
Manuel periodista
Recuerdo a Manuel Mujica Lainez en la Redacción de La Nación , a comienzos de 1956, después de la caída del presidente Perón.
Recuerdo el interés con el cual lo rodeábamos apenas llegaba, al promediar la tarde, los cronistas más jóvenes. Escuchábamos ávidamente sus relatos de viajes o sus fantasías, con las que caricaturizaba la solemnidad de funcionarios públicos y el envaramiento de algunos colegas. Manucho era nuestro crítico de arte, el seguidor en La Nación de los pasos de José León Pagano, otra gran personalidad, pero distinta en temperamento y en la forma de mirar el mundo.
Lo recuerdo a Manucho en una Redacción en la que se hacía sentir la presencia de Augusto Mario Delfino, notable cuentista y redactor político. Y la de Luis Mario Lozzia, el autor de "Domingo sin fútbol", o la de Adolfo Mitre, que tanto promovió el teatro independiente. Eran años en que veía desfilar por La Nación a Francisco Luis Bernárdez, a Adolfo Bioy Casares.
Años en que también vi, más de una vez, por la escalera que lo hubiera llevado al Suplemento Literario, bajar sin ayuda alguna, tanteando las paredes mientras medía "el desnivel que acecha", a Jorge Luis Borges. Eduardo Mallea, cuya celebridad no era en esos años menor que la de Borges, acababa de dejar la dirección del Suplemento Literario, para cumplir en Europa funciones diplomáticas y culturales.
Manucho era de una ironía caudalosa, de un humor afilado, temible, que espantaba y silenciaba a no pocas lenguas encallecidas en tertulias de intelectuales. Pero también estaba naturalmente dispuesto a decir una palabra alentadora, estimulante para aquellos cuya prosa había sido una contribución significante para la edición periodística del día.
No hay periodismo independiente sin libertad de prensa; es más, no hay libertad política sin libertad de prensa. Por eso quiero igualmente recordar algo que me parece se omite del anecdotario vasto de Manucho , con el que podría escribirse un libro. Quiero recordar que en los primeros años de la década del cincuenta, en que La Nación llegó a editarse con sólo seis páginas, porque existía un régimen oficial de cuotificación de papel que era extremadamente mezquino con los diarios desafectos al gobierno, Manucho fue candidato a diputado nacional. Lo fue por el Partido Demócrata, que era el partido conservador de la ciudad. Era un partido chico, con dirigentes aguerridos, pero que en esos años a veces tuvo dificultades para disponer de un número de candidatos suficientes como para poder presentar listas completas. El gobierno había convocado a elecciones de diputados nacionales por el sistema de circunscripción uninominal, las segundas y últimas que se harían en la Capital Federal después de la experiencia de 1904. Un día lo llamaron a Manucho para que fuera candidato a diputado por La Boca, simplemente -me dijo- porque había que llenar la lista y no sobraba demasiada gente dispuesta a correr los riesgos de la época. Manucho aceptó, con coraje cívico y valor personal, lo que otros habían rehusado.
Déjenme, pues, recordarlo como un hombre que vivió intensamente la libertad. Un hombre que la proclamó y la encarnó y que sintió a su lado la simpatía general de la Argentina culta cuando, en la década siguiente, por decisión absurda del presidente Onganía, se prohibió que en el Teatro Colón se diera, tal como figuraba en el programa de actividades anunciado, la ópera "Bomarzo", de Alberto Ginastera, que sobrelleva la adaptación hecha por el propio Mujica Lainez del que tal vez fue el mejor de sus libros posteriores a 1960.
Nada mejor, entonces, que este homenaje se haga en uno de los más hermosos museos de la ciudad a la que él quiso tanto y de tan diversas maneras. En sus últimos años en La Nación , que no fueron los últimos de su vida, nada lo gratificaba tanto como saber algo más de Buenos Aires de boca de quien era uno de sus más grandes conocedores, José Barcia. Vean, pues, qué diálogo, desde perspectivas tan diferentes, fluía en la pequeña sala de editorialistas del diario: por un lado, Barcia, que era presidente de la Academia Porteña del Lunfardo, y, por el otro, Manuel Mujica Lainez, que era miembro de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Nacional de Bellas Artes.
Se trataba, en definitiva, de uno de esos milagros que todos los días se producen en alguna redacción de cualquier gran ciudad.
Estas palabras fueron pronunciadas ayer por el subdirector de La Nación en el homenaje a Mujica Lainez.






