
Manjares del campo en un boliche donde se alienta el autoservicio
La Lechuza, cocina con horno de barro
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NAVARRO.- "¿Quiere un vermut?, ¡sírvase nomás!, porque yo no ando con muchas ganas de trabajar."
-Bueeeno..., entonces, permiso patrón.
Lo de la falta de ganas es puro cuento del dueño: se trata de una gentileza del bolichero para que el parroquiano maneje a gusto su trago en el vidrio, con la botella, el sifón y el hielo, que dominan un mostrador lleno de saludos, charlas, anécdotas y sucedidos.
Y La Lechuza, porque así se llama el boliche o paraje en donde suelen detenerse hombres de a caballo, sulkys de chacra, carruajes de estancia y modernas camionetas, se convirtió en paso obligado durante los fines de semana.
Ubicado a cuatro kilómetros de tierra de la ruta 41, a ocho del centro de Navarro y a unos 130 de la Capital Federal, es un clásico de 25 años, cuando Héctor Rivas (75) convirtió, junto con su mujer, Chola, lo que era un almacén de ramos generales o un simple boliche en un comedor que se volvió casi indispensable.
"Por esa época yo no quería peleas ni entreveros; entonces, dejaba jugar a las bochas o a los naipes, pero por la copa o la comida. Es más, también organicé carreras cuadreras aquí en la calle -muestra Rivas, señalando el camino vecinal-, pero eso sí, lo recaudado era para la escuela N° 4. ¿Vio?, la que está allí, dos kilómetros más adentro."
Allá por 1967, La Lechuza era un paraje administrado por un tal Abraham Domínguez. Había una casilla llena de esos pájaros extraños que observan desde los alambres girando ampliamente sus cabezas y, entonces, el nombre que Rivas, un antiguo peón de tambo, tenía pensado para el lugar (Mi Esperanza) quedó fundido bajo la fisonomía de las abundantes aves rapaces.
Marido y mujer discutían por la construcción del horno de barro, hasta que en una oportunidad pasó una mendocina con su típico "espectáculo" de variedades y les enseñó a hacer el horno: "¡Su mujer en la cocina y usted aquí afuera, junto a la boca del barro!", ordenó la artista que iba de boliche en boliche entreteniendo con sus actos, chistes y canciones a la gente y que resultó ser la madre del cómico Mario Sánchez.
"Ellos pasaban la gorra y lo recaudado de la cantina era para nosotros", recuerda Rivas junto a su hijo Oscar, quien también anda por las mesas ayudado por la novia de toda su vida, Eli, hace rato convertida en mujer.
¿Y qué es lo que hace 25 años pasa triunfal por las mesas? Bueno, después del vermut y el salame de campo, o el chorizo seco, como quien dice, vienen las empanadas fritas en grasa. Enseguida, desde el gran horno de barro, de tres metros de diámetro, salen los bandejones de batatas y empanadas, y esos pollos que fueron de criadero, se terminaron a maíz y muestran la piel cobriza que les dio el barro caliente, después de que la madera de eucalipto ardiera cuatro horas allí adentro.
Pero no es el fin, porque llega el momento de Chola, con esos ravioles amasados con ganas, que traslucen el verde de la espinaca, para que después los golosos se empachen con un flan esponjoso y un dulce de leche igualmente casero. Y así, en una sobremesa de vieja ginebra en porrón, Héctor y Oscar cuentan que el asunto se hizo solo y llegaron a contabilizar 580 comensales un fin de semana, porque estos banquetes van de viernes a domingo.
Bajo el alero, Omar Echechiquía brinda la yapa, que no es gastronómica. El hombre es un coleccionista que promete conseguir un número de la revista Caras y Caretas de la década del 40 o cualquier diario LA NACION, aunque uno le pida un ejemplar del año veinte. Dice que busca sin límites como para contentar a cualquiera con una publicación deportiva, la revista Labores o hasta una vieja Maribel.
No es difícil llegar hasta ese quincho, hasta el horno de los Rivas al que cuesta no asomarse y echarle el ojo, para luego vivir un placer que siempre es el mismo y que ya lleva 25 años, aquí cerca de Navarro, en donde el banquete está en el campo.






