Cayó en una trampa, la trampa de la vida, pero una trampa al fin. Cuando llegó mi primera hija, ellos hicieron a gusto lo que como padres habían hecho a disgusto. Sin que hubiera veinte niños. Un niño. La pasaron bien. Mi madre me enseñó a agarrarla, a bañarla, a dormirla, a alzarla. Nunca había sentido que me había transmitido nada bueno. Mi viejo, que tenía autos y siete hijos, por primera vez compró una silla para la beba. Se la llevaba los domingos a comprar cositas. Fue bueno verlo tierno, cariñoso, buen abuelo, buen padre.

–Tu padre, Carlos Burundarena, fue ocho meses ministro de Educación del gobierno del general Viola. Era 1981. ¿En la mesa familiar se le ponía palabras a lo que sucedía entonces?

–Sí, claro. Lo normal para mí era lo que se hablaba en casa. Yo empecé a escuchar otras cosas recién cuando, a los 18 años, comencé a trabajar en el ambiente periodístico y a ir a las marchas por los derechos humanos.

Cuando se fue el último de los hijos y mi padre dejó de trabajar, se quedaron a solas. La polaca lo estaba esperando con un resentimiento de cuarenta años. Y lo volvió loco.

–¿Se lo contabas?

–Sí, teníamos grandes conversaciones. Mis amigas zurdas iban a comer a casa los domingos. Había grandes peleas. Disfrutaba discutir sobre política. Era un tipo abierto, más allá de sus ideas. Cierto domingo llegamos de votar, todos sus hijos por distintos candidatos, casi todos de izquierda. En medio de una discusión, le dijimos que se callara, que era un facho, y nos respondió con orgullo: si yo fuera tan facho, ustedes no hubiera votado así. En parte era cierto. Pero tenía lo suyo. Muchacho de la Alianza Libertadora, muy católico. Él creía en los militares, en ese proyecto.

–Hacia el final de su vida terminó dándose cuenta de algo, dijiste alguna vez.

–Y no pudo convivir con eso. Mi padre se murió de tristeza, a los 76 años. Sucedieron algunos acontecimientos familiares muy tristes en ese tiempo, además. Era muy soberbio. Reconocer ciertos hechos hubiera sido aceptar que se había equivocado demasiado. Era un vasco duro y muy bruto para las emociones; no había ido al psicoanalista, no tenía la posibilidad de pensarse a sí mismo. Para mí fue tremendo el comienzo de los juicios a las juntas militares. En casa había una foto del viejo jurando como ministro; detrás estaban Videla y Massera . Había logrado ser ministro de Educación, era su gran orgullo. "A mí me da vergüenza que vos tengas esa foto colgada en tu casa" –le dije–, "me da muchísima vergüenza". La fue corriendo de lugar, pero nunca pudo descolgarla. Nunca pudo hablar de eso. Era profundamente cristiano y cuando empezaron los juicios todo le resultó devastador. Una cosa es la política y otra, los delincuentes comunes. Eso él lo tenía muy claro. En nombre de la política podía avalar muchos gestos, pero otra cosa era violar, torturar, asesinar, robar niños. De pronto, se le derrumbó el mundo de ideas en el que había sostenido toda su vida. Coincidió con su ocaso laboral. En la última universidad en la que trabajó lo maltrataron. Y decidió morirse. Con el tiempo me he ido dando cuenta de que muchas cosas valiosas de mi personalidad son suyas, como la franqueza y la audacia; también, la soberbia y cierto autoritarismo, pero hago un trabajo enorme para sacármelos de encima. Era un tipo encantador y adorable en el trato con los demás. Lo he querido mucho, lo quiero más ahora, todavía.

–¿Y tu madre?

–La loca. Es esa señora. [La mano flaca señala una obra de Amaya, su hija de 34 años, artista plástica, que retrató a su abuela. El cuadro está junto al escritorio de Maitena en su estudio blanco que ahora empieza a ser habitado. Ése es su refugio. En el piso de arriba, la casa.] Era una polaca linda e inteligente. Se casó con un señor que iba a darle una gran vida, pero mi padre la convirtió en ama de casa. Con mucama, autos y tres meses de vacaciones. Pero ama de casa. Eso entorpeció mucho la relación y con los años terminaron odiándose. Cuando se fue el último de los hijos y mi padre dejó de trabajar, se quedaron a solas. La polaca lo estaba esperando con un resentimiento de cuarenta años. Y lo volvió loco. [Dice lo volvió loco y suelta una carcajada filosa que relumbra en el aire. Como dice hermosamente Marta Dillon, con la amenaza del dolor "ella misma trae el consuelo, el mismo de siempre, el lastre del dramatismo arrojado de la nave merced a su ironía; y, de nuevo, la chance de la risa".]

–¿Tus hermanos?

–Con algunos tengo amistad, con otros menos. Crecí con los más chicos, aunque la hermana siempre tiene una fantasía con el hermano mayor.

–El lugar del padre.

–No, el lugar del hombre. En esa relación, el hombre se ve a sí mismo como un padre; la mujer lo ve como un hombre.

–No quisiste que se hicieran fotos para esta entrevista. Elegiste dos de tu álbum personal. La primera acompaña esta conversación; en la otra se te ve con mucho maquillaje, un postizo rubio larguísimo, accesorios de cuero, fumando un cigarro. ¿Qué te gusta de esa imagen?

–Estoy volviendo de una fiesta en el atelier de un pintor. Son las ocho de la mañana. Me encanta verme así, después de estar con amigos. Me gusta la madrugada. Me gusta la noche. La mañana, ahora, también. Pero la noche me puede. Anteojos negros, persianas bajas.

Yo no tuve problemas serios con las drogas, sí con el alcohol. No tuve que contárselos: mis hijos cenaban conmigo. Hace años que sólo tomo agua.

–¿Cómo manejaste eso con tus hijos?

–Pobres, mis hijos. Mal. Yo no tuve problemas serios con las drogas, sí con el alcohol. No tuve que contárselos: mis hijos cenaban conmigo. Hace años que sólo tomo agua. Siempre intenté ser cuidadosa. Nunca fumé delante de mis hijos hasta que tuvieron cierta edad, ni permití que lo hicieran mis amigos en casa. Siempre creí que los chicos no tienen que tomar alcohol, ni drogas. Sería bueno que demoraran ese consumo y que sólo lo hicieran de modo recreativo y social. En mí la marihuana tiene una función medicinal. Fumo porque no tomo ninguno de los ansiolíticos que consume tanta gente. Pero no es una buena elección para los jóvenes. La marihuana ralentiza, aplaca, dispersa, adormece.

–¿Qué encontrás en la noche?

–Nunca abandoné el placer por la noche, los bares, las discotecas. Hacerme amiga de desconocidos. Gente nueva. Otras caras, otra ropa, otra música. Algo que nunca vi. La noche tiene otra intimidad. Mucha complicidad. Cierta desnudez. A las cinco de la mañana, somos quienes somos. No hay disfraces. No hay máscaras. Los que son torpes son torpes, los que son geniales son geniales. Hay más libertades, más permisos. Todo vale todo, con la consigna de pasarla bien.

–En Uruguay, donde viviste tantos años frente al mar, en medio de la naturaleza, no debías disponer de ese ambiente.

–Descubrí la naturaleza en Uruguay: el mar, el bosque, las estrellas, la luna. Pero te sorprenderías de lo que era La Pedrera hace diez o quince años. Con las fiestas del Club Social, un martes a la noche, en pleno junio. El pueblo pequeño es muy de borrachines. El rock me había mostrado gente rota, pero un pueblo del interior, en la dureza del invierno... Pesca y alcohol. Asado y cordero. Hombres que cocinan y toman. Muchos. Y hasta hace unos años algunos de ellos eran muy guapos, y solteros. Yo les decía a mis amigas que fueran allá. No es para casarse. Pero sí se trata de un fin de semana colorido.

–¿Quién integraba tu círculo rocker?

–Mucha gente. No soy una name droper, soy discreta. Trabajé mucho de noche. Tenía hijos chicos, terminaba de dibujar, los acostaba y los dejaba bien cuidados, y me iba a dar una vuelta. Del Caras Más Caras al Medio Mundo, del Prix D’Ami al Crónico. Mucho mundillo rockero: músicos, managers, sonidistas. Pero el rock ya no me convoca. No es mi canción favorita. Escucho música electrónica. Me siento cómoda en la rave, en esa comunidad de cuerpos bailando, uniéndose en un gesto tribal. Me da un enorme bienestar.

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